[Viernes Santo] A Jesús Torres
Hace frío en los atrios esta noche, ascuas de cobre sobre los braseros aviva la criada y la helada ginebra enfría el labio. Roberto Carlos baja tu voz desde el Brasil, oh cuerpo tuy0 oh alma mía asómate al gallo, no, no le conozco, a la mirada, no, no quiero ver, sólo tu pecho entreabriendo rosa oscura a la táctil araña de las manos. Y está el Pretorio frío con el alba, jaspes yertos, columna, y desnudo, desnudo hasta la sangre, nos desnudamos, rito, sobre el lecho, cordeles lacerantes de los besos, caricias aprietan, tiran, tinta la res del sacrificio, soldados, carcajadas, extinguidas antorchas humeantes, oh qué hambrienta vesanía, brasas, bocas ardiendo, crepitantes leños rojos, la túnica de loco arrodillado busca, ya no blanca, ni grana, ni violeta, sí rígida por las costras, por el rayo fulmíneo que derriba y no apagues la luz quiero verte los ojos, averigua quién te dio el golpe, el mazo martillea los clavos en la fragua, tafetanes ungiendo sacerdotal desdén, y tú me quieres, vino nuevo embriagando mis venas, arterias al ocaso como dalias, no apartes este cáliz, esta hiel, está el campo del alfarero ya comprado con las treinta monedas, húmeda arcilla donde clavar alarias plateadas, plateados placeres, marea embravecida y plateada luna, tinieblas, rueda el dado ciego y un vaho de hedor sube de los sepulcros, pliega tus alas sobre mi carroña, sobre mi carne viva, suave buitre ígneo, rapaz tormenta deseada, lluvia sangrienta empapa el monte oscuro, la adarga, los arneses, fluye cárdena sobre las blancas sábanas, los lienzos taponados de rubíes, no caiga sobre mí la sangre de este justo, pues sólo quise amarte.
De Antes que el tiempo acabe
[Palacio de cinematógrafo]
Impares. Fila 13. Butaca 3. Te espero como siempre. Tú sabes que estoy aquí. Te espero. A través de un oscuro bosque de ilusionismo llegarás, si traído por el haz nigromántico o por el sueño triste de mis ojos donde alientas, oh lámpara temblorosa en el cuévano profundo de la noche, amor, amor ya mío.
Llegarás entre el grito del sioux y las hachas antes de que la rubia heroína sea raptada: date prisa, tú puedes impedirlo. O quizás en el mismo momento en que el puñal levanta las joyas de la ira y la sangre grasienta de los asesinatos resbala gorda y tibia, como cárdena larva aún dudosa entre sopor y vida, goteando por el rojo peluche de las localidades. Ven ahora. Un lago clausurado de altos árboles verdes, altos ministriles, que pulsa la capilla sagrada de los vientos nos llama; o el ciclamen vivo de las praderas por donde el loco corazón galopa oyendo al histrión que declama las viejas palabras, sin creerlas, del amor y los celos: «Pagamos un precio muy elevado por aquella felicidad»;] o bien: «Ahora soy yo quien necesita luz», y más tarde: «Tuve miedo de ir demasiado lejos», en tanto que el malvís, entre los azafranes del technicolor, vuela como una gema alada. Ah, llega pronto junto a mí y vence cuando la espada abate damascenas lorigas y el gentil faraute con su larga trompeta pasea la palestra de draperías pesadas junto al escaño gótico de Sir Walter Scott. Vence con tu áureo nombre, oh Rey Midas; conviérteme en monedas de oro para pagar tus besos, en el vino de oro que quema entre tus labios; en los guantes de oro con los cuales tonsuras el capuz abacial de rojos tulipanes. Vendrás. Alguna vez estarás a mi lado en la tenue penumbra de la noche ya eterna. Sentado en la caliza de astral anfiteatro te esperaré. Tal ciego que recobra la luz, me buscarás. Tus hijos estarán en su palco de congelado yeso, divertidos, mirando increíbles proezas de cow-boys celestiales, y yo ya sabes dónde: impares, fila 13.
De Óleo
[Bobby]
No era el amor y se llamaba Antonio. Hablaba como un indio del Far-West: “hombre alto”, “boca larga”. Era de Fuengirola. Y siempre había un teléfono donde llamarlo cuando —y reía— la noche era más larga, más amarga, más lenta. Por las villas de canos jubilados de Holanda, por la suite de la vieja dama inglesa, la viuda o divorciada más allá de los ácidos, por el apartamento oscuro del borracho, surgía su desnudo auroral como Jonia. Era animal de dicha y entraba fiel, ruidoso, un grueso calabrote de plata por el cuello... Sobre muebles de Herraiz o lacas chinas, biombo bermellón de zancudas doradas, o en raída moqueta o taquillones de castellano en serie, iba dejando las botas deportivas, los calcetines rojos, el pequeño taparrabos celeste, la camiseta como broquel de un pecho sin defensa. Portador de alegría, tal un dios de tobillos alados que bajara a los orcos humanos ahuyentando la lágrima, la carta, los somníferos, la desesperación y su lívida mecha. Y una noche me dijo, su lengua por mi oído, “Quisiera haberme muerto”.
De Fieles guirnaldas fugitivas.
Los dos primeros poemas, tan diferentes en su temática, tienen algo común en su tratamiento. En ambos se entrecruzan dos planos, en “Viernes Santo” es la Pasión de Jesucristo según los Evangelios y según la liturgia católica, y en “Palacio del cinematógrafo” es el cine y su ambiente sagrado años cincuenta. El plano común, el del hablante, es el amor. Son pues, finalmente, dos poemas de amor. Pero no solamente de amor. Pablo García Baena no renuncia nunca a la palabra justa, a esa que hace que el verso, la poesía, encaje totalmente como las piezas de un puzzle o como una ecuación matemática, puesto que el poema no sería el mismo si una palabra fuese sustituida por otra. Pablo García Baena sabe tratar con la suntuosidad del lenguaje (como se ha dicho) pero sabe sobre todo de elegancia. Es la sabiduría de la palabra, del decir que es el estar. Cada poema ha sido tallado a pulso, y su resultado es bellísimo y, en estos poemas, sobrecogedor y misterioso. Porque el poeta nos da unas claves: nos muestra, sobre todo, los escenarios, con sus decorados, su escenografía, sus personajes secundarios. Mientras que el verdadero “argumento” se esconde detrás del sujeto poético, el “yo”, y detrás del principal protagonista, un indeterminado “tú”, y la corriente amorosa que va del uno al otro, y que los une tanto como los desune. El ritmo de “Viernes Santo” es un ritmo alocado, sincopado, superpuesto. Son dos pasiones, la amorosa y la histórico-religiosa de Jesucristo, a quien no se nombra. Jesús, elidido, está viviendo su pasión, la de quienes lo escarnecen y le hacen sufrir, y la culpa se derrama por el hablante actual. Hay dos realidades y dos escenarios, dos tiempos que son y no son los mismos. Porque lo que se nombra no es paralelo, sino opuesto. Alguien traicionó a Jesús y alguien es traicionado: tal vez no es posible amar sin provocar un tercer sufrimiento. El poema es un imán y es un caballo galopante que nos atrapa en su vaivén y en su juego de contrarios, juego totalmente dramático. Aplicar un suceso, un drama, una historia, una época y un ambiente a una historia de amor de la que sólo se nos muestra un retazo, un encuentro: ese es el recurso. Saber conciliar ambos escenarios y fundirlos en un poema, con su léxico de armas y soldados (como corresponde a la soldadesca y a Pilatos), con su acento de liturgia sacerdotal, y poder como en sordina seguir la narración del Evangelio según san Marcos: el Pretorio, el desnudo, la túnica, la flagelación, las treinta monedas que recibe Judas (también elidido), los soldados jugándose las ropas, para terminar otra vez con Pilatos, “no caiga sobre mí la sangre de este justo”. Pero al lado del Pretorio está la voz de Roberto Carlos, el lecho, los besos, la embriaguez como el vino, y la culpa. En la culpa, finalmente, coinciden ambos planos, y ahí el final: “no caiga sobre mí la sangre de este justo/ pues sólo quise amarte.” En “Palacio del Cinematógrafo” también se entrecruzan dos planos, el del cine, que incluye las imágenes del film y el espacio físico en el que se proyectan, y un presentido, deseado, encuentro amoroso. Si en “Viernes Santo” el ritmo era extenuante y doloroso, aquí es más placentero, precisamente porque las imágenes del cine se proyectan sobre los actores del poema: el hablante y el tú a quien se dirige. Una película de amor y de indios, o de amor y romanos, película de domingo años cincuenta. Posee el poema una alta calidad sensorial, desde el visual “ciclamen de las praderas” o “los azafranes del technicolor” hasta el galope del “loco corazón”. El poema transmite la magia y la emoción de esos momentos en que la respiración queda contenida esperando lo por venir: el rapto de “la rubia heroína”, “el grito del sioux”, y retrata el ambiente oscuro de la sala: “en el cuévano/ profundo de la noche”. Aquí no hay culpa, sino gloria, y glorioso y “áureos” son el nombre, los labios y las manos de quien ha de llegar. El amor es confiado, sereno: “amor, amor ya mío”. El poema traza un círculo de espera, y se cierra como empezó: “…y yo ya sabes dónde: impares, fila 13.” Ha sabido plasmar de tal modo la emoción juvenil del cine, unida al deseo y al encuentro amoroso, que este poema es ya un clásico, porque por su tratamiento (que no puede ser superado) se adelanta en más de veinte años a los poetas que se dan a conocer en los años 80. “Bobby” pertenece a otra época, a otro espacio, y es muy diferente de los anteriores. También aquí se plasma un ambiente, aunque sea indirectamente, ambiente plural puesto que abarca varios. Pero de lo que se trata es de hacer un retrato. Y en ese retrato el inicio es ya un acierto: “No era el amor y se llamaba Antonio”. Antonio es un chorro de luz o de frescura que espanta la tristeza, igual de viudas que de señores; Antonio es un reguero de colores desde sus calcetines hasta su taparrabos, y con este poema Pablo García Baena demuestra que no es poeta de una sola voz ni de un solo tema, y que, como el rey Midas de su “cinematógrafo”, puede trocar en oro todo cuanto toca. Leer “Bobby” es ver a Bobby, sentirlo, oírlo, imaginarlo como el retrato que de él se hace: animal de la alegría o del placer, según se mire. Pero en un último salto, el sujeto poético traza una pirueta imprevista y convierte éste en un poema, también, de amor, con ese verso final que es un triple salto mortal: “Y una noche me dijo, su lengua por mi oído,/ “Quisiera haberme muerto”. Y ahí ya, detrás, el silencio, el misterio. ¿Por qué declara Bobby, él que es y representa la vida, que hubiese querido morir? Nada sabemos. ¿Qué placer inmenso, qué deslumbramiento, qué ternura o qué cuerpo, qué deseo, pasión o labio o brazos…? ¿Qué es lo que convierte de pronto al detentador de la luz y la alegría en alguien presto para la muerte? Desde siempre Eros y Tánatos, pero aquí re-visitado, recordado, re-actualizado para su época, la de ahora mismo, de anteayer mismo. Y detrás, silencio.
Juana Castro |