Los más antiguos recuerdos a que hemos podido llegar en la historia de las rebeliones de los campesinos de Andalucía no pasan de la segunda mitad del siglo XIX. Es indudable que existe una larga prehistoria de los mismos que se extiende, cada vez más oscura, sobre todo al lado de allá de las leyes agrarias de Carlos III; hechos aislados, episodios de revuelta poco amplios y profundos, crisis de desesperación de los hambrientos y oprimidos que los contemporáneos han dejado pasar como insignificantes, ¡tan habituales estaban a su espectáculo lamentable!, sin escribir las fechas y los nombres, los territorios y los actos; todo perdido, pues, en la irreparable amnesia de los años, que aniquilan la memoria de las generaciones. La paciente investigación de los venideros podrá salvar algún recuerdo; yo no renuncio a excavar en esta paleontología. Pero, entre tanto, voy a referir compendiosamente la historia, tal como se me muestra a mí, en estado nada definitivo, de su conocimiento [...] Comencemos con una vaga fecha, un suceso escueto. He aquí como lo refiere J. Guichot en su Historia de Andalucía, tomo VIII, capítulo IV:
“...En el mes de junio de 1857 urdióse en Sevilla una conspiración, cuyos verdaderos autores e instigadores, cuya bandera y cuyos propósitos son todavía un misterio, a pesar de los años que van transcurridos. Nadie sabía de dónde procedía, ni tampoco a dónde se dirigía, siendo oscuros y completamente desconocidos en la inmensa mayoría los hombres que figuraron en ella, y habiendo condenado su loca tentativa política todos los partidos políticos, militantes a la sazón en Andalucía. “Dispuestos ya todos los elementos con que contaban o creían contar los conjurados, en la tarde y noche del último día de junio salieron de Sevilla, en número de ciento y tantos hombres, mal armados y pertrechados, y al siguiente entraron en las villas de Utrera y del Arahal, donde sorprendieron la casa cuartel de la Guardia Civil y cometieron excesos punibles, siendo el más señalado el incendio del Archivo Municipal y los de algunas escribanías. La naturaleza de este atentado, que en nada podía beneficiar a los sublevados, justifica lo que más tarde se aseguró, que no ellos, sino algunos vecinos fueron los autores de aquella estúpida violencia. “La noticia de tan incalificables desmanes obligó a la autoridad militar superior de Sevilla a activar el envío de una fuerte columna de tropas de infantería y caballería en persecución de los sublevados, que fueron alcanzados en la mañana del día 3 en el pueblo de Benaoján, Serranía de Ronda, y acuchillados y lanceados por la caballería, que les causó veinticinco muertos y les cogió veinticuatro prisioneros, catorce caballos y varios efectos. “Los sublevados que sobrevivieron a aquella cruel carnicería se dispersaron aterrados en todas direcciones para ir cayendo poco a poco y unos después de otros en poder de la Guardia Civil, que salió en su persecución. El día 5 fueron presos sus jefes en el término de la villa de Utrera y conducidos a Sevilla, así como todos los dispersos que iban cayendo en manos de la Guardia Civil. “Sometidos a fallo de un Consejo de Guerra, fueron condenados a la última pena, cuya terrible sentencia se llevó a cabo el día 12, siendo fusilados en Sevilla el primer jefe de los sublevados y veinticuatro individuos más, y en Utrera, el mismo día, el segundo jefe con ocho de sus subordinados...” “Tal es, narrada compendiosamente, la historia de aquella misteriosa sublevación, ahogada materialmente en sangre con una rapidez pasmosa que dejó desconcertados los cálculos que acerca de ella se hicieron en toda España en aquellos días...” [...] Los sucesos se trasladan ahora a la Andalucía oriental, por la cuenca del Genil, que apenas salido de la vega granadina debe romper, antes de llegar a la campiña cordobesa, los últimos contrafuertes occidentales de los prealpes granadinos. Nos encontramos en Mollina, tres leguas al noroeste de Antequera, próxima a la laguna Salada de la sierra de las Yeguas. Es el 21 de julio de 1861, es decir, entrado ya el verano, en el mes propio de las revoluciones (y obsérvese que ya en la rebelión de 1857, ocurrida el 30 de junio, se señala este factor térmico de la criminalidad colectiva, tan acusado en nuestra España). Repentinamente se produce un movimiento popular sedicioso, del que resultan algunos muertos y heridos. El juez de Antequera dirige el proceso contra el albéitar de Loja, Rafael Pérez del Álamo, como principal responsable; dicta un auto de procesamiento, y el albéitar replica a él con el toque de botasillas, saliendo a caballo de la población seguido de gran golpe de partidarios. Aunque los sucesos que comienzan con la asonada de Mollina y se desenvuelven en los quince días sucesivos en la región donde se juntan las provincias de Granada, Málaga y Córdoba, mantuvieron suspensa la atención de los contemporáneos, no se les concedió la importancia sintomática que realmente tienen, ni se les dio justa interpretación que merecía en relación con los estados del espíritu de la época. La rebelión del albéitar nos es mal conocida en su sentido íntimo; sus hombres están muertos, aun los que, como él, alcanzaron excepcional longevidad; la prensa contemporánea, mal informada, repite vulgaridades insignificantes, sin que una parte de ella deje de intentar reducir la etiología del levantamiento a “resentimientos personales”, por lo demás indefinidos, lo mismo que los que, por ejemplo, recurren a este mismo orden de motivos en nuestro tiempo respecto del levantamiento, contra Abdelasis, de Bu Hamara, por otro nombre El Rogui, de destino tan triste. Lejos de esta interpretación personal, la salida de Loja del albéitar con su gente tiene todos los caracteres de una secesión popular que anuncia la lucha social inminente. Rafael Pérez del Álamo es, verdaderamente, el Espartaco andaluz, un Espartaco efímero y reducido, es cierto, pero al que no le faltan los caracteres ideales y generosos que todavía irradian una aureola cálida en torno a la imagen del gladiador de Tracia, que sostuvo en la Campania y en casi toda la Italia meridional la insurrección de los esclavos, quinto estado actual, en los tiempos ya próximos del nacimiento de Cristo [...] ¿Quiénes eran los hombres de Pérez del Álamo? Seguramente los miserables, los famélicos, los humillados, los ofendidos, los desheredados de todos los bienes que llenan la existencia, dando a sus poseedores el sentimiento de la amplitud de la personalidad y de la vida. Ágiles hombres, casi desnudos, de caras sudorosas, bronceadas, reluciendo la esclerótica y el esmalte de los dientes en la mirada y la sonrisa, entre ansiosa y confiada, marchaban organizados militarmente, armados con las hoces y herramientas de sus oficios agrarios, enardecidos por las músicas, los tambores y trompetas que el jefe, lleno de instinto guerrero, había querido procurarlos, mas sin que nunca su exaltada belicosidad se desmandara en actos destructores..., las huestes del albéitar se presentan de este modo el 29 de julio ante Loja “flor de espinas”, según la imagen de su blasón, esta vez estremecida contradictoriamente de ansiedad y de impaciencia. El conductor exige seis mil raciones y se apodera de la ciudad que domina durante cuatro días, poniendo al pueblo en estado de defensa contra las tropas que pudiera enviar el Gobierno, llegando a reunir hasta diez mil hombres, y sin consentir el menos exceso de sus instintos. El 2 de agosto se señalan bravas escaramuzas con las tropas del Gobierno. El 3, el general Serrano del Castillo sitia Loja en regla. La madrugada del 4, Pérez del Álamo dispone la evacuación de la ciudad, que se efectúa con el mayor orden, dispersándose las más de sus gentes, ¡inesperado desengaño!, entre las sierras próximas. Todavía él, con los más pertinaces y osados, intenta marchar sobre Alhama; mas en breve le es forzoso disolverse. El albéitar al fin es apresado. Condenado a muerte, le indulta la generosidad del Marqués de la Vega de Armijo, ministro de Gobernación con la Unión Liberal de O,Donnell. No dejemos de notar, en efecto, que como correspondiendo a la nobleza de la rebelión, la represión de la misma adquiere caracteres de generosidad que rara vez se han repetido desde entonces [...] Once años después de la rebelión, en 1872, dio a la estampa un folleto, hoy imposible de hallar, bajo el título Apuntes históricos sobre dos revoluciones andaluzas. De él es este párrafo, copiado por Guichot, en su Historia de Sevilla (tomo V, libro X, capitulo IV), que expresa el estado de su espíritu a que alude la semblanza ya recordada: “¿Se quiere saber qué bandera enarbolé? Contesto: la de la democracia. ¿De qué naturaleza fueron mis aspiraciones? De naturaleza republicana. ¿De dónde partía y adónde me dirigía? Partía de una monarquía hipostática e iba a una república humana. ¿Contra quién me levanté en armas? Contra la monarquía y la dinastía. ¿Qué es lo que quería derribar? Esta pregunta está ya contestada. Pobre y olvidado Pérez del Álamo murió a mediados de enero de 1911...”
C. Bernaldo de Quirós De El espartaquismo agrario andaluz. |