Colón se presentó una vez más a las puertas del convento de La Rábida, pero en actitud triunfal y lleno de confianza. Le recibió el digno guardián con los brazos abiertos y le tuvo de huésped mientras duró su residencia en Palos. El carácter y situación de fray Juan Pérez le daban en la vecindad grande importancia, que él ejercía hasta el último grado en favor de la deseada empresa. Colón se presentó el 23 de mayo en la Iglesia de San Jorge de Palos, acompañado de este celoso amigo. Allá se leyó solemnemente por el escribano público, en presencia de los alcaldes, regidores y muchos habitantes, la real orden que mandaba poner a su disposición dos carabelas, y se prometió plena obediencia a ella. Cuando llegó, empero, a divulgarse la naturaleza de la propuesta expedición, se llenó la villa de sorpresa, y aun de horror. Los habitantes consideraban los bajeles y tripulaciones que les pedían como víctimas que iban a inmolarse a la destrucción. Los propietarios de los buques rehusaron prestarlos para tan desesperado servicio, y los más audaces marinos temblaban de aquel quimérico crucero por los desiertos del Océano. [...] A pesar del tenor perentorio de la real orden, y de la promesa de cumplir con ella que habían dado a los magistrados, se pasaron muchas semanas sin que nada se hubiese hecho para verificarlo. El digno guardián de La Rábida favorecía a Colón con todo su influjo y con toda su elocuencia, pero en vano; no se podía procurar bajel alguno. En vista de lo cual expidieron los soberanos órdenes más absolutas en data de 20 de junio, mandando que los magistrados de la costa de Andalucía tomasen para este servicio cualesquiera buques que creyesen oportuno, pertenecientes a vasallos españoles, y que obligasen a los patrones y tripulaciones a darse a la vela con Colón en el rumbo que sus majestades le designasen. Juan de Peñalosa, oficial de la casa real, salió a hacer obedecer esta orden con doscientos maravedises diarios todo el tiempo que estuviese ocupado en ello, cuya suma debía exigirse a los desobedientes y delincuentes, además de otras penas expresadas en el mismo mandato. Con arreglo a esta carta obró Colón en Palos y en la inmediata ciudad de Moguer, mas sin resultado alguno. Reinaba la confusión en estos pueblos, se llenaron de alteraciones y disturbios, pero sin efectuar cosa ninguna de consecuencia. Al fin, Martín Alonso Pinzón, rico y atrevido navegante, tomó personal y decidido interés en la expedición. Lo cierto es que la asistencia de Pinzón fue oportuna y eficaz, y muchos testigos convienen en asegurar que sin ella hubiera sido imposible armar la expedición. Él y su hermano Vicente Yáñez Pinzón, también hábil y arrojado navegante, tenían bajeles y marineros a su disposición. Estaban, además, relacionados con muchos de los marítimos habitantes de Palos y de Moguer y ejercían grande influjo en todas las cercanías. Al fin, para principios de agosto todas las dificultades estaban vencidas y los buques prontos para darse a la vela. El mayor, expresamente preparado para el viaje y con cubierta, se llamaba la Santa María; en él levantó su pabellón Colón. El segundo, llamado la Pinta, lo mandaba Martín Alonso Pinzón. El tercero se llamaba la Niña, tenía velas latinas y lo mandaba el tercer hermano, Vicente Yáñez Pinzón. [...] Una profunda tristeza se difundió por Palos a su partida, porque todos tenían algún pariente o amigo en la flota. Los ánimos de los marineros, ya deprimidos por el miedo, se angustiaron más aún por la aflicción de los que quedaban en las playas, despidiéndose de ellos con lágrimas y lamentaciones y oscuros presentimientos de que jamás volverían a ver aquellos rostros.
washington irving De Historia de la vida y viajes de Cristobal Colón. |