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Con los términos "casa de vecinos", "corral de vecinos", "casa partida", "patios de vecinos", "brasiles", se conoce en Andalucía a un conjunto de viviendas colectivas, de muy diferentes estructuras arquitectónicas pero que en todos los casos se han caracterizado por la centralidad (espacial, funcional y simbólica) de los patios que vertebran la vivienda y la vida social de sus habitantes; así como por las reducidas dimensiones de los habitáculos destinados a las familias y el uso común de diferentes servicios: pozos, lavaderos, retretes y cocinas, aunque estas últimas también es frecuente que se ubiquen en pequeños nichos o alacenas individuales abiertas a las galerías.

La importancia de estas viviendas transciende su valor arquitectónico para entrar de lleno en el imaginario colectivo por su aportación a la cultura popular andaluza; en muchas ocasiones con la exaltación excesiva de una imagen romántica del pasado y de sus duras condiciones de vida. Condiciones y modos de vida que, con todas sus contradicciones, quedan reflejadas en la obra de Luís Montoto Los corrales de vecinos , escrita en 1882.

Su existencia, las relaciones sociales y la sociabilidad que se genera en ellas se ha relacionado estrechamente con rasgos culturales tan andaluces como las sevillanas (destacando las sevillanas "corraleras", propio de Lebrija, como ejemplo paradigmático) y las cruces y fiestas de mayo; habiendo aportado al léxico andaluz un considerable número de palabras y dichos. De hecho, su abundancia y presencia ha llegado a caracterizar a numerosos barrios históricos de diferentes ciudades: San Basilio y Judería cordobeses, San Gil, Triana o San Bernardo en Sevilla, la Viña en Cádiz o El Perchel en Málaga. Baste recordar que en Sevilla llega a haber en el siglo XIX más de 200 patios de vecinos, según la Guía de Sevilla  de Gómez Zarzuela (1862).

El origen de estas viviendas colectivas se ha querido ver en el cierre progresivo de los adarves o callejones musulmanes, convirtiendo las calles-plazuelas originales en patios interiores. Su existencia está ya documentada en el siglo XIV, aunque, al menos en el caso sevillano, aumentan en número a partir del siglo XVI y se generaliza su construcción en el siglo XIX, frecuentemente como infraviviendas, a medida que crecía el proletariado urbano, para las familias de los sectores más humildes: jornaleros, pescadores del río, pequeños artesanos y obreros.

En ellas podríamos distinguir, al menos, tres tipos en razón de su origen. El primero, el de las casas partidas, posiblemente el modelo más común en las agrociudades andaluzas (Écija, Carmona, Arcos de la Frontera, Lebrija, Palma del Río, etc.) y en las capitales de provincia. Son el resultado de la compartimentación de edificios preexistentes, con frecuencia grandes casas solariegas pero también viviendas de menor entidad arquitectónica de otros sectores sociales, e incluso conventos y posadas. En algunos casos, ni siquiera su estructura se adecua a los modelos de patio central, como ocurre en las poblaciones cordobesas de Hornachuelos y Almodóvar del Río, donde se utilizaron las viviendas de medianos y grandes propietarios agrícolas con una compartimentación extrema de sus espacios interiores (habitaciones, cámaras), quedando como testimonio las armaduras de algunas cámaras pintadas de diferentes colores. Otro caso igualmente excepcional es la población de Vejer de la Frontera (Cádiz), tanto por el número considerable de casas de vecinos aún existentes como por la diversidad de tipologías: desde el modelo arquetipo de casas de vecindad adaptadas al trazado regular de grandes casonas, a pequeñas casas de vecinos creadas en torno a hermosos patios de estructura más irregular como consecuencia de las propias limitaciones impuestas por la orografía de esta población.

El segundo tipo corresponde a los corrales de vecinos (término usado preferentemente en Sevilla), una denominación que significativamente rechazan quienes habitaban estas casas por la analogía que se establece con los corrales de las viviendas tradicionales destinados a los animales y funciones de servicio. Es muy posible que, al menos en su origen, surgieran de la colmatación no planificada de antiguos corrales o grandes espacios urbanos vacíos, originando viviendas de diferentes tamaños y diseños planimétricos, tal como aún es posible ver en una de las casas de vecinos que queda en la sevillana calle Castilla.

Por último, un tercer modelo correspondería a las casas o patios de vecinos, si bien (al menos en Sevilla), los términos corral y patio son intercambiables, y el de casa de vecinos puede emplearse como genérico. Fueron viviendas colectivas diseñadas expresamente para albergar a la población obrera de las grandes ciudades; aunque también en este caso se establece un cierto gradiente, construyéndose algunas casas de vecinos con viviendas relativamente más amplias y diseños arquitectónicos más cuidados destinados a sectores sociales menos desfavorecidos. Lo que explica el esmero puesto en estos casos en las fachadas, con la apariencia de cuidadas viviendas burguesas que encubren la realidad interior.

Al contrario que las casas partidas, este tipo se concentra en las grandes ciudades, siendo el característico del siglo XIX y comienzos del siglo XX, aunque también se encuentra en otros lugares, como Ayamonte (Huelva), donde se construyen coincidiendo con el auge de sus fábricas de salazones para los obreros de las mismas. En este caso conocidas como "brasiles", tienen la apariencia externa de grandes viviendas burguesas de doble planta aunque en su interior, en torno a patios cuadrangulares, se reproducen todas las características que definen a estas viviendas colectivas.

Actualmente, estas casas tienen un futuro incierto, en parte por las propias limitaciones de espacio y condiciones de las viviendas como, sobre todo, por la creciente presión especulativa sobre el suelo; a lo que hay que unir que siguen siendo viviendas en alquiler, con residentes que ni pueden ni se les deja hacer frente al creciente deterioro de los edificios. Sin embargo, también se están dando significativos procesos de rehabilitación y readaptación que demuestran su capacidad de seguir siendo viviendas y espacios de sociabilidad que entroncan, sustancialmente mejoradas las condiciones de vida de sus vecinos, el pasado con el presente, aunque, en la mayoría de los casos, quienes los habitan ya pertenecen a otros estratos sociales. [ Juan Agudo Torrico ].

 

 
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