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PEREZA

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f. (Del lat. pigritia ). Negligencia, tedio o descuido en las cosas a que estamos obligados. Uno de los tópicos más repetidos y crueles que tiene que soportar el andaluz es que lo motejen de perezoso. La opinión más generalizada es que dicho estereotipo procede del siglo XIX, de cuando los viajeros extranjeros "principalmente ingleses, franceses e italianos" recorren Andalucía y la describen en sus libros resaltando sus costumbres más exóticas y pintorescas. El tópico del andaluz perezoso viene así a añadirse, a partir del Romanticismo, a otros estereotipos más antiguos y bien documentados, negativos como los de malos habladores del castellano y fanfarrones, y positivos como los de galantes e ingeniosos. En 1485, Nicolás de Popielo, por ejemplo, un noble instalado en Castilla, dice de los andaluces que "no he visto ni encontrado nunca en ninguna parte gente tan necia e impertinente como aquí. Si alguno de ellos estuvo una sola vez en Roma, se figura que posee la sabiduría del mundo, o que lo ha visto entero". Popielo describe el prototipo de andaluz fanfarrón y fatuo. Pocos años después, en 1492, el autor de la primera gramática de la lengua castellana, Antonio de Nebrija * , padece también las críticas de un contemporáneo suyo, Juan de Valdés, por su habla andaluza: "ya tornaréis a vuestro Librixa, ¿no os tengo dicho que, como aquel hombre no era castellano, sino andaluz, hablava y escrivía como en el Andaluzía y no como en Castilla?" El habla andaluza aparece ya, por tanto, a finales del siglo XV e inicios de la modernidad, como un vicio asociado a la poca formación. Entre los estereotipos positivos, el poeta Góngora * , por su parte, celebra y divulga en uno de sus sonetos la imagen del andaluz jacarandoso y audaz: "¿Quién en la plaza los bohordos tira, / mata los toros, y las cañas juega? / En los saraos, ¿quién lleva las más veces / los dulcísimos ojos de la sala, / sino galanes del Andalucía?" Góngora pasa por alto las diferencias comarcales que subsisten "hoy y en su siglo" de lo que fueron en el pasado cuatro reinos medievales (Córdoba, Sevilla, Jaén y Granada), no las toma en cuenta porque para él todos los andaluces comparten una identidad común que consiste en una inclinación natural al galanteo y a seducir con las armas del ingenio y la gracia.

Hasta el siglo XIX, pues, los testimonios sobre la imagen de Andalucía no dicen nada especial ni particular sobre la pereza, tedio o indolencia de sus moradores. Sí hay, en cambio, y desde las remotas épocas romana y musulmana, muchas referencias a la benignidad del clima, a la riqueza argentífera de sus minas y a la exuberancia de sus campos (Estrabón, Posidonio, Ibn Jaldún * , Averroes * , etc.). Existe una continuidad histórica en el elogio del marco geográfico y natural de Andalucía, excepcional, variado y codiciable. Esta prodigalidad es, precisamente, la que da pie a los viajeros románticos para forjar el mito del paraíso andaluz.

Una vez que Andalucía se mitifica y se la homenajea hasta convertirla en un raro Paraíso, el paso siguiente "para abundar en el carácter excepcional de la tierra" es referirse a sus habitantes como felices haraganes a los que la fertilidad del suelo les exime del trabajo. "El exotismo romántico "asegura el profesor Enrique Baltanás * ­" descubre Andalucía como una reencarnación del paraíso, como una Arcadia feliz, como el resto de una civilización anterior a la industrialización. Andalucía se convierte en el territorio de la pasión, de la felicidad, de la vida libre sin ataduras sociales. También aparece como el país de la espontaneidad y de la gracia". Esta visión, sembrada de mitos y fábulas, es la que generalizan autores extranjeros como Chateaubriand, Gautier * , Andersen * , Washington Irving * y Edmundo de Amicis * , entre otros muchos. Para todos ellos, la indolencia andaluza hinca sus raíces en una tradición oriental aún activa en el extremo sur de Europa.

El caso de George Borrow * , el inglés que le vendía biblias a los gitanos, pertenece sin embargo a otro tipo de viajeros para los que la pereza de los andaluces es consecuencia de sus ancestros moriscos, pero también de su ortodoxo catolicismo, entendiendo éste como una mezcla de fe religiosa y orgullo nobiliar.

Toda esta corriente mitificadora de la pereza andaluza tiene estación de parada en Mariano José de Larra y culmina en la teoría que Ortega y Gasset *  esboza sobre esta región bien entrado ya el siglo XX. Mientras para "El pobrecito hablador", el andaluz siempre "goza de su embriagadora pereza, se encierra en sí mismo, tiene conciencia de que vive, y eso le basta", en opinión del filósofo madrileño, el andaluz limita al mínimo su acción sobre el entorno, sin ambiciones "vive sumergido en la atmósfera deliciosa como un vegetal".

La admirable penetración filosófica de Ortega tiene un doloroso desfallecimiento en su ensayo Teoría de Andalucía porque se pliega al tópico. De creer a Ortega, la holgazanería del andaluz no sería más que la defensa que éste le planta a una tierra y a un clima ubérrimos y generosos hasta la extenuación. La pereza andaluza no es sino "un freno instintivo que el andaluz le pone a aquella Naturaleza demasiado tentadora y exuberante". El "ideal vegetativo" orteguiano, la vita minima que atribuye a los andaluces ­"al margen del daño que ha hecho" no responde a malicia o animadversión del filósofo por Andalucía, sino que es un ejemplo de mala fortuna: Ortega quiere elogiar la condición nada utilitarista del andaluz en contraste con el laborioso y triste afán de los pueblos del Norte, y acaba idealizando la pereza, dándole de rebote, asimismo, coartada filosófica a la miseria y al subdesarrollo del pueblo andaluz. Por suerte, un discípulo de Ortega como Julián Marías * , escribe varios años después de la Teoría de Andalucía , también desde supuestos raciovitalistas, el ensayo Nuestra Andalucía , donde deja a un lado la visión mítica de las cosas y se centra en el análisis de las dramáticas circunstancias históricas de la tierra y sus habitantes a la altura de 1966.

Una cosa es la mitificación literaria que los viajeros románticos hacen de una tierra que visitan con ojos hambrientos de escenarios pintorescos, y otra distinta es el uso que de dicha imagen legendaria hacen políticos y empresarios para sentar las bases del subdesarrollo andaluz a mediados del siglo XIX cuando irrumpe el modelo capitalista. Es entonces cuando la pereza no se pinta ya con los colores amables de la literatura folclórica ni se la presenta como una forma inteligente de hedonismo, sino como una lacra deplorable que explica la miseria (ahora culpable) del andaluz.

Una caterva de sainetistas forasteros y naturales, poetas y humoristas chirles, siembran desde principios del siglo XX las letras y la escena de tipos andaluces graciosos, caracterizados por un hablar exagerado y una perenne haraganería. Primero el teatro, y posteriormente el cine y la televisión cultivan durante décadas un realismo vulgar (no popular) en que la caricaturizada imagen del andaluz termina justificando la opinión de que el progreso de Andalucía depende "igual que si de un protectorado o una colonia se tratara" de inversores y rectores venidos de fuera.

Para explicar el origen de esta vulgarizada imagen de una Andalucía rica, aunque poblada de andaluces festivos y gandules, invocar a Richard Ford y la influencia extranjera no sirve. "La Andalucía de pandereta, en su mayor parte, es producto nacional ­"escribe Julio Caro Baroja". Son poetas españoles, pintores españoles, arquitectos españoles y turistas españoles los que crearon esa imagen empalagosa y banal que hoy nos molesta, y a los españoles les toca borrarla para siempre". [ Alberto Guallart ].

 

 
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