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MONTIJO, EUGENIA DE

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(granada, 1826-madrid, 1920). Emperatriz de Francia. Hija de Cipriano Guzmán de Palafox, conde de Teba, y de Manuela Kirkpatrick, nace el 5 de mayo de 1826 en el jardín de una casa de la granadina calle de Gracia, frente a la iglesia de la Magdalena. Vive sus primeros años en la ciudad de la Alhambra, donde su padre sufre el destierro por su declarado fervor napoleónico. Posteriormente, reside en Madrid durante un corto periodo de tiempo y, tras el fallecimiento de don Cipriano, se establece junto a su madre y su hermana María Francisca en París. Allí estudia en el convento del Sagrado Corazón. La casa familiar es frecuentada por Prosper Merimée y Stendhal, quien convertirá a Eugenia de Montijo en su musa. Se afirma incluso que el relato sobre la batalla de Waterloo, incluido en La Cartuja de Parma , está dedicado a ella. En esta época la futura emperatriz es una joven de 14 años, dotada de una imaginación desbordante y una vitalidad arrolladora. Una tradición cuenta que a los 16 años cae violentamente de su caballo. Una gitana acude a socorrerla y le dice la buenaventura: ?llegarás muy alto, serás más que reina, vivirás cien años, acabarás en la oscuridad?. Estas palabras comenzarán a cumplirse cuando a sus 24 años conozca a Napoleón III, que enseguida se enamora de la granadina. ?Era alta, elegante, con una brillante mirada azul como el cielo granadino; poseía un aire de vago ensueño, una piel nacarada y los hombros más bellos del mundo; sabía pocas cosas pero podía decirlas en cuatro idiomas y con una gran firmeza?, escribe el profesor Adolfo Martínez Ruiz. El emperador galo debe vencer algunos obstáculos ?sobre todo la oposición del Senado, que no aprueba el matrimonio con una mujer que no pertenece a la realeza? para, finalmente, casarse con Eugenia de Montijo el 30 de enero de 1853 en Nôtre Dame.

La emperatriz no tarda mucho en ganarse el cariño y la admiración del pueblo francés, gracias sobre todo a su belleza, elegancia y a su labor como mecenas de las artes y las letras. No obstante, la buena sintonía que al principio existe entre los dos cónyuges se truncará muy pronto debido a las continuas infidelidades de Napoleón III. Ni siquiera el nacimiento en 1856 de su único hijo, Eugenio Luis Napoleón, logra apaciguar la convulsa relación de la pareja. Una pareja en la que tiene voz propia Eugenia de Montijo, muy entusiasmada con la política: aconseja al emperador, asiste a los consejos de ministros y no deja de intervenir en los asuntos de Estado. Hasta en tres ocasiones se encarga de la regencia del imperio: durante las campañas de Italia, en 1859; con ocasión de una visita de su marido a Argelia, en 1865;?y en los últimos momentos del Imperio, en 1870. Un año antes, en 1869, la emperatriz asiste a la inauguración del Canal de Suez. Se trata de uno de sus últimos momentos felices al frente de un imperio que se tambaleaba, especialmente desde la aventura francesa en México que pretendía instalar en el trono del país azteca al malogrado Maximiliano I.

El 2 de septiempre de 1870 se produce la derrota de las tropas francesas ante Prusia en Sedán, acontecimiento que precipita la caída del imperio y el exilio de Napoleón III y Eugenia de Montijo. Fijan residencia en Inglaterra, en Farnborough, y poco después, el 9 de enero de 1873, muere el emperador. A la desaparición de su marido se une algunos años más tarde, en 1879, la de su hijo, quien cae luchando contra los zulúes en las filas del ejército británico. Nada le queda a la otrora emperatriz de los franceses, salvo sus continuos viajes para aliviar la soledad y la progresiva oscuridad que se va adueñando de sus ojos. Oscuridad que será definitiva el 11 de julio de 1920, cuando Eugenia de Montijo fallezca en el madrileño palacio de Liria. Tiempo atrás, en 1917, había recibido la satisfacción de la victoria de Francia en la I Guerra Mundial, la venganza de Sedán, y tan sólo un año antes de su muerte recobra la vista gracias a la intervención del doctor Barraquer. Sus restos reposan en la abadía inglesa de San Miguel de Farnborough, en un nicho detrás del altar mayor, consagrado a San Luis rey de Francia. Su lápida contiene una sencilla inscripción: 'Eugenie'.        [ Javier Vidal Vega ].

 

 
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