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CACIQUISMO EN ANDALUCÍA

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El caciquismo es el rasgo definidor por excelencia del sistema político y clientelar de la Restauración, un régimen de liberalismo oligárquico sustentado en el pacto político y en el turno pacífico entre las fuerzas políticas conservadoras y liberales. Los términos cacique y caciquismo se identifican con el ejercicio de una influencia excesiva en los asuntos políticos y administrativos. Su acepción más negativa se vincula al uso abusivo de ese poder e influencia. Los avances de la historiografía permiten revisar la valoración e interpretación del fenómeno caciquil en Andalucía. Los tópicos que sitúan a Andalucía como la región más caciquil de España por agraria, atrasada y analfabeta y aquellos otros que identifican al caciquismo andaluz con el mayor grado de violencia política no se ajustan a la realidad. Las imágenes simbólicas de "Andalucía tierra de caciques" y de los males del caciquismo, heredadas de la crítica regeneracionista y vivas aún en los años setenta del siglo XX, están superadas. No hay una especificidad andaluza del fenómeno caciquil sino que es una realidad generalizada en todo el territorio español y en otros países. Los estudios de historia comparada con países del continente europeo y con Iberoamérica evidencian la existencia de relaciones de dependencia y monopolio político en los sistemas parlamentarios liberales. Estos fenómenos son propios de sociedades meridionales como Italia o Grecia y aparecen también en otras de mayor tradición democrática como Gran Bretaña o Francia. La única especificidad reconocida en las investigaciones es que el caciquismo en el caso español es un fenómeno con mayor continuidad en el tiempo, cuyos prácticas son más versátiles, capaces de adaptarse a los procesos de cambio político y, por tanto, dificultan y retrasan el proceso de transición a un sistema democrático. Las imágenes que reducen el caciquismo a espacios rurales e identifican cacique andaluz sólo con el terrateniente ya no se sostienen, ni tampoco el axioma que une caciquismo y fraude electoral. Las revisiones historiográficas están desvelando formas de caciquismo urbano en sectores industriales o comerciales y prácticas caciquiles fundadas en relaciones clientelares más diversas, hasta el punto que hoy se conoce mejor la naturaleza del poder político, los comportamientos clientelares y las redes de influencia que sustentan la vida política de Andalucía.

La vida política de la región está protagonizada por una elite que formaba, al igual que el resto del país, un grupo minoritario que controla el poder. Su perfil prosopográfico está bastante definido. Basta cotejar los listados de mayores contribuyentes de pueblos y ciudades de Andalucía con los listados de cargos públicos a escala local, comarcal y provincial, para comprobar su vinculación a las fuentes de riqueza económica. Clase política y poder económico aparecen con frecuencia asociados. Se trata mayoritariamente de un grupo agrario cuyos patrimonios se conforman en los procesos desamortizadores del siglo XIX. Si a ello unimos el desequilibrio del reparto de la propiedad y de las rentas, se retrata la realidad más cruda del caciquismo en los espacios rurales andaluces. Grupos familiares que controlan la propiedad de la tierra y el entramado de poder político se encuentran en toda la geografía andaluza: la familia de los Benjumea en municipios sevillanos como Osuna y Carmona, o los Vázquez, terratenientes de la campiña sevillana en los pueblos de la circunscripción de Sevilla; los Sánchez Dalp en la comarca de Aracena en Huelva; los Larios, con un importante patrimonio agrario en la costa oriental malagueña además de una presencia activa en otros sectores, o los Giménez, propietarios en el levante almeriense del distrito de Vera. En estos últimos se da una particularidad específica: la importancia de la posesión de agua junto a la tierra. La figura del "acuateniente" se tipifica en Almería, donde la tenencia de agua, dada la escasez de este bien tan preciado como ocurre en otras zonas como Canarias, se convierte en una fuente de riqueza y de influencia.

Caciquismo empresarial. Ahora bien, la importante presencia de propietarios en la vida política y caciquil no debe ocultar la existencia en la misma de otros grupos económicos de gran dinamismo, como los sectores empresariales dedicados a la comercialización de productos rentables, caso de las elites comerciales reunidas en torno al puerto fluvial de Sevilla, la burguesía mercantil exportadora almeriense o los comerciantes e industriales controladores de las compañías vinculadas a los productos pesqueros del litoral onubense. Se trata de modelos de empresas familiares que se fusionan con la burguesía agraria, "los Giménez y los González en Almería", reforzándose su control del poder local y provincial. En Andalucía también se localiza un potente caciquismo empresarial localizado en zona mineras. En el distrito de Valverde de Huelva la empresa británica Río Tinto Company Limited, propietaria del yacimiento minero de Río Tinto desde 1888, designa su propio representante, Enrique Bushell, o pone su acta de diputado a disposición del Gobierno como presión a favor de sus intereses productivos y laborales. En el distrito de Purchena (Almería), en los yacimientos de hierro de la Sierra de Filabres, dos compañías mineras extranjeras se disputan el control clientelar del poder local apoyando candidaturas en competencia. Mientras la compañía belga The Bacares apoya a Julio Amado, candidato cunero del Gobierno, otra compañía minera, la Cabarga San Miguel, coacciona a sus empleados para prestar su concurso al candidato de la oposición, Díaz Agero. De la misma manera, la familia Figueroa mantiene un cacicato minero en los distritos jiennenses de Baeza, Úbeda y La Carolina.

Una fuente de poder caciquil, menos investigada, es la que proviene del control de organismos económicos de gran calado para las ciudades y pueblos de litoral. Éstas son, concretamente, las Juntas de Obras de Puertos en ciudades marítimas y fluviales, cuyo control establece una retícula de poder local y provincial muy potente. Los procesos de construcción, mejora y ampliación de los puertos españoles y andaluces desarrollados desde mediados del siglo XIX hasta la primera mitad del siglo XX, llevan consigo una fuerte dotación presupuestaria del Gobierno y la implicación contributiva de los empresarios y comerciantes locales. No hay duda que tales Juntas configuran una auténtica plataforma de influencias. El ingeniero constructor del puerto de Almería, Francisco Javier Cervantes, presidente a su vez de la Junta de Obras del puerto, usa los fondos públicos y el poder de adjudicación de contratas y puestos de trabajo, para forjarse una extensa red clientelar y manejar el poder provincial en la sombra. En Cádiz, la familia con mayor poder económico e influencia política, los Aramburu, controlan, a través de Francisco de Aramburu, la presidencia de la Junta de Obras del Puerto desde 1902 hasta 1927, para defensa de sus intereses y como una herramienta más de su maquinaria caciquil.

Aunque en menor medida, también se da en Andalucía la figura del "político profesional" que no sustenta su actividad política en la posesión de un importante patrimonio económico, sino en el prestigio y el ejercicio profesional. Son los abogados, periodistas, militares, que a veces representan intereses ajenos, como los Gómez de la Serna en Córdoba, abogado y representante de los intereses mineros, o simplemente se insertan en el turno político con una sólida red clientelar, como es el caso del liderazgo tan representativo de Rodríguez de la Borbolla en Sevilla o Agustín Gómez de la Serna, Barón de Sacro Lirio, con un cacicato liberal estable durante dos décadas en el distrito de Vélez Rubio, en Almería, gracias a su prestigio familiar y su carrera militar. En la provincia de Almería los políticos profesionales son mayoritariamente cuneros, las élites se enquistan en el poder local y provincial y pactan con políticos madrileños la ubicación de candidatos cuneros para la representación nacional. Entre estos "profesionales" predominan los directores de periódicos madrileños como Luis Silvela, del diario La Mañana , o Luis López Ballesteros, de El Imparcial .

Endogamia matrimonial. Un aspecto destacado del comportamiento de estas élites es su carácter endogámico. Se constituyen en redes familiares con enlaces matrimoniales estratégicos para reforzar su poder de clase. De la transmisión de cargos por herencia hay claros ejemplos en todaslas provincias andaluzas. Es el caso de la saga familiar de los Benjumea, sevillanos que ocupan durante generaciones, desde la época isabelina hasta el final de la Restauración, ayuntamientos, Diputación Provincial y escaños en el Congreso de los Diputados. En Córdoba, José Sánchez Guerra y su cuñado Antonio Barroso se reparten y monopolizan la representación política de Cabra y la circunscripción respectivamente. Aunque cunero, la familia del liberal Carlos Navarro y Rodrigo es un claro modelo de transmisión hereditaria de escaño parlamentario. El distrito de Purchena y la circunscripción de Almería son legado familiar para sus hijos Carlos y Feliciano Navarro Ramírez  y para su yerno Juan José Fernández Arroyo. Las fidelidades clientelares heredadas del padre le abren la puerta a los escaños. Se trata, por otra parte, de modelos familiares amplios cuyos vínculos traspasan los lazos del parentesco para utilizar fórmulas como el padrinazgo o compadrazgo, presentes, por ejemplo, en las Alpujarras granadina y almeriense.

El poder de los caciques tiene pues una doble naturaleza: la derivada de la actividad socioeconómica y la que se adquiere por el poder de la influencia en la Administración. Una posición económica puede derivar en una influencia política o, a la inversa, la preeminencia en el poder podía atraer el enriquecimiento. La naturaleza del poder nos dibuja a su vez una diversidad de relaciones y comportamientos que hay que matizar. Es evidente que la figura más difundida del cacique andaluz es la de terrateniente, gran propietario agrícola, cuyo poder procede del

control de la tierra, a través del cual establece con colonos, arrendatarios o jornaleros relaciones fundadas en el sistema capitalista, pero manteniendo aún la tradicional deferencia al señor del Antiguo Régimen. Sin embargo, en los espacios rurales andaluces había otras relaciones fundadas en la  patrimonialización por parte de los caciques de bienes comunes y municipales. En la provincia de Almería, un cacique rural conocido como "el rey de la sierra" era sobreguarda de montes y utiliza la sierra como bien propio y herramienta clientelar.

Clientelismo. Junto a ello, el clientelismo, fundado en la capacidad de obtener beneficios del uso de la Administración pública para fines privados, está muy extendido en amplios sectores de la población andaluza. A través de la dirección política local y provincial, lasélites andaluzas estrechan lazos con lasélites madrileñas estableciendo relaciones de reciprocidad de favor. El régimen del pacto político permite en la Restauración que los políticos provinciales y locales dispusieran del poder público de la administración para establecer sus redes de clientela. Es cierto que el clientelismo no es privativo de esta etapa, existe anteriormente durante el periodo isabelino y continúa durante la dictadura primorriverista, pero en la Restauración alcanza proporciones desmesuradas. Consiste en una trama perfectamente trazada entre el cacique, que se comprometía a mover los resortes para obtener el favor, y el peticionario, obligado a corresponder con otro favor o simplemente a prestarle su lealtad. Existe un ritual de petición en sus formas, cortesía, agradecimiento, afectividad, y tiene un protocolo interno, un pacto no escrito para respetar los espacios de influencia. Los oscuros vínculos entre patrón y cliente se alimentan con el sólo accionamiento de los resortes de la máquina. De esta forma, una recomendación "fingida" es muchas veces lo único que necesita el cacique para demostrar que había hecho su función de intermediario y el agradecimiento no disminuye un ápice. La gestión de favores privados ofrece una tipología extensa y variada: la obtención de un puesto de trabajo, la exención del servicio militar, la agilización de un pleito, un traslado, etc. El nombramiento, cese o traslado de puestos en la administración están relacionados con las luchas locales por el poder. En los procesos electorales se sitúa estratégicamente a los amigos o se elimina a los enemigos políticos con el mismo fin. Se cumple así la máxima "para los amigos el favor, para los enemigos las leyes". En suma, favor y recomendación es el medio natural para articular las relaciones interpersonales y colectivas entre los ciudadanos y el Estado. Así lo demuestra la documentación conservada en archivos privados de políticos andaluces (Ybarra en Sevilla, Ordóñez Rincón o Arrayás Vizcaíno en Huelva) o en archivos de políticos nacionales (Antonio Maura, Eduardo Dato), donde llegan las peticiones de los notables andaluces.

La alternancia pactada.  En esta trama clientelar está situada la estructura de los partidos políticos. Los dos partidos del liberalismo español, conservador y liberal, se reparten la afiliación de las élites rurales y urbanas tradicionales de Andalucía junto a los políticos profesionales. No se trata tanto de la adscripción a una ideología afín o programa, sino que priman los vínculos clientelares. Son organizaciones con una vertebración fundada en el clientelismo cuyo vértice lo constituyen los grandes líderes que monopolizan el turno político.

Los partidos tienen una estructura piramidal de comités locales, comarcales y provinciales que funcionan sobre todo en los procesos electorales. Los liderazgos fuertes en buena parte de Andalucía tienen como repercusión regional una mayor estabilidad del régimen de Cánovas frente a la crisis más prematuras en otras regiones de España. Jefaturas como las de Romero Robledo y Alcalá Zamora en Jaén, Rodríguez de la Borbolla en Sevilla o Burgos y Mazo en Huelva conjugan su control del poder provincial con altos puestos ministeriales. Ejercen la difícil misión de manejar las relaciones entre el poder local y el central en sus respectivas zonas de influencia. El reparto de beneficios consensuado satisface a unaélite desmovilizada que se siente representada con el turnismo. Liberales y conservadores no llegan a democratizar su funcionamiento interno ni acceden con la universalización del sufragio en 1890 a la autentificación del voto, sino que tienen que ampliar sus redes clientelares, lo que repercute en su división interna y en las luchas de las facciones turnistas por el botín de la Administración. No obstante, avanzado el siglo, tienen que introducir cambios, poniendo en funcionamiento maquinarias mixtas que alternan la captación clientelar del voto con medios propagandísticos diversos en competencia con las organizaciones políticas antidinásticas.

En cuanto a otras formaciones políticas como el maurismo, su ideario de ciudadanía y obrerismo no tiene eco en la geografía andaluza, no pasan de facciones que acaban incorporándose al pacto turnista y a la política clientelar. Tampoco el reformismo consigue calar en el electorado andaluz ni romper sus fidelidades a los partidos del turno; hay únicamente manifestaciones aisladas como la del grupo de intelectuales agrupado en torno a la figura de José Marchena Colombo en Huelva. Intentos de proyectos políticos por parte de las capas medias urbanas, ligas comerciales o empresariales, como la Unión Comercial sevillana o la Junta de Defensa del comercio almeriense, no se constituyen en alternativa política de defensa de sus intereses y son absorbidas por la política de las élites.

Los partidos antidinásticos tienen un peso muy desigual en Andalucía con victorias parciales que no resquebrajan seriamente el poder turnista de los partidos liberal y conservador. En la izquierda, la burguesía más progresista de ciudades como Málaga o Almería se interesa por el republicanismo, que ofrece una maquinaria político electoral más moderna. Los republicanos malagueños son liderados por el progresista Gómez Chaix, inspirador de un Partido Republicano andaluz que opta por la identidad regional sin la desmembración del Estado, y que acaba incorporándose al encasillado. En Almería, el vigor de la Unión Republicana en la primera década del siglo XX obtiene el único escaño por esta provincia para el radical Pepe Jesús García en 1905. Tras la división interna, en plena campaña anticaciquil de 1916, se integran en la coalición de una asociación ciudadana que obtiene mayoría de votos en la capital, pero pierden el escaño por los votos de los pueblos controlados por las máquinas caciquiles. El republicanismo cordobés tiene un foco de poder en Montilla (Córdoba), e inserto en la dinámica de competencia electoral obtienen actas en 1903, 1914, 1916 y 1919. En Valverde del Camino (Huelva) la coalición republicano-socialista obtiene dos victorias consecutivas en 1918 y 1919 con un candidato único, Eduardo Barriobero. La oposición al sistema desde la derecha, avanzado el siglo XX, tiene una presencia aislada en Sevilla a través del partido de la Liga Católica.

Pacto de élites. El encasillado electoral "reparto de escaños entre candidatos de uno y otro partido del turno desde el Ministerio de Gobernación" funciona gracias al pacto de las élites locales con el poder central en la medida que se identifican y obtienen beneficios para sí y su clientela. Los estudios en Andalucía, aún con algunos vacíos provinciales, muestran que el comportamiento político electoral es diferente en las capitales y circunscripciones urbanas y en los distritos rurales. La docilidad al turno de los distritos andaluces es predominante, aunque admite matizaciones y no hay continuidad en el tiempo. Hay docilidad, falta de competitividad y desmovilización por término medio en los cacicatos estables. Los casos se extienden por toda la geografía andaluza: en Almería, el cacicato del Barón de Sacro Lirio en el distrito de Vélez Rubio; en Cádiz, el predominio de los Bohórquez en el distrito de Grazalema; en los distritos de Guadix y Baza de la provincia de Granada, el monopolio político de los Valle Inclán; en Sevilla predominan los distritos dóciles con inmovilismo y sumisión clientelar a notables provinciales como Domínguez Pascual, en el distrito de Carmona, o los hermanos Rodríguez Pacheco en el distrito de Sanlúcar dirigiendo la clientela de los Ybarra; en Málaga, distritos como Antequera y Campillos eranel área de influencia clientelar de Romero Robledo y el distrito de Coín feudo del general López Domínguez. El poder se reparte en ocasiones entre familias con tendencias ideológicas distintas y se intercambian clientelas, como en el distrito de Berja (Almería) entre los Gallardo y los Tovar o en los distritos de Loja y Motril en Granada. En Jaén la mayoría de distritos están desmovilizados y en la circunscripción líderes dinásticos ocupan carteras ministeriales como Joaquín Ruiz Giménez o José de Prado y Palacio.

El pacto entre las fuerzas locales y el poder central no significa en todos los casos docilidad a los deseos del Gobierno. En la circunscripción de Huelva, Manuel Burgos y Mazo controla el poder y pacta el encasillado, pero las directrices de la provincia predominan. En Almería, caracterizada por la injerencia gubernamental, se minusvalora el peso de los poderes locales en la primera etapa de la Restauración. Hasta la primera década del siglo XX, los caciques provinciales son una pesadilla para los gobernadores que se muestran incapaces de imponer el encasillado sin tener en cuenta sus intereses. Es cierto que la falta de competitividad o las fisuras en el turno facilitan el encasillamiento de candidatos cuneros en Almería desde la segunda década del siglo XX, pero en Cádiz, sin embargo, hay intentos de modernización de la cultura electoral con movilizaciones anticuneras que reclaman la identidad provincial y local. Una coalición denominada Juventud Ciudadana, une en 1916 en Almería a republicanos radicales, mauristas y liberales disidentes bajo el lema "Almería para los almerienses". El éxito electoral de la alianza se frustra por el replegamiento de los mauristas a instancias del obispado. [ María Dolores Jiménez Martínez ].

 

 
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