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AL-áNDALUS

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Origen del actual nombre de Andalucía. La primera mención escrita segura del término data de comienzos del siglo VIII, en una moneda acuñada en el 716, pero debe ser ya utilizada, al menos en el Me­d­i­te­rrá­neo Oriental, desde bastante tiempo antes. Como término geo­gráfico hace mención a la Península Ibérica o, más exac­tamente, a la antigua Hispania, ámbito que, en tiempos de los visigodos, a la entrada árabe, incluía parte del sur de Francia y posiblemente el norte de África más cercano al Estrecho de Gibraltar, en la antigua Mauritania Tin­gi­­tana o región de Tánger *. Como concepto histórico alude al territorio peninsular bajo administración árabo-mu­sul­ma­na, es decir, nombra una realidad cambiante que va des­de toda la Península en el siglo VIII hasta el reino de Gra­nada en el XV o unas comunidades sin organización estatal propia como los mudéjares, los moriscos hasta su expulsión en 1609 o las colectividades de andalusíes que salen desde el siglo IX hasta el XVII hacia diferentes puntos del Me­diterráneo, África o Asia y que siguen conservando sus ca­racteres como grupo. El área histórica de al-Ándalus ha­cia el siglo XII es el que, aproximadamente, da lugar a la ac­tual Andalucía y el Algarve * portugués.

La conquista.  La conquista árabe del territorio andaluz se realiza durante la segunda etapa de la expansión mu­sulmana, llevada a cabo por los califas omeyas de Da­mas­co. Constituye el último episodio del avance del Islam por Occidente, hacia el norte de África y Europa. En todo el Magreb las poblaciones recientemente islamizadas se van in­corporando a las sucesivas conquistas, de modo que en la entrada de los musulmanes en al-Ándalus participan bereberes norteafricanos, algunos de ellos ya incorporados al sistema tribal árabe, mediante el sistema por el que se producen los procesos de arabización e islamización de las distintas regiones del Imperio. Aparte de la fuerza de la nueva fe que representaba el Islam en esta conquista intervienen también factores de decadencia de la Península Ibérica premusulmana. La crisis que afectaba al Estado visigodo de la antigua Hispania favorece la incorporación de la zona al Mundo Árabe medieval. Se trataba de una estructura de go­bierno, asentada sobre la minoría visigoda que dominaba el poder político y el religioso, a través de la jerarquía eclesiástica y los Concilios de Toledo, sobre una mayoría de po­bla­ción hispanorromana. Las tensiones entre el poder vi­si­godo, localizado en la Meseta, y la periferia peninsular se po­nen de relieve en numerosas ocasiones, la última de ellas cuan­do la monarquía se convirtió al catolicismo abandonando el arrianismo. A su lado una presencia bizantina a am­bos lados del litoral del Estrecho añadía elementos desestabilizadores que son aprovechados por los gobernantes árabes del norte de África.

El paso de los contingentes conquistadores del nuevo territorio se inscribía en aquel momento dentro de una tradición de paso entre ambas orillas del Estrecho de Gi­bra­l­tar. Entonces la zona no representaba una frontera infranqueable. Durante toda la Alta Edad Media seguirá en idéntica situación. Para los dirigentes árabes, aparte del acicate de la riqueza de Andalucía, existía otro derivado de la imagen del mundo en aquella época, la de la geografía ptolemaica: bordeando la Península Ibérica se creía poder co­men­zar el camino que llevaba a atacar Bizancio por la retaguardia. El Imperio Ro­ma­no de Oriente había detenido el avance musulmán más allá del nor­te de Siria. Del lado pe­nin­­sular, la incorporación al nuevo Im­perio ofrecía todo un abanico de posibilidades al comercio me­diterráneo. La Pe­nín­sula Ibérica, tradicionalmente abierta a este espacio, su­fría entonces la crisis del Estado visigodo. La entrada de los nue­vos pobladores aportaba en definitiva unas buenas perspectivas de futuro a sus habitantes.

En este contexto no se puede hablar, en sentido es­tric­to, de una conquista militar. La mayor parte de las re­gio­nes, de los núcleos urbanos que lo articulaban, son in­cor­po­rados mediante pactos. Las condiciones estaban ya previstas en la normativa musulmana primitiva y en la experiencia del avance árabe por Oriente: se entraba en un territorio con habitantes que contaban con una religión de gentes del libro, pertenecientes a una creencia con texto revela­do. Por lo tanto le eran de aplicación las disposiciones ema­na­das del Corán: a cambio de un tributo los hispanovisigodos podrían conservar su estatus de libres, sus pertenencias y sus creencias.

El proceso de la conquista se inicia en 711 con tropas, principalmente bereberes, al mando de Táriq b. Zi­yad *. A par­tir de Algeciras, y después de vencer al rey visigodo Don Ro­drigo, avanzaría hacia Córdoba y Écija pa­ra di­rigirse más tarde a Málaga y Granada. En el verano del año siguiente, el gobernador musulmán del norte de Áfri­ca, Mu­sa b. Nusayr *, antiguo almirante conquistador de Car­ta­go, con contingentes formados mayoritariamente por árabes y sus clientes, entraría a la sombra de Gibraltar para incorporar los campos de Sidonia y la Sierra de Cádiz. Tras pasar por Carmona añadiría más tarde a su poder Huelva y Se­vi­lla.

El resto del territorio de la Península Ibérica se conquista de forma muy rápida. Antes de tres años se nombraban ya gobernadores en la actual región francesa cercana a los Pirineos. Se trataba sólo de un avance estratégico: la es­casez de los efectivos conquistadores deja muchos huecos cuya ocupación se llevaría a cabo en los años siguientes. De inmediato se fija una distribución espacial que atribuye las mejores tierras, como las del Valle del Guadalquivir, a los con­tingentes árabes y sus clientes, y las menos favorecidas a los bereberes.

El proceso de arabización e islamización. Desde el mismo momento de la conquista comienza un doble proceso de arabización e islamización que marcará la paulatina in­cor­poración práctica de al-Ándalus al Imperio Árabe. El pro­ceso incluye desde el comienzo una política de inmigración que conocería un nuevo impulso medio siglo después con la entrada omeya. Se basaba en favorecer la venida a la Pe­­nínsula de elementos árabes procedentes de Oriente. Esto mar­caría la civilización andalusí con una índice de arabidad sensiblemente superior a su entorno más próximo e incluso a Oriente en fechas más tardías. La islamización supone un proceso lento y abierto de conversión de las poblaciones lo­ca­les a la nueva re­ligión. El Islam era algo no definitivamente estructurado si­no una religión en formación. El cristianismo peninsular no era todavía el compostelano que im­plantarían siglos más tar­de en su avance hacia el Sur los reinos cristianos del Norte, si­­no algo ligado muy directamente a Oriente. La incorporación a la creencia dirigente, el Islam, reportaba una apertura de horizontes sociales y se une inseparablemente, en la mayor parte de las ocasiones, a un vínculo de clientela con una tribu árabe. De este modo se va configurando una mayoría musulmana andalusí durante los dos primeros siglos del Islam pe­nin­sular. Los dirigentes del país, según revelan las fuentes, mar­­can un poco la línea de ac­tuación: los líderes árabes em­pa­rentan con la aristocracia goda, detentadora del poder eco­nó­mico, basado en la propiedad de la tierra, y del político en el antiguo régimen. En esta simbiosis se asegura una im­plan­ta­­ción de las nuevas estructuras y una permanencia del poder efectivo. El proceso está a medio camino entre la integración de los dirigentes árabes en un sistema preexistente y la asimilación de los locales al nuevo marco legal y de sistema de vida.

La mezcla de elementos locales con los recién llegados correría paralela a una adaptación de estructuras administrativas y políticas que se conformarían plenamente en el siglo X. La mayoría musulmana de la población había salido del mestizaje entre una minoría árabe inmigrante y la po­blación hispanorromana: su descendencia era legalmente, des­de el co­mienzo, musulmana de pleno derecho. Los grupos que se convirten directamente, los muladíes *, se habían integrado normalmente en alguna tribu árabe. Todos ellos se ha­llaban a la cabeza de una civilización árabe. Incluso los cristianos que con­servan su religión de origen, ajenos en principio al proceso de islamización, se les conoce como mozárabes * o "arabizados". Los judíos peninsulares, sefardíes *  co­mo ellos se llamaban, contribuyen de la misma forma a la con­figuración de la cultura común. La sociedad resultante cons­tituía una formación tributaria, de estructura tribal y con una dedicación económica basada en la agricultura, que ge­neraba unos excedentes que permiten un próspero comercio asentado, fuera de los intercambios por permuta a niveles locales, en una compleja red urbana. Esta sociedad había dado lugar a una cultura que mezclaba los elementos peninsulares con un aporte ára­be permanente. El resultado formaba parte tanto de la cul­tura musulmana medieval como de la tradición hispánica.

El emirato dependiente (711-755). Las cuatro primeras décadas de su historia la Andalucía árabe es administrada  desde Damasco, a través de gobernadores nombrados por el califa omeya, directamente o mediante susde­­­le­gados norteafricanos destacados en Qayrawán. En cual­­­quier caso, el desarrollo de la ocupación del territorio am­­plifica notablemente el papel jugado por el ejército en la designación de los walíes * o gobernadores. La presencia en Córdoba, donde es situada casi de inmediato la capital, de efectivos militares llega a complicar de forma notable el funcionamiento político del país. Córdoba se localizaba en un lugar seguro, sobre todo a partir de 732, con el abandono del avance conquistador en territorio francés. La frontera de al-Ándalus se colocaría desde el siglo VIII en la línea septentrional del Duero, con una extensión hacia el Norte en el área del Pirineo aragonés y bajando luego hasta la de­sembocadura del Ebro. La revuelta de los bereberes de 740 *, que traería al país contingentes militares sirios *, de­jaría des­poblada la zona superior de Castilla. Más arriba co­­men­za­ría a desarrollarse el reino de Asturias.

La época omeya (756-1031). En el verano de 755 llegaba a las costas de Almuñécar un príncipe omeya, último descendiente de la familia gobernante en Damasco que cinco años antes había sido desplazada del máximo poder del Califato por los abbasíes de Bagdad, tras la batalla del Gran Zab. Un año más tarde se hacía con el poder en Cór­do­ba comenzando a gobernar con el nombre de Ab­de­rrah­mán I *. El fundador de la dinastía que dirigirá la An­dalucía árabe hasta comienzos del siglo XI da un nuevo impulso al proceso de arabización. Durante su mandato (756-788) habrá de hacer frente a las revueltas promovidas por los jefes tribales árabes que le apoyan en el momento de su entrada en la Península, creyendo que al situar al frente del emirato a un dirigente débil podrían mantener los poderes locales del final de la época de los walíes. Estos levantamientos ejemplifican uno de los mecanismos del sistema tribal de concepción del poder andalusí que subyace a lo largo de toda la existencia de esta entidad histórica: la tensión entre las ventajas de un poder centralizado y la disgregación inherente a la división en tribus.

El sucesor de Abderrahmán, Hixam I *, aprovechará el impulso organizador de su antepasado para gobernar algo más de una década un país en tranquilidad. Según las fuentes árabes, en este período se introduce en al-Ándalus el malikismo, la doctrina musulmana elaborada por Malik b. Anás *, que constituirá la ortodoxia en todo el occidente del Islam. Esta doctrina conformará uno de los pilares del go­bier­no de los omeyas en la Andalucía árabe, dando un protagonismo central a los hombres de religión en el sistema político. La unión entre lo árabe omeya y los posicionamientos de Malik explican gran parte de las elaboraciones teóricas del sistema político y la administración de la Andalucía árabe.

El mandatario que le sucede, al-Hakam I *, tiene que hacer frente a las llamadas revueltas del arrabal de Se­cun­da, en Córdoba, movimiento que responde a una crisis de adaptación del pueblo cordobés a la capitalidad y, por otra parte, a las primeras manifestaciones de los nuevos convertidos al Islam que estaban apartados de las decisiones políticas. El suceso dará lugar a las primeras emigraciones de andalusíes fuera del territorio: en Fez conformarán uno de los núcleos fundacionales de la capital marroquí; en Creta se encuentra, a mitad del siglo IX, un gobierno musulmán con un personaje de Los Pedroches al frente, Abu Hafs Umar al-Baluti *. Otro colectivo, el de los mozárabes, va a destacarse en tiempos de su sucesor, el emir Abderrahmán II (822-852) *. Los cristianos que habían con­servado la religión anterior al Islam se encontraban so­metidos a una fuerte arabización. La jerarquía de la Igle­sia mozárabe no ve con buenos ojos que sus jóvenes ol­viden el latín por el árabe. Las revueltas mozárabes de 850 terminarán por apagarse tras el Concilio de Córdoba de 852 *, convocado por el emir conforme a la normativa visi­go­da. Des­de otro punto de vista Abderrrahmán II es el or­ga­ni­za­dor de la Andalucía árabe, tan­to desde el terreno de lo ad­mi­nis­tra­tivo como del económico o el cultural. La red de ata­­razanas o astilleros que van desde Lisboa a Al­me­ría son obra su­ya. La construcción de barcos resultaba im­pres­cin­dible para un al-Ándalus en expansión. Sus relaciones con el norte de África o con los emperadores de Bi­zan­cio así lo demuestran.

La crisis en la que se sume la Andalucía árabe en la segunda mitad del siglo IX representa un episodio paralelo al que en Oriente da lugar a la sustitución de los califas omeyas de Damasco por los abbasíes de Bagdad. Ambos lo protagonizan los nuevos musulmanes producto de la islamización antes aludida. Un sistema de poder árabe les veta su acceso a los centros de decisión, lo que generará en todo el país un encadenamiento de revueltas que casi lleva a la desaparición de la dinastía: las de Granada o Sevilla, la de Ibn Hafsún * en Málaga o la de los marineros que configuran la Talasocracia de Pechina * que se instalan en Almería. En términos generales responde a una reacción de las antiguas estructuras a la adaptación al sistema tribal tributario árabe del régimen musulmán. Los autores de la época le denominan la fitna muladíya *, "la guerra civil de los neoconversos". La crisis, en cualquier caso, se salda con una adaptación del sistema omeya a las nuevas circunstancias: en Andalucía no perdieron el trono como en Oriente. El de­bi­litamiento del poder de Córdoba en este periodo no lleva a un movimiento de la frontera norte. Sin embargo, todos estos sucesos serán aprovechados por el monarca asturiano Alfonso III (866-910) *  para consolidar el primer poder del norte peninsular.

Abderrahmán III * volverá a hacerse con las riendas del poder a partir el 912. Su mandato de casi medio siglo, su conocimiento del país y su valía como gobernante le permitirán acabar con las revueltas y dar la imagen definitiva a todos los niveles de la Andalucía omeya. El hecho de proclamar el califato en 929 respondía a la realidad: al-Ándalus presentaba desde hacía tiempo las características de un territorio autónomo dentro de un Islam medieval configurado como un espacio económico y cultural único pero que de forma paulatina se iba fragmentando políticamente. Su presencia en el Mediterráneo y en el conjunto de la Pe­nín­sula Ibérica le darían al país condiciones de gran potencia a mitad del siglo X. El califa Abderrahmán III actuaba co­mo árbitro en el Mediterráneo occidental. Su sentido de la política peninsular le coloca a la altura de los grandes go­bernantes hispánicos. Él sabe ver el papel de una Castilla emergente y la necesidad de mantener un equilibrio que pa­saba por reconocer la existencia de los reinos norteños. Los ata­ques indiscriminados, como se verá poco tiempo más ade­­lante, sólo servían para fortalecerlos a largo plazo, lo cual redundaba en perjuicio de al-Ándalus de manera considerable. A este primer califa andaluz se debe el diseño final de la administración, de una estructura muy compleja: sistema de tributos descentralizado y de base territorial; la organización de "provincias, fronteras y territorios", etc. La presencia que consolidó en el norte de África respondía a una constante histórica de la Andalucía árabe a la vez que aseguraba el enlace con las rutas comerciales subsaharianas. A través de ella llegaba el "oro del Sudán" que permitía satisfacer las considerables necesidades de amonedación de al-Ándalus.

Este panorama de esplendor va a mantenerse en tiempos del califa al-Hakam II * aunque entrará en declive a principios del siglo XI. El hijo de éste, Hixam II *, verá como Almanzor *, tras un ascenso vertiginoso en la corte cordobesa aprovechando sus dotes y preparación personales y la minoría del califa, se hará con el poder efectivo, en un movimiento que sus contemporáneos ya denominan como "suplantación". Sus ataques indiscriminados contra los reinos cristianos producen a corto plazo el fortalecimiento de unas estructuras feudales que terminarían por avanzar inevitablemente hacia el Sur. La destrucción que causa en Santiago de Compostela o Barcelona sólo le reportan beneficio a él, no a al-Ándalus. A niveles internos su política des­truye no sólo la legitimidad del régimen omeya sino las es­tructuras sociales y políticas tejidas lentamente. Sus hi­jos, que le suceden en el puesto de háchib * o canciller, terminarán sus cortos mandatos con una disgregación del siste­ma político centralizado. Los autores andalusíes le llaman la fitna barbariya *, la "guerra civil bereber", por el pro­tagonismo que tienen las tropas norteafricanas con las que Almanzor había sustituido, de manera casi absoluta, a la recluta local del ejército de al-Ándalus. Las diferentes re­giones de la Andalucía árabe van cobrando autonomía po­lítica a partir de 1009. Veinte años más tarde Córdoba ya era un Estado más. En 1031 un grupo de notables declara abolido el Califato y constituye una república que representa un hito en el entorno del Islam como primera forma de gobierno musulmana y republicana.

Las Taifas (1023-1090). El sistema que conforman los pequeños Estados a los que da paso la caída del Califato omeya de Córdoba se les denomina Reinos de Taifas *. La fragmentación obedece tanto a una consecuencia de la política de Almanzor como a las tendencias disgregadoras del sistema tribal árabe que aparecen cíclicamente en la historia de la Andalucía árabe. La organización económica y la ordenación administrativa no cambian básicamente. Salvo con la aparición de poderes locales que intentan sustituir a pequeña escala al califa de Córdoba y que lo sustituyen de hecho en la recaudación de los tributos. Se trata de un mo­men­to de división política aunque de una considerable es­plendor cultural.

La división política aparece claramente en el mapa de la Andalucía de la época: reinos dirigidos por antiguos altos funcionarios eslavos o saqáliba *, como a comienzos de siglo en Almería; estados liderados por árabes como Sevilla, Nie­bla, Huelva o Córdoba; reinos bereberes como los de Gra­na­da, Málaga, Carmona, Morón, Ronda, Al­ge­ci­ras o Ar­cos de la Frontera. Todos ellos, en palabras de Ibn Hazm * , legiti­mis­ta defensor de la dinastía omeya y gran co­nocedor del país y de su historia, como "gatos que se hinchan aparentando la fuerza del león". Los enfrentamientos entre ellos resultan constantes, con episodios de asimilación de unos por otros que no repercuten sensiblemente en un aumento de po­tencial del conquistador. Las luchas internas contribuyen en gran medida a aumentar las carencias del bloque en su conjunto, sobre todo defensivas. En aquel tiempo resaltan figuras como los poetas y poetisas de Gua­dix o los científicos que destacan en medicina, astronomía, matemáticas o agronomía.

Esta eclosión cultural sin embargo no logra ocultar la debilidad de conjunto de la Andalucía musulmana frente a los reinos cristianos. Los monarcas de Sevilla o Granada se convierten en tributarios de Castilla, mediante el sistema de las parias *, lo que aparte de la repercusión económica inmediata los colocaba en una posición poco defendible an­te sus súbditos desde el punto de vista jurídico o político. De este modo, durante el siglo XI va a producirse un cambio de rumbo en la historia peninsular: de un predominio del Sur se pasa a uno del Norte. La fecha clave es 1085, cuando Al­fonso VI de Castilla entra en la ciudad de Toledo. Las Taifas an­dalusíes ven peligrar la presencia árabe en la Pe­nín­sula Ibérica. Sus dirigentes se dirigen entonces a los almorávides *, la fuerza que, saliendo del sur del Sahara, logra aglu­ti­nar políticamente el extremo del Magreb. En su primera en­trada a la Península en 1086 detienen el avance cristiano, en la batalla de Zalaqa o Sagrajas *. Cuando vuel­van a territorio de al-Ándalus lo harán para quedarse.

Las dinastías africanas. Los almorávides y los al­mo­­hades *, estos últimos llegados a la Península a mitad del si­­glo XII, suponen en su conjunto un apuntalamiento mi­li­tar de la Andalucía árabe, así como del norte de África más próximo a nosotros, que le va a permitir subsistir du­ran­te tres siglos más ante un avance norteño que parecía im­parable. Desde la tercera y definitiva entrada de los al­morávides en el 1090 y la mitad del XIII la historia de al-Ándalus va a estar ligada más estrechamente que nunca al norte de África. Desde el punto de vista político existe en­ton­ces un país que llegaba desde Despeñaperros al Atlas. Las dos dinastías africanas terminan en la práctica su proceso de arabización e islamización en territorio andaluz. Se produce en realidad una aculturación andalusí de todo el Imperio, debido a unos parámetros civilizadores de un mayor nivel a este lado del Estrecho.

Los periodos centrales de ambas dinastías volverán a dar a al-Ándalus nuevos momentos de brillantez. La seguridad militar y política permite un florecimiento de la economía. Los comerciantes de todo el Mediterráneo relanzan sus negocios en los puertos y ciudades de Andalucía y los productos andaluces regresan a los mercados de Egipto o Líbano. Durante el siglo XII la moneda almohade, sobre todo el dirham * de plata, se convertirá en la divisa fuerte del comercio internacional de toda la zona. En el campo de la cultura y las ciencias se alcanzan niveles considerables: una figura como la de Averroes *, por poner un sólo ejemplo, marca esta época. Los ascetas y místicos que surgen en todo el territorio andaluz proyectarán su influencia tanto en la Península Ibérica cristiana de tiempos posteriores como en todo el Magreb e incluso Oriente.

El siglo XIII. La caída tanto de almorávides como de almohades da lugar a la aparición de nuevas fragmentaciones o Reinos de Taifas * en la Andalucía árabe, mientras los reinos cristianos avanzaban hacia el Sur. A mitad del siglo XIII la corona de Castilla se apodera de todo el Valle del Guadalquivir: tras Jaén conquistarán Córdoba en 1236 y en 1248 Fernando III * hace su entrada en Sevilla. Tal progreso militar ofrece una solución a las tensiones internas castellanas. Quizás resultaba exagerado para la debilidad andalusí, que era notable por razones internas y por la de­cadencia en que se hallaba sumido el Imperio almohade, pe­ro la batalla de las Navas de Tolosa de 1212 * supone de hecho el derrumbe de las fronteras de al-Ándalus. Se produce entonces una fuerte oleada migratoria desde los territorios conquistados por Castilla hacia el territorio del re­cién constituido Reino de Granada, hacia el norte de África e incluso hasta Oriente. La emigración andalusí produce una revitalización de las ciudades marroquíes desde todos los puntos de vista. Sobre el territorio conquistado quedan los mudéjares *, las poblaciones musulmanas sometidas al po­der cristiano. Se trataba de un fenómeno usual en la Edad Media hispana, que en An­da­lucía iba a tener una cor­ta historia durante el siglo XIII, pero que contribuye en gran medida a aportar elementos andalusíes a la configuración de lo que hoy somos. En el ámbito de la cultura europea este tiempo representa el del trasvase cultural de las realizaciones del Mundo Árabe, heredero de la civilización clásica grecolatina, a la Europa que estaba preparando el Renacimiento.

El reino nazarí de Granada (1232-1492). Los acuerdos con el rey castellano permitieron a Ibn al-Ahmar de Arjona * consolidar en 1232 una entidad política en tor­no a Granada y que abarcaba también Málaga y Almería. La medida posibilitaría extender más de dos siglos la existencia de al-Ándalus tras el derrumbe y el retroceso territorial que supone la derrota de las Navas y la conquista del Valle del Guadalquivir. El reino nazarí *  constituye una de las fronteras del Islam bajomedieval. A través de ella se ejerce también una notable influencia de lo árabe en la cultura cristiana, desde el campo de la literatura al del urbanismo o la arquitectura. Las relaciones con Castilla configuran una de las líneas de actuación de la monarquía nazarí. Al comienzo de su existencia también juegan un papel los poderes musulmanes norteafricanos como los benimerines o los numerosos Estados magrebíes.

En muchos aspectos la etapa nazarí representa una quintaesencia de la Andalucía árabe. Sus realizaciones culturales resaltan con luz propia en todos los campos del sa­ber. Entre sus monarcas se encuentran figuras relevantes jun­to a otras cuya personalidad hemos de situarla en unos tiem­pos difíciles con múltiples problemas internos surgidos de un progresivo estrechamiento del territorio y una monarquía castellana ya consolidada en el resto del país y que po­co a poco tenía fuerzas para apoderarse de Granada. A co­mienzos de 1492 saldría de ella Boabdil * . [Rafael Valencia]


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