Mucho antes de que los hombres dejaran de mirar con desconfianza la Mar Océana, cuando los cálculos de Eratóstenes sobre el tamaño del mundo eran desechados por las mismas autoridades que consideraban la existencia de una gran mitad desconocida, la pars inferior, los marinos que se aventuraban a traspasar las Columnas de Hércules dirigían sus inquietas miradas hacia los enmarañados senderos de la noche negra como la pez, en busca de un destello inmutable en la vieja costa gaditana, un poderoso y fugaz haz de luz que les permitiera hallar la desembocadura del Betis romano y buscar el abrigo de un puerto andaluz. Por fin, con gran regocijo, divisaban la torre enhiesta y majestuosa que hoy se alza sobre la llamada Punta del Perro, el faro de Chipiona, próximo al arrecife de Salmedina. Mencionada por Estrabón (Kaypionos Pyrgos), Rufo Festo Avieno en su Ora Maritima (“la fortaleza de Geronte, que lleva un antiguo nombre griego, pues hemos oído decir que en tiempos pasados a partir de ella se dio nombre a Gerión”) y Pomponio Mela (Monumentum Caepionis), la Caepionis Turris (Torre de Cepión) remonta sus orígenes al año 140 a.C., cuando el procónsul romano Quinto Servilio Cepión ordenó su construcción para evitar que los barcos embarrancasen antes de remontar el río Guadalquivir. El faro actual, construido en 1867 por el ingeniero Jaime Font, es el más alto de España, tercero de Europa y quinto del mundo con sus 69 metros sobre el nivel del mar y 62,20 metros sobre el terreno. Su sillería de arenisca y roca ostionera compone una torre ligeramente troncocónica que recuerda a las columnas conmemorativas romanas, triunfo de luz que proclama a lo largo de 23 millas la victoria del pueblo andaluz sobre las aguas, esplendoroso templo de Horus en el litoral gaditano. Javier Vidal Vega |