Cádiz nunca fue una provincia. Cádiz fue un cosmos. Era, en principio, el nombre de una ciudad perdida en los confines de la historia, un recuerdo escrito en leyendas, en portulanos y en mapas, apenas un cuarto de hora después de que el ser humano descubriera la escritura y el comercio. Desde el Líbano, en la otra esquina del Mediterráneo, llegaron sus primeros pobladores. Y la civilización, esa ilustre bandera que nos separa de la barbarie, vino para quedarse, ondeando sobre el levante y el poniente de esta tierra donde rompen las olas y los vientos, pero donde también rompe la poesía, la luz y la solidaridad, que una cosa quizá lleve a la otra, de esa manera natural con la que también puede llegarse hasta América desde el Guadalquivir, quizá porque la ciudad de Cádiz, como describió María Teresa León, tiene forma de barco. Cádiz no fue provincia hasta el alba del siglo XIX, bajo las hechuras de Francia y de la mano de un granadino, Javier de Burgos, que se empeñó en juntarnos a los hijos de la diócesis de Jerez, de las bodegas de Sanlúcar copadas por mercaderes perseguidos durante los tiempos de María La Hereje, a los monteses de la sierra con alma de bandoleros, de migueletes o de maquis, a los de la línea de contravalación que había separado a Gibraltar de sus sitiadores españoles y a los de la Bahía gaditana y de esas ciudades que guardaban como tesoros privados sus cartas puebla, sus escudos de armas, su vieja memoria escrita en singular. Para los campogibraltareños, Cádiz quedó siempre lejos, a pesar de las góndolas de Marsé, que era como se denominaban a las viejas diligencias que hacían la ruta entre Algeciras y la capital. Cádiz quedaba más allá del peligroso camino de La Trocha, donde paraban los malandrines y los murcios despechados de la conquista de Túnez y de servir al duque en las almadrabas de Zahara. Luego, los malandrines fueron los administradores, con ventanillas remotas a las que se llegaba tarde y mal desde aquellos pueblos crecidos tras el exilio del Peñón, este año hará trescientos, dicho sea de paso. Hubo un tiempo en que Cádiz se comportaba como madre y madrastra, una ciudad pagada de sí misma, que creía que el siglo XVIII iba a quedarse a vivir para siempre entre sus palacetes imperiales, entre el dinero que nacía en Las Indias honrado, a decir de Quevedo, y terminaba muriendo en Génova a manos de los banqueros que vinieron a saquear lo que nuestros tatarabuelos saquearon al otro lado de la mar oceana. Pero eso fue hace mucho. Hoy, Cádiz no es sólo la patria rutilante del chirigoteo o un hospital al cabo de un penoso traslado en ambulancia. Cádiz no es la estrecha ventanilla de la burocracia por cuyo ojo difícilmente atravesaría un camello o uno de esos imposibles ricos del reino de los cielos. Hoy, Cádiz no es sólo la mágica ciudad de los sarcófagos antropoides o la de las conservadoras tertulias decimonónicas de doña Frasquita Larrea. Cádiz es liberal, como su propio nombre indica. Cádiz es, sobre todo y desde hace doscientos años, la cuna de la libertad y de la dignidad de los españoles. Entre ellos, esos otros españoles americanos, filipinos o africanos a los que ahora le exigimos polizas, visados y certificados de buena conducta para dejarlos entrar en su madre patria que ahora se empeña en olvidarles porque le ha dado por practicar el salto de altura al otro lado de los Pirineos o al otro lado del Canal de la Mancha. Ese Cádiz fue también la tierra de los cantones, orgullosas ciudades de gaditana piedra ostionera o atalayas abiertas al mar del Estrecho en Tarifa, o a las playas sanluqueñas de Morago. Qué pena que de ese ilustre pasado no hagamos bandera de Fermín Salvochea y de su sentido de la justicia, sino que nos limitemos a ser localistas hasta la médula, localistas hasta la estupidez, localistas hasta el enfrentamiento entre pueblos que debieran ser hermanos y que de esta forma, lamentablemente, sólo suelen hacer el primo, a favor de intereses extraños que siempre terminan derribando sus murallas, sin necesidad de que lleguen de nuevo los maremotos o las tropas corsarias del conde de Essex y de sir Walter Raleigh, o los ejércitos de Napoleón que, como bien dedujo en su día Antonio Burgos, no entraron en la capital porque no estaba Juman para echarles una foto. A menudo, este territorio resultó una provincia heroica, que si la palabra rebeldía fuera un verbo, la habría conjugado en todos los tiempos posibles. Ese Cádiz que forma parte de esa Andalucía a la que Antonio Gala describió como capaz de todas las revoluciones posibles hasta que llega mediados de julio y todos decimos ojú qué calor y nos vamos a Chipiona a la playa, y dejamos las barricadas, y las grandes discusiones, y nos limitamos a disfrutar de la brisa, del olor a brea y de todos los colores del crepúsculo. Cádiz orgulloso y obrero, en bicicleta; Cádiz de toreros que amanecían en las ventas de los caminos y de flamencos que anochecían en la madrugada de las tabernas; Cádiz que se queda de pronto sin putas y sin puerto al mismo tiempo; Cádiz con un pico hincado en los brazos de su sangre más joven; Cádiz conspirando con José María El Tempranillo, en Los Barrios, contra el absolutismo de Isabel II; Cádiz aéreo de Arcos y liso en La Línea; Cádiz de mujeres cobijadas o tapadas en Vejer o en Tarifa; de mujeres dignas en cualquier ciudad; de hombres que ven pasar los lunes al sol, y los martes, y los miércoles, y los jueves y los viernes; Cádiz de reconversión naval con los frigoríficos volando a los que cantaba Carlos Cano que sabía que pelotas le sobraban a los gaditanos porque él era de Cádiz y seguro que había escuchado al coro de Los Camaleones cuando vinieron a darnos para el pelo aquellos antidisturbios de pañuelo verde, a los que Cádiz y el coro de La Guillotina brindó una bienvenida memorable. Cádiz mío, Cádiz nuestro como el pan de cada día. Cádiz plural, feminista y gay. Cádiz de las coordinadoras contra la droga y de los sindicalistas infatigables. Cádiz de los hijos de un dios menor y de los inmigrantes muertos o sobrevivientes al más peligroso de los mares. Ese Cádiz de carreteras tortuosas y de pícaros más tortuosos todavía que, a veces, de forma ocasional, han probado suerte en el pintoresco mundo de la política o de los negocios. Cádiz valiente y Cádiz olvidadizo. Cádiz de ojana y de jindama. Cádiz de trabalenguas y de catedrales del vino, como las dos mil pipas de El Puerto de Santa María que sir Francis Drake se llevó a Inglaterra. Cádiz de latifundios y de caciques, de furtivos y de vendedores de tagarninas en los cruces de carretera. Cádiz albañil, Cádiz pintor, Cádiz de galeones hundidos como la esperanza en que las bienaventuranzas se cumplan alguna vez; Cádiz de la lista del paro y de la lista de adjudicatarios de viviendas imposibles, del todo a un euro y del todo por la patria. Lejos de la base de Rota y de la del Peñón, viaja Cádiz a bordo de una tabla de viento, que a lo mejor le conduce a esa remota isla del tesoro donde alguien escondió el mapa de la utopía.
Juan José Téllez |