| (monóvar, alicante, 1873-madrid, 1967). Escritor y periodista, de nombre José Martinez Ruiz. De formación literaria autodidacta, Azorín empieza su carrera de escritor como colaborador de periódicos de muy variada ideología. Trabaja para diarios conservadores, El País (1896), El Progreso (1897), El Imparcial (1905), ABC y también ya en los años treinta del siglo XX para periódicos republicanos, de extrema izquierda y socialistas como El Sol , Crisol y La Libertad . Hacia 1901, con Pío Baroja y Ramiro de Maeztu, constituye el grupo de jóvenes nietzscheanos y perturbadores que luego sería el núcleo de la Generación del 98. A esta época pertenece la trilogía novelesca formada por La voluntad (1902), Antonio Azorín (1903) y Las confesiones de un pequeño filósofo (1904). El genio literario vendrá, sin embargo, al año siguiente cuando saque a la luz LosPueblos , uno de sus más logrados libros, en cuyas páginas retrata con inteligencia y admirable estilo decenas de paisajes españoles. Todo el aliento que falta a sus novelas y a su teatro, destaca con excelencia en estos textos descriptivos. La pluma de Azorín estaba hecha para la crónica y el ensayo, y en estos géneros demuestra que es el mejor narrador de su generación. Aparte de la literatura, la política era la otra pasión dominante de Azorín. En 1907 logra ser diputado por el distrito de Purchena, en Almería, con el partido de Maura. Después de esto sigue durante varias legislaturas de diputado, ya con el partido de Maura, ya con las derechas o ya con las izquierdas. Ingresa en la Real Academia Española en 1924.
Azorín dedica a Andalucía páginas muy importantes, de mucho valor literario y también periodístico, incluso sociológico, necesarias para conocer el estado del campesinado a principios del siglo XX. Las crónicas que manda a El Imparcial en 1905 desde Sevilla, Lebrija y Arcos de la Frontera son espeluznantes retratos de la miseria, la tuberculosis y la anemia que azotaban al campo andaluz, también del rencor que ya hundía profundas sus negras raíces en las conciencias de los jornaleros. "La muchedumbre campesina no es mala; tiene, sencillamente, hambre", escribe sentencioso Azorín. Las crónicas que conforman la serie La Andalucía trágica no son en su día publicadas todas en el diario, lo que hace que el escritor abandonara El Imparcial . El periodismo de Azorín es, a todas luces, desusado hoy en día. Cuando hoy el dato y la cifra ocupan las portadas y las cabeceras de la prensa, necesariamente llaman la atención unas crónicas demoradas en el detalle, en el pormenor de una sonrisa, un balcón cuajado de flores o unas chaquetillas ceñidas, livianas, sutiles, de blanco lienzo. No falta información ni noticias en las crónicas, lo que pasa es que el periodista averiguador quiere ser además compasivo con los hombres sufrientes que las inspiran. Azorín no es un testigo ni tampoco un notario de la actualidad. Azorín va de corresponsal a estos pueblos a buscar la vida angustiosa, luego que la encuentra la describe con buena prosa, sin dejarse atrás un adjetivo misericordioso. Basta leer La Andalucía trágica para advertir la falsedad del tópico que dibuja a los de la Generación del 98 alucinados y metidos de cabeza en la historia de Castilla, en el Quijote y en el esplendor ya rancio del Siglo de Oro para olvidarse de los desastres contemporáneos. El periodismo de Azorín por tierras andaluzas, al menos, desmiente que su inteligencia estuviera narcotizada por el recuerdo de las antiguas glorias imperiales. Azorín no nace en Andalucía, pero acierta a plasmar con una elegancia insuperable el drama de los pueblos andaluces y el talante resignado de sus braceros.[ Alberto Guallart ].
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