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EMIGRACIóN ANDALUZA

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La emigración es uno de los fenómenos contemporáneos que de manera más radical ha definido y conformado la realidad andaluza en la segunda mitad del siglo XX. Aunque la mayor parte de los emigrantes tiene como punto de destino otros lugares del Estado español, y particularmente Cataluña * , no se debe desdeñar el número de andaluces que emprende la emigración exterior, fundamentalmente a lo largo de la década de los sesenta del siglo XX. En estos tres decenios emigran a Europa casi 370.000 andaluces, estableciéndose una diferencia en cuanto a los puntos de destino según las décadas. Así, en los sesenta más de la mitad se dirige a Alemania; en los años setenta, cuando la política migratoria de Alemania se endurece, limitando el número y restringiendo el tipo de permisos, el destino principal fue Suiza, que concentraba aproximadamente la mitad de las llegadas, durante los años ochenta, la emigración se limita casi exclusivamente a Suiza y a Francia.

Según el Instituto Español de Estadística, que resalta la carencia de datos fiables, había, a mediados de los ochenta, 407.000 andaluces en el extranjero. Esto suponía más del 27% de los españoles emigrados al extranjero, lo que es bien significativo si tenemos en cuenta que entonces los andaluces constituyen el 17% de la población española. Sin embargo, y pese a que las migraciones que tienen lugar bajo el modelo fordista se caracterizan por su regularización, no debe desdeñarse el número de inmigrantes "sin papeles", aunque también es cierto que muchos de ellos pudieron acceder a la regularización más rápidamente y en mejores condiciones que las actuales. Por otra parte, debemos destacar la discordancia de las cifras entre las distintas fuentes estadísticas y trabajos consultados.

En los últimos años, la cifra de retorno supera a la de salida. Por otra parte, estos nuevos emigrantes responden a un perfil laboral y social bien distinto al que conformaba el grueso de la emigración andaluza tanto interior como exterior. Estos datos nos indican de manera inequívoca que la emigración andaluza como proceso específico y diferenciado ha terminado. Sin embargo, permanecen tanto en el interior como en el exterior de Andalucía las consecuencias de este proceso: demográficas, económicas, culturales y políticas. Pese a la dificultad de dar un número exacto de los emigrantes que permanecen en el extranjero, calculamos que son unos 200.000, distribuidos de la siguiente forma: 88.000 en Francia, 35.000 en Alemania, 18.000 en Suiza, 13.000 en el Reino Unido, 9.000 en Holanda, 6.000 en Bélgica y el resto en diversos países europeos.

Causas de la emigración. Detrás del éxodo masivo que entre 1956 y 1973 supone la salida de aproximadamente dos millones de andaluces, se encuentran las transformaciones que ha sufrido la economía andaluza desde los años sesenta hasta la actualidad. Como señala Manuel Delgado Cabeza
(Dependencia y marginación de la economía andaluza , 1981), a comienzos de los años sesenta, Andalucía estuvo sujeta a un importante cambio de orientación económica, fruto de la política desarrollista seguida por el Estado. Si hasta ese momento había actuado como suministradora de materia prima y financiadora del desarrollo industrial de otras zonas del Estado, a partir de estos años comienza a recibir inyecciones de capital tendentes a desarrollar en su interior un mercado de consumidores, a recibir las industrias más contaminantes y peligrosas y a tecnificar su agricultura.

Este "proceso de modernización" supone, en cuanto que conlleva la mecanización de los trabajos agrícolas que eran la fuente principal de empleo en el medio rural andaluz, el paro estructural de una gran cantidad de jornaleros que no tienen oportunidad de encontrar trabajo en Andalucía. Además, la mecanización supone el abaratamiento de los costes de producción, permitiendo la salida al mercado de productos más baratos ante los cuales no pueden competir los que se producen en la pequeña propiedad, provocando la crisis de las pequeñas explotaciones. En esta coyuntura, la emigración, potenciada por el propio Estado español, se convierte en la alternativa más viable para los jornaleros "sobrantes" y los campesinos arruinados. En los sesenta y hasta mediados de los setenta, los andaluces se integran, tanto en el interior como en el exterior, en lo que se denominado el mercado de trabajo secundario. Esta emigración, aunque supuso la despoblación de las zonas más marginales de Andalucía, particularmente de las zonas motañosas, no tuvo grandes repercusiones en la demografía de las zonas llanas. Sin embargo, si que contribuyó, al menos de manera tan eficaz como la represión, a evitar las tensiones sociales que hubieran producido tales transformaciones. Por otra parte, los depósitos bancarios de los inmigrantes, decisivos para el equilibrio de la balanza de pagos del Estado español, se destinaron principalmente al desarrollo de las regiones y países más industrializados (Cataluña, País Vasco, Madrid) contribuyendo a la reproducción del subdesarrollo andaluz.

La emigración andaluza es, pues, una emigración fundamentalmente económica. Así, la mayoría centró su interés en el trabajo duro y el ahorro extremo, destinado a la compra de una vivienda en su lugar de origen. Ello determinó un estilo de vida frugal, rozando la subsistencia. El objetivo prioritario, aparte de la vivienda, era volver con un capital que les permitiese garantizar la estabilidad familiar, a ser posible estableciéndose de forma autónoma mediante la inversión en un negocio propio. De esta manera, la integración apenas se contempla como una posibilidad: el lugar de destino es el que ofrece las condiciones para un trabajo negado en su lugar de origen, y no el de un nuevo proyecto de vida. Pero para poder aceptar estas durísimas condiciones de existencia minimizando los costes psicológicos, las redes étnicas adquieren una importancia central: compuestas por familiares y paisanos en primer lugar, se extiende a los que comparten las mismas señas de identidad, entre las que destaca el idioma como elemento central de intercomunicación.

El retorno.  Aunque el retorno a las localidades de origen empieza a producirse en fechas tan tempranas como 1965, el punto álgido del mismo tiene lugar en el quinquenio de 1975 a 1979, coincidiendo con la crisis económica de 1973 que determinó el cierre de las fronteras y el declive del modelo migratorio fordista. En los motivos para la vuelta encontramos una importante diferencia entre los que emigraron solos y los que lo hicieron con la familia. En el primer caso, la causa principal aducida es el deseo de volver a estar con los seres queridos, aunque hay que señalar que a veces la adaptación a la vida familiar fue un proceso lleno de desajustes entre unos hombres acostumbrados a vivir solos y unas mujeres que habían asumido su papel de cabeza de familia. Hemos de tener en cuenta que la segregación de géneros en los espacios públicos, muy presente en el medio rural andaluz, queda subrayada con la vuelta del esposo, resultando para las mujeres la vuelta a una situación de dependencia y minorización de la que se habían librado al hacerse cargo de las funciones tradicionalmente reservadas para el varón.

Por otra parte, también hay un retorno significativo de mujeres que vuelven con sus hijos, dejando al marido en el lugar de destino. En este caso, la causa es el deseo de que sus hijos crezcan en el lugar de origen, por el temor de que una enculturación en las sociedades de destino acabe convirtiendo la vuelta en una situación conflictiva entre la primera y la segunda generación. Muy pocos aducen que el retorno tenga relación con la crisis económica, aunque pensamos que el hecho de que las desventajas de permanecer en el lugar de destino se hagan ahora tan presentes está en directa relación con un endurecimiento de las políticas migratorias de los estados receptores. Sin embargo, no es desdeñable el número de personas que retorna porque declara cumplidos sus objetivos iniciales de disponer de unos ahorros que les permitan llevar una vida digna en sus localidades de origen, ni el de los que retornan para gozar de las prestaciones sociales fruto de su esfuerzo en los lugares de destino.

Para muchos de los que regresaron en edad activa, el retorno al trabajo supuso su inserción en las redes asistenciales presentes en el medio rural andaluz para paliar el desempleo existente en el mismo. El paso de una actividad laboral industrial al desempeño de tareas puntuales, agrícolas o de construcción, que posibilitan el acceso al subsidio de desempleo, no fue fácil para muchos hombres que estaban acostumbrados tanto al trabajo duro como a la percepción de salarios dignos por los mismos. Por otra parte, ninguno de ellos sintió como una carga la reinserción al medio cultural y social de origen, entre otros factores, por la inexistencia de una integración real en el medio social y cultural de las sociedades de destino.

La inserción en otras sociedades.  Los mecanismos utilizados para la emigración pueden clasificarse en cinco tipos:

"A través del Instituto Español de Emigración, organismo del Estado encargado de canalizar y regularizar los flujos migratorios hacia los países europeos que demandaban una mano de obra barata y sin cualificar.

"A través de técnicos extranjeros personados directamente en las localidades con la función de reclutar a la mano de obra que precisaban las empresas. Este mecanismo era el más frecuente en el caso de las empresas agrícolas francesas.

"Mediante el reclutamiento basado en el conocimiento personal que realizaba un emigrante de la localidad, y que regresaba con la misión de las empresas de volver con mano de obra. Este era el mecanismo usado mayoritariamente por las empresas alemanas de la construcción, y se centraba en contratos temporales.

"A través de las redes de familiares y paisanos establecidos previamente en los lugares de destino, "emigración de arrastre" que supuso la construcción de cadenas migratorias basadas en estas redes que proporcionaban cobijo y apoyo a los recién llegados, hasta que podían encontrar un trabajo. Este modelo, mayoritario en la emigración interior, se encuentra también presente en la emigración exterior a medida que se van afianzando las redes étnicas de los emigrantes andaluces en los lugares de destino.

"Accediendo clandestinamente por sus propios medios a los lugares de destino. Al contrario de lo que sucede en la actualidad, este método era poco frecuente en los procesos migratorios que tienen lugar en el modelo fordista.

Atendiendo al tipo de emigración, podemos establecer tres modelos diferentes:

"Emigración temporal. Sería la de aquellos que, residiendo en el pueblo, permanecían durante un periodo que solía oscilar entre los seis y los nueve meses realizando trabajos de temporada en otros países: trabajos agrícolas en Francia, construcción en Alemania y hostelería en Suiza e Inglaterra. Los protagonistas de este modelo consideran su lugar de origen como su lugar de vida, y su lugar de destino como su lugar de trabajo, produciéndose una disociación entre los diferentes ámbitos de la vida social que imposibilita la plena integración en ambos lugares.

"Emigración de retorno, definitivo o periódico. Sería el modelo de aquellos que, aún residiendo con carácter estable en los lugares de destino, no pierden el contacto con el lugar de origen, retornando durante las vacaciones y manteniendo en muchas ocasiones a la familia en la localidad. Como señala Angels Pascuals ( El retorno de los emigrantes: ¿conflicto o integración? ,1969), algunos retornan de manera definitiva al cabo de unos años e intentan rehacer sus vidas en la localidad, aunque a partir de mediados de los setenta abunda el número de los que se establecen en las zonas industrializadas, ante la imposibilidad de encontrar en sus pueblos y ciudades un puesto de trabajo, e intentando rentabilizar la experiencia profesional adquirida durante la emigración exterior, produciéndose un cambio del modelo migratorio: de la emigración exterior a la interior.

Otros, sin embargo, aguantan en los lugares de destino esperando la jubilación. Su localidad se convierte, así, del lugar donde luchar por sus vidas al lugar en el que disfrutar los últimos años de su existencia.

"Emigración definitiva. Es la de los que abandonan definitivamente su lugar de origen, aunque puedan retornar esporádicamente. Este modelo es mucho más frecuente en la emigración interior que en la exterior, aunque, como hemos visto, no es desdeñable el número de andaluces que han convertido sus lugares de destino en la plaza permanente en la que desarrollar sus proyectos de vida.

En lo referente a la inserción laboral, la industria es el sector económico de inserción predominante, seguido de cerca por la construcción. Los trabajos agrícolas y la hostelería ocupan un segundo lugar, siguiéndole el comercio y el servicio doméstico. Conforme los años de estancia van pasando, disminuye la inestabilidad laboral y el número de mujeres que se dedican al servicio doméstico y se incrementa los que trabajan en el comercio, lo que puede indicar una cierta promoción. De todas formas, los emigrantes andaluces suelen ocupar las últimas posiciones en las actividades laborales desempeñadas, particularmente en los primeros años de estancia. Esta situación es consecuencia de la demanda de una mano de obra sumisa y flexible que se adecuase de la manera más funcional posible a las urgentes necesidades económicas de la reconstrucción europea y que fuese prescindible. Segun señala José Cazorla "junto a otros autores" ( España, de la emigración a la inmigración , 1990), una vez conseguido un alto grado de bienestar, y justo cuando muchos inmigrantes empiezan a necesitar de ese "Estado del bienestar" a cuya construcción habían contribuido, esto es, cuando baja su rentabilidad, y justo también cuando empiezan a desarrollar una clara conciencia política y de clase, esta inmigración es frenada y repelida. [ Emma Martín Díaz ].

 

 
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