Las favorables condiciones geográficas del Parque Natural de Los Alcornocales, situado entre dos aguas –las del Atlántico y las del Mediterráneo–, aportan durante diferentes épocas el hábitat adecuado para el asentamiento de pueblos y culturas diversas. Este paraje, que desempeña un punto de enlace entre los continentes europeo y africano, es testigo a lo largo de su historia de la presencia de pobladores paleolíticos en las terrazas de los ríos Palmones y Guadarranque, donde aún se conservan huellas de su estancia. Lo mismo ocurre en el cauce medio del río Barbate y en la entrada de la Garganta del Cuerno –próxima a la Sierra de la Momia–, espacios éstos que albergan útiles del periodo Musteriense (Paleolítico Medio). Con la irrupción en el Neolítico, la actividad de los antiguos pobladores comienza a desvincularse del interior de las cuevas y sale al exterior. Así, se observan las primeras manifestaciones de vida colectiva en los dólmenes encontrados en la dehesa de Asciscar (Tarifa) y en el Tajo de las Figuras (Medina Sidonia), aunque no se abandona totalmente el refugio que otorgan los numerosos abrigos de roca de la zona, como lo constatan las pinturas rupestres de los pueblos de la Edad del Bronce, que dejan grabadas sus escenas de caza y recolección en los conjuntos del Tajo de las Figuras, Bacinete y Laja Alta. Estas representaciones esquemáticas están consideradas, por cantidad y variedad temática, como algunas de las más destacadas de España. Del asentamiento íbero y de las influencias culturales orientalizantes que traía consigo este pueblo, apenas queda legado alguno en el Parque, si exceptuamos los restos dejados en las antiguas ciudades de Saepo, Iptuci y Oba. De igual forma, la presencia romana, datada a partir del primer cuarto del siglo II a. C., se reduce a la estancia en Iptuci, que debió su importancia a su cercanía a la vía de Carteia, la principal ruta de conexión entre la costa gaditana y el Valle del Guadalquivir. Posteriormente, los visigodos legarán a este emplazamiento la basílica de Santos Nuevos, edificada en el año 622 en el término de Alcalá de los Gazules. Frente a este escaso testimonio visigótico, la presencia musulmana se encarga de restablecer la arquitectura de Los Alcornocales con un amplio número de fortificaciones, entre las que resaltan los castillos de Jimena, Castellar de la Frontera, Alcalá de los Gazules, Benalup y Tempul. Durante la Edad Media, se produce un fenómeno de escisión política entre la actual provincia de Cádiz, que queda incorporada al Reino de Castilla a mediados del siglo XIII, y la franja de Los Alcornocales, que permanece dentro del Reino de Granada hasta el siglo XV. Como consecuencia, tan sólo se conservan construcciones medievales cristianas en Jimena de la Frontera (Iglesia de la Misericordia y convento de Nuestra Señora de los Ángeles) y en Alcalá de los Gazules (Iglesias de San Jorge y Santo Domingo). Por último, entre las principales edificaciones que componen el patrimonio histórico y antropológico de Los Alcornocales en época ya más reciente, se encuentran los molinos harineros. Estos edificios remontan su origen a las primeras invenciones mecánicas de los musulmanes para aprovechar la energía del agua en la trituración del cereal. Más tarde, entre los siglos XVI y XVIII, estos molinos se recomponen como pieza clave para el desarrollo económico de la zona. En la actualidad, tras el abandono mayoritario de estas prácticas rurales, apenas quedan molinos activos –como el de la Garganta del Rayo y el de Tarifa– o rehabilitados, al menos, como viviendas de interés turístico.
JOSÉ ROMERO PORTILLO |