| (loja, granada, 1800-madrid, 1868). Militar y político. Ramón María Narváez y Campos, general del ejército y presidente del Gobierno de España en siete ejecutivos distintos, es una de las figuras centrales del siglo XIX y el principal artífice político de la Década Moderada (1844-1854), un periodo de estabilidad sólo aparente en el que él fue el principal dirigente del país, ocupara o no la presidencia.
Juventud constitucionalista. Hijo de una familia noble de Loja, Narváez comienza su vida militar muy joven, con tan sólo 15 años, cuando ingresa en el Regimiento de Guardias de Valonas. En estos años de juventud el general lojeño profesa fuertes convicciones constitucionales ?que luego se van enturbiando y desviando con el tiempo-, y durante el Trienio Liberal (1820-1823) participa, como integrante del Batallón Sagrado, en la represión del motín absolutista que la Guardia Real protagoniza en Madrid. Un año después se encuentra en Cataluña, donde combate contra el ejército de Los Cien Mil Hijos de San Luis, que pretende restaurar la monarquía absoluta en la persona de Fernando VII. En el transcurso de esta lucha Narváez es apresado y trasladado a un campo de prisioneros del sur de Francia. Allí, en un momento de desesperación, Narváez intenta suicidarse cortándose las venas, hecho que trasluce a las claras el principal rasgo de su carácter: su personalidad convulsa e imprevisible, no carente de cierta tendencia hacia la violencia, la intolerancia y el autoritarismo, que se irá agudizando con los años y que le vale el sobrenombre, bastante acertado, del ?espadón de Loja?, en referencia a su notable eficacia a la hora de sofocar sublevaciones de diversa índole.
Con la muerte de Fernando VII retorna al ejército y su nombre comienza a ser conocido por su valiosa contribución a la causa de Isabel II durante la primera Guerra Carlista. Es destinado al ejército del Norte y su capacidad en combate no es ignorada ni durante la batalla de Mendigorría (julio de 1935), tras la que es ascendido a teniente general, ni en la de Arlabán, que le vale el ascenso a brigadier, ni en el frente de Aragón, en el que sale victorioso de todos los enfrentamientos. Pese a esta buena labor militar, su carácter le lleva a tener una serie de encontronazos con el también veleidoso y personalista jefe del ejército del Norte, Espartero, motivo por el que se aleja sucesivamente de los postulados políticos de los progresistas y se acerca al Partido Moderado. No obstante, en 1837 le es encomendada la misión de reclutar y capitanear el ejército de la ?reserva andaluza?, que tenía como objetivo la pacificación de La Mancha mediante la aniquilación de la guerrilla carlista de Palillos.
La Década Moderada. Un año después obtiene el grado de general y es elegido diputado en las Cortes, aunque poco después se ve obligado a exiliarse a Francia al ser acusado de promover en Sevilla, junto a Fernández de Córdova, una sublevación que pretendía derrocar a Espartero. Parece que las acusaciones estaban fundadas, porque en París se dedica a la organización de la Orden Militar Española, asociación militar desde la que continúa urdiendo sendas conspiraciones contra el ejecutivo progresista de Espartero. Por fin consigue su objetivo en julio de 1843, cuando la sublevación que lidera consigue derrocar al jefe de Estado gracias a la victoria que las tropas sublevadas infringen a las gubernamentales en Torrejón de Ardoz (Madrid). Narváez es ascendido a teniente general, es nombrado capitán general de Castilla la Nueva y se le otorga el título de duque de Valencia. Convertido en el máximo dirigente del Partido Moderado, tras un periodo con González Bravo como presidente del Gobierno, en mayo de 1844 alcanza la presidencia, un cargo que ocupa hasta en siete ocasiones. Se inaugura, de esta forma, la Década Moderada, un periodo que mirado de forma superficial puede aparentar cierta estabilidad, pero que estuvo marcado por numerosas y frecuentes crisis ministeriales, producidas no tanto por la débil oposición del Partido Demócrata, sino por las rivalidades y defecciones dentro del seno del Partido Moderado y por las numerosas intrigas palaciegas que afectan a la buena marcha del Gobierno.
La principal labor de Narváez en el gobierno es la reforma de la constitución progresista de 1837, que será sustituida por la de 1845, en la que se omite la soberanía nacional y se sustituye por la soberanía compartida, un principio más acorde con los presupuestos del moderantismo. De igual forma, la constitución de 1845, promovida por Narváez, reforma la Ley Electoral "que restringe aún más el sufragio-, limita la libertad de imprenta a la 'sujeción a las leyes' y se suspenden de forma temporal la venta de los bienes eclesiales".
En febrero de 1846, debido a las desavenencias en su propio partido a causa de cuál era el mejor candidato para contraer matrimonio con Isabel II, Narváez deja la presidencia del Gobierno para retornar un mes después. Este episodio ejemplifica con claridad las continuas crisis ministeriales que provocan que, hasta junio de 1854, hubiese 12 gobiernos diferentes, algunos por espacio de unas horas, sin que esto fuese en detrimento del poder casi indiscutible que Narváez disfrutaba dentro de las filas de su partido. Pese a estas dificultades, Narváez neutraliza los movimientos revolucionarios de 1848, promulga un nuevo Código Penal y pone las bases para la firma de un nuevo Concordato con la Santa Sede.
Pasado el Bienio Progresista, en 1856 Narváez vuelve al Gobierno por un año, repitiendo el cargo en 1864 y 1866. Durante estos tres breves mandatos Narváez protagoniza una política cada vez más conservadora, que contrasta con las propuestas aperturistas de la Unión Liberal de O´Donnell, velando por que no triunfara ningún intento revolucionario y promoviendo el abandono español de los territorios de la República Dominicana. Muere el 23 de abril de 1868, cuando todavía era presidente del Gobierno. Su muerte fractura el Partido Moderado y deja el camino abierto para que triunfe la revolución demócrata y progresista que, cinco meses después, pone fin al reinado de Isabel II. En su lecho de muerte protagoniza una anécdota que ilustra de forma significativa la naturaleza del personaje. Conminándole el sacerdote encargado de suministrarle los santos óleos a que perdonara a sus enemigos, Ramón María Narváez respondió: "No tengo. Los he fusilado a todos". [ Pablo Santiago Chiquero ].
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