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CON LA COLABORACIÓN DE



 
TÉRMINO
- GARCÍA BAENA, PABLO
  ANEXOS
 
  • Culminación poética  Expandir
  • Una de sus obra mayores es Antes que el tiempo acabe (1978), que nos ofrece, en el más depurado de sus estilos, todos sus grandes temas, fundidos en el contrapunto de la belleza extrema de la palabra y la intensa melancolía: humanas presencias, ciudades que son mundos y tienen vida, el amor siempre, y esa inquietud religiosa a la que inevitablemente se abre la menesterosa indigencia de los hombres inteligentes y sensibles. Pocos poemas elegíacos rezuman tanta belleza como ‘Rogativa por la serenidad’, cuyo final recordamos:

        Sonreímos pensando
        que acaso no sea tanto lo que dejamos
        aunque nos apeguemos a las cosas como la
        carne al hueso.]
        Alta el águila lleva su presa hacia el pasado.
        Sí, tal vez no sea poco
        un nombre, unas hierbas de aroma entre los
        dedos,]
        un solo minuto solitario en tus propias ruinas
        iluminadas]
        para el gran fin de fiesta.
        Ah fugitivo, fugitivo entre dos trenes
        con el pequeño cabás de hule preparado
        y el guardapolvo viejo estilo
        en la destartalada estación provinciana
        de hierro y marquesinas.
        ¿Sabiduría era sólo esperar?
        ¿Es eso todo? Oscuridad, ceniza,
        labios gastados, ¿no será ya la aurora
        pisando el oleaje de la remota orilla?
        Una orilla, otra orilla, ¿sabes tú en cuál estás?
        Irreal es tu paso por la arena
        y el futuro es ahora.
        Dispón el libro, la transitoria sombra,
        ordena aquel verano,
        rellena el cuestionario, letra clara, mayúsculas,
        a ser posible máquina,
        antes que el tiempo acabe.

        Fieles guirnaldas fugitivas (1990), consagración del manierismo, es también obra de plenitud, en la que reaparecen todas las dimensiones anteriores de García Baena resueltas en una mirada –que no una expresión poética– ya inevitablemente crepuscular –’Tú ya lejos’–, en la que la experiencia se afirma con intensidad, a la vez que todo lo que en la vida ha sido va encajando misteriosamente en su sitio. Los violines de Vivaldi se mezclan en el recuerdo con el caserío abandonado en la garganta que lleva al Majano, Molino de los ciegos:

        Como el ciego que guía a otros ciegos
        te hundiste en la cima de donde no se vuelve.
        Y barrió el viento épocas y culpas;
        apagado el fogón, por las puertas crujientes creció
        en uñas la zarza,]
        te cubrió como duna movediza el cobre de los
        bosques]
        y los mendigos heredaron tu reino.
        Junto a la empalizada
        alza el lobo su largo aullido lancinante.
       
    Termina ‘La Notte’, de Vivaldi.
    Como afirma Luis Antonio de Villena, “he aquí un poeta puro. Un poeta entregado intelectualmente sólo a su misión. Un poeta que concibe clásicamente la poesía como rapto. Como exaltación. Un poeta mago que transmuta en metal precioso cuanto toca”.

    Manuel Ángel Vázquez Medel
  • Pablo García Baena, emoción compartida  Expandir
  •     Si la poesía es santidad y misterio, García Baena es un poeta transververado. A la cada vez más insistente tesis del conocimiento como columna fundamental de la poesía, se ajusta la densa atmósfera de la emoción. He aquí la clave: emoción compartida en avanzadas tan secretas que el raciocinio se sorprende, como el toro ante la habilidad mágica de don Tancredo.
        Los muchachos andaluces trasnochan en la vigilia del Jueves Santo, pretendiendo, en la permisión nocturna de la representación religiosa, conocer la espléndida ofrenda de la carne. Quizá esta connivencia entre la luminosidad mediterránea y la severa austeridad de lo cristiano sirva como ninguna otra para ejemplarizar la doble vía, el doble lenguaje, !a doble ilusión que hay en la obra del poeta cordobés.
        EI trance en el autor de Junio es un artículo de fe sacralizado para un ritual en el que lo pagano y lo místico conviven en un equilibrio de altísimas energías.
        EI barroco es el gran !aberinto de la razón. A ella Ilegamos tras distinguir del reflejo la luminosidad del cristal que lo provoca. García Baena es un barroco de raíz andaluza. Es decir, un transgresor. Esta disposición suele hacer más ágil la palabra, desde el momento en el que la razón va a poder elegir entre el espejismo, la sombra y la realidad. Significaría especialmente la transgresión en nuestro poeta par la utilización de una muy rica liturgia, acompanada de una heráldica eclesial, al servicio del fulgor del cuerpo.
        Mas también hay en García Baena un filósofo, un discurso en el cual la agonía de ir viviendo hace más hermoso el propio hecho de vivir. Lo Ilamaría, en este sentido, poeta trágico de la consumación. Luis Antonio de Villena, con su puntual inteligencia y brillantez, ha señalado ya en las primeras entregas la presencia de voces teatrales. Es como si, transfiriendo el decir a otros géneros, la comunicación se hiciera más abierta. La agonía, como estado participativo por el cual el vivir no sólo es acabamiento, sino comunicación del yo, es otra de las peculiaridades del poeta.


    Rafael Pérez Estrada
  • Antología comentada de Pablo García Baena  Expandir
  •     [Viernes Santo]
    A Jesús Torres


    Hace frío en los atrios esta noche,
    ascuas de cobre sobre los braseros aviva la criada
    y la helada ginebra enfría el labio.
    Roberto Carlos baja tu voz desde el Brasil, oh cuerpo tuy0
    oh alma mía asómate al gallo, no,
    no le conozco, a la mirada, no, no quiero ver,
    sólo tu pecho entreabriendo rosa oscura
    a la táctil araña de las manos.
    Y está el Pretorio frío con el alba,
    jaspes yertos, columna,
    y desnudo, desnudo hasta la sangre,
    nos desnudamos, rito, sobre el lecho, cordeles lacerantes
    de los besos, caricias aprietan,
    tiran, tinta la res del sacrificio,
    soldados, carcajadas, extinguidas antorchas humeantes,
    oh qué hambrienta vesanía, brasas, bocas
    ardiendo, crepitantes leños rojos,
    la túnica de loco arrodillado busca,
    ya no blanca, ni grana, ni violeta,
    sí rígida por las costras,
    por el rayo fulmíneo que derriba
    y no apagues la luz quiero verte los ojos,
    averigua quién te dio el golpe,
    el mazo martillea los clavos en la fragua,
    tafetanes ungiendo sacerdotal desdén,
    y tú me quieres, vino nuevo embriagando mis venas,
    arterias al ocaso como dalias,
    no apartes este cáliz, esta hiel, está el campo
    del alfarero ya comprado con las treinta monedas,
    húmeda arcilla donde clavar alarias plateadas,
    plateados placeres, marea embravecida y plateada
    luna, tinieblas, rueda el dado ciego
    y un vaho de hedor sube de los sepulcros,
    pliega tus alas sobre mi carroña,
    sobre mi carne viva,
    suave buitre ígneo, rapaz tormenta deseada,
    lluvia sangrienta empapa el monte oscuro,
    la adarga, los arneses, fluye cárdena
    sobre las blancas sábanas, los lienzos taponados de rubíes,
    no caiga sobre mí la sangre de este justo,
    pues sólo quise amarte.

    De Antes que el tiempo acabe


    [Palacio de cinematógrafo]

    Impares. Fila 13. Butaca 3. Te espero
    como siempre. Tú sabes que estoy aquí. Te espero.
    A través de un oscuro bosque de ilusionismo
    llegarás, si traído por el haz nigromántico
    o por el sueño triste de mis ojos
    donde alientas, oh lámpara temblorosa en el cuévano
    profundo de la noche, amor, amor ya mío.

    Llegarás entre el grito del sioux y las hachas
    antes de que la rubia heroína sea raptada:
    date prisa, tú puedes impedirlo. O quizás
    en el mismo momento en que el puñal levanta
    las joyas de la ira y la sangre grasienta
    de los asesinatos resbala gorda y tibia,
    como cárdena larva aún dudosa
    entre sopor y vida, goteando
    por el rojo peluche de las localidades.
    Ven ahora. Un lago clausurado de altos
    árboles verdes, altos ministriles, que pulsa
    la capilla sagrada de los vientos
    nos llama; o el ciclamen vivo de las praderas
    por donde el loco corazón galopa
    oyendo al histrión que declama las viejas
    palabras, sin creerlas, del amor y los celos:
    «Pagamos un precio muy elevado por aquella felicidad»;]
    o bien: «Ahora soy yo quien necesita luz»,
    y más tarde: «Tuve miedo de ir demasiado lejos»,
    en tanto que el malvís, entre los azafranes
    del technicolor, vuela como una gema alada.
    Ah, llega pronto junto a mí y vence
    cuando la espada abate damascenas lorigas
    y el gentil faraute con su larga trompeta
    pasea la palestra de draperías pesadas
    junto al escaño gótico de Sir Walter Scott.
    Vence con tu áureo nombre, oh Rey Midas; conviérteme
    en monedas de oro para pagar tus besos,
    en el vino de oro que quema entre tus labios;
    en los guantes de oro con los cuales tonsuras
    el capuz abacial de rojos tulipanes.
    Vendrás. Alguna vez estarás a mi lado
    en la tenue penumbra de la noche ya eterna.
    Sentado en la caliza de astral anfiteatro
    te esperaré. Tal ciego que recobra la luz,
    me buscarás. Tus hijos estarán en su palco
    de congelado yeso, divertidos, mirando
    increíbles proezas de cow-boys celestiales,
    y yo ya sabes dónde: impares, fila 13.

    De Óleo



    [Bobby]

    No era el amor y se llamaba Antonio.
    Hablaba como un indio del Far-West:
    “hombre alto”, “boca larga”. Era de Fuengirola.
    Y siempre había un teléfono donde llamarlo cuando
    —y reía—
    ­la noche era más larga, más amarga, más lenta.
    Por las villas de canos jubilados de Holanda,
    por la suite de la vieja dama inglesa,
    la viuda o divorciada más allá de los ácidos,
    por el apartamento oscuro del borracho,
    surgía su desnudo auroral como Jonia.
    Era animal de dicha y entraba fiel, ruidoso,
    un grueso calabrote de plata por el cuello...
    Sobre muebles de Herraiz o lacas chinas,
    biombo bermellón de zancudas doradas,
    o en raída moqueta o taquillones
    de castellano en serie,
    iba dejando las botas deportivas,
    los calcetines rojos,
    el pequeño taparrabos celeste,
    la camiseta como broquel de un pecho
    sin defensa. Portador de alegría,
    tal un dios de tobillos alados que bajara
    a los orcos humanos
    ahuyentando la lágrima, la carta, los somníferos,
    la desesperación y su lívida mecha.
    Y una noche me dijo, su lengua por mi oído,
    “Quisiera haberme muerto”.

    De Fieles guirnaldas fugitivas.



        Los dos primeros poemas, tan diferentes en su temática, tienen algo común en su tratamiento. En ambos se entrecruzan dos planos, en “Viernes Santo” es la Pasión de Jesucristo según los Evangelios y según la liturgia católica, y en “Palacio del cinematógrafo” es el cine y su ambiente sagrado años cincuenta. El plano común, el del hablante, es el amor. Son pues, finalmente, dos poemas de amor. Pero no solamente de amor. Pablo García Baena no renuncia nunca a la palabra justa, a esa que hace que el verso, la poesía, encaje totalmente como las piezas de un puzzle o como una ecuación matemática, puesto que el poema no sería el mismo si una palabra fuese sustituida por otra. Pablo García Baena sabe tratar con la suntuosidad del lenguaje (como se ha dicho) pero sabe sobre todo de elegancia. Es la sabiduría de la palabra, del decir que es el estar. Cada poema ha sido tallado a pulso, y su resultado es bellísimo y, en estos poemas, sobrecogedor y misterioso. Porque el poeta nos da unas claves: nos muestra, sobre todo, los escenarios, con sus decorados, su escenografía, sus personajes secundarios. Mientras que el verdadero “argumento” se esconde detrás del sujeto poético, el “yo”, y detrás del principal protagonista, un indeterminado “tú”, y la corriente amorosa que va del uno al otro, y que los une tanto como los desune. El ritmo de “Viernes Santo” es un ritmo alocado, sincopado, superpuesto. Son dos pasiones, la amorosa y la histórico-religiosa de Jesucristo, a quien no se nombra. Jesús, elidido, está viviendo su pasión, la de quienes lo escarnecen y le hacen sufrir, y la culpa se derrama por el hablante actual. Hay dos realidades y dos escenarios, dos tiempos que son y no son los mismos. Porque lo que se nombra no es paralelo, sino opuesto. Alguien traicionó a Jesús y alguien es traicionado: tal vez no es posible amar sin provocar un tercer sufrimiento. El poema es un imán y es un caballo galopante que nos atrapa en su vaivén y en su juego de contrarios, juego totalmente dramático. Aplicar un suceso, un drama, una historia, una época y un ambiente a una historia de amor de la que sólo se nos muestra un retazo, un encuentro: ese es el recurso. Saber conciliar ambos escenarios y fundirlos en un poema, con su léxico de armas y soldados (como corresponde a la soldadesca y a Pilatos), con su acento de liturgia sacerdotal, y poder como en sordina seguir la narración del Evangelio según san Marcos: el Pretorio, el desnudo, la túnica, la flagelación, las treinta monedas que recibe Judas (también elidido), los soldados jugándose las ropas, para terminar otra vez con Pilatos, “no caiga sobre mí la sangre de este justo”. Pero al lado del Pretorio está la voz de Roberto Carlos, el lecho, los besos, la embriaguez como el vino, y la culpa. En la culpa, finalmente, coinciden ambos planos, y ahí el final: “no caiga sobre mí la sangre de este justo/ pues sólo quise amarte.”
        En “Palacio del Cinematógrafo” también se entrecruzan dos planos, el del cine, que incluye las imágenes del film y el espacio físico en el que se proyectan, y un presentido, deseado, encuentro amoroso. Si en “Viernes Santo” el ritmo era extenuante y doloroso, aquí es más placentero, precisamente porque las imágenes del cine se proyectan sobre los actores del poema: el hablante y el tú a quien se dirige. Una película de amor y de indios, o de amor y romanos, película de domingo años cincuenta. Posee el poema una alta calidad sensorial, desde el visual “ciclamen de las praderas” o “los azafranes del technicolor” hasta el galope del “loco corazón”. El poema transmite la magia y la emoción de esos momentos en que la respiración queda contenida esperando lo por venir: el rapto de “la rubia heroína”, “el grito del sioux”, y retrata el ambiente oscuro de la sala: “en el cuévano/ profundo de la noche”. Aquí no hay culpa, sino gloria, y glorioso y “áureos” son el nombre, los labios y las manos de quien ha de llegar. El amor es confiado, sereno: “amor, amor ya mío”. El poema traza un círculo de espera, y se cierra como empezó: “…y yo ya sabes dónde: impares, fila 13.” Ha sabido plasmar de tal modo la emoción juvenil del cine, unida al deseo y al encuentro amoroso, que este poema es ya un clásico, porque por su tratamiento (que no puede ser superado) se adelanta en más de veinte años a los poetas que se dan a conocer en los años 80.
        “Bobby” pertenece a otra época, a otro espacio, y es muy diferente de los anteriores. También aquí se plasma un ambiente, aunque sea indirectamente, ambiente plural puesto que abarca varios. Pero de lo que se trata es de hacer un retrato. Y en ese retrato el inicio es ya un acierto: “No era el amor y se llamaba Antonio”. Antonio es un chorro de luz o de frescura que espanta la tristeza, igual de viudas que de señores; Antonio es un reguero de colores desde sus calcetines hasta su taparrabos, y con este poema Pablo García Baena demuestra que no es poeta de una sola voz ni de un solo tema, y que, como el rey Midas de su “cinematógrafo”, puede trocar en oro todo cuanto toca. Leer “Bobby” es ver a Bobby, sentirlo, oírlo, imaginarlo como el retrato que de él se hace: animal de la alegría o del placer, según se mire. Pero en un último salto, el sujeto poético traza una pirueta imprevista y convierte éste en un poema, también, de amor, con ese verso final que es un triple salto mortal: “Y una noche me dijo, su lengua por mi oído,/ “Quisiera haberme muerto”. Y ahí ya, detrás, el silencio, el misterio. ¿Por qué declara Bobby, él que es y representa la vida, que hubiese querido morir? Nada sabemos. ¿Qué placer inmenso, qué deslumbramiento, qué ternura o qué cuerpo, qué deseo, pasión o labio o brazos…? ¿Qué es lo que convierte de pronto al detentador de la luz y la alegría en alguien presto para la muerte?  Desde siempre Eros y Tánatos, pero aquí re-visitado, recordado, re-actualizado para su época, la de ahora mismo, de anteayer mismo. Y detrás, silencio.

    Juana Castro
 
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