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ÉCIJA

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(SE). Extenso municipio (974.6 km2) de 38.083 h. (2003), cabecera comarcal, a 110 m. de altitud y 93 km. de Sevilla

Situación y emplazamiento. Écija se sitúa en plena campiña, justamente en un vado natural a orillas del Genil, originado en las cumbres de Sierra Nevada, aprovisionador de agua, propiciador de regadíos y de antiguas navegaciones. Pero también su emplazamiento en una terraza fluvial (entre la alturas de San Cristóbal y la Serrezuela)  origina frecuentes inundaciones en otros tiempos, a la vez que repercute en las altas temperaturas estivales y esconde la ciudad y sus numerosas torres, pero en una posición poco defensiva. Se sitúa a orillas de una vieja calzada, hoy autovía Córdoba-Sevilla y a mitad de camino entre ambas. Si se delimita un espacio entre el Guadalquivir, las estribaciones del Subbético y los ríos Guadajoz y Corbones (esto es, una parte importante de campiña), aparece Écija en el centro de una serie de vías hacia Osuna, Puente Genil, Montilla,  Palma del Río, Carmona y Marchena.

Se trata, pues, de una situación de encrucijada,  con núcleos alejados (La Carlota y La Luisiana son del XVIII) en un fértil espacio de terrazas, lomas y glacis del Valle del Guadalquivir, de buenos suelos y clima mediterráneo con amplio término cultivado y agua para regadíos.

Écija en la Bética y al-Ándalus.  Así no puede extrañar un temprano poblamiento, que suele retrotraerse bastante, sobre todo en las historias locales. Sería un antiguo núcleo indígena, tartessio o turdetano, refundado o con influencia griega posterior (Astigi suele traducirse por tierra de ciudadanos), en una elevación de 16 metros sobre el río, o cerro del Alcázar. Adquiere importancia en época  romana como Colonia Augusta Firma (14 a C.) y es capital de un convento jurídico o división administrativa de la Bética. Entonces podía navegarse por el Genil desde Astigi al Guadalquivir y desde éste hacia Córdoba, capital del país, o Sevilla. Tal circunscripción incluía parte del Subbético, la Depresión Intrabética y el norte de la Penibética, llegando hasta Almería y comprendiendo importantes núcleos como Elvira (Granada) o Antequera. La ciudad de Málaga, tambien integrada por algunos en el convento astigitano, era, en cambio, del convento gaditano, que ocupaba el litoral.

La historia de Écija cuenta con bastantes estudios, algunos recogidos en Actas de Congresos, que, patrocinados por el Ayuntamiento, vienen realizándose desde 1988, con la importante participación del astigitano y catedrático de Historia Antigua de la Universidad de Sevilla, profesor Chic. Él mismo investiga, por ejemplo, la importancia del comercio del aceite de Astigi a través de las ánforas. También se descubre mucho de la urbe romana (Rodríguez Temiño), cuya muralla tendría una parte coincidente con la posterior almohade del siglo XII (calles Merino y Calzada), y se ampliaría al oeste y quizás también por el sur (de Cava-Merced a Avenida Andalucía) y el este (de San Marcos a calle Puente). Los ejes principales aún se notan en el plano, yendo el de norte-sur por Mayor, Candela, Castillo, constituyendo el camino hacia Osuna (precisamente por la Puerta así llamada) y el de este-oeste por Conde, Platería, Giles y Rubio hasta el puente hacia Córdoba. Ambos se cruzan prácticamente en el actual Salón, plaza principal y Mayor a lo largo de la historia (si bien el Foro romano estaría algo desplazado al sur) y comprendía edificios civiles y religiosos (Marte era uno de los dioses preferidos en la zona). En el siglo III llega a ser sede episcopal con San Crispín, y en el VII es obispo San Fulgencio, cuya hermana, Santa Florentina, funda el convento del Valle, primera comunidad femenina de Andalucía. Algo después San Hermenegildo se refugia aquí, perseguido por su padre.

A partir del 711 la mayoría de la población bética se islamiza, pero algunos continúan siendo cristianos (mozárabes), en convivencia con judíos y musulmanes. Como en toda Andalucía, la población ecijana era una mezcla de etnias y religiones bajo el denominador común de la lengua y cultura árabe, pero con tolerancia durante mucho tiempo, de manera que la minoría cristiana tiene su templo y hay obispos ecijanos asistentes a  concilios:  Leovigildo, (839), Beato (Concilio de la Bética, 862), Martín, Servando  (931).

Estija (ciudad rica) o Medina Alcotón (ciudad del algodón) es capital de una cora o provincia del Califato de Córdoba, con eje en el Genil y próspera agricultura, incluyendo Osuna y Estepa. Rafael Valencia ha estudiado esta época y resalta la situación de Écija  y su importancia geoestratégica en la vía Sevilla-Córdoba. Tiene una doble  muralla, la exterior de gran resistencia, con cuatro puertas, según al-Himyari. La oriental, de Alcántara, llamada luego del Río, que daba al puente sobre el Genil; la de Osuna, que mantiene su nombre; la de Rizq, que coincide con la Puerta Cerrada y la del norte (al-Suwayca, mercadillo), después de la Palma.

Se cita bastante el puente, la mezquita aljama o mayor (de cinco naves, probablemente en el lugar de la iglesia de Santa Cruz), y la existencia de baños, mercado y  posadas, y se sabe que Abderramán manda construir en el 949 una gran acequia para riego. Después pertenece en el XI a la taifa de Carmona  y al extenso reino sevillano, siendo descrita en el XII por el geógrafo El Edrisí: "Es una villa construida en las orillas del río de Granada que se llama Genil. Esta villa es bonita; posee un puente muy notable, construido con piedras sillares; bazares muy frecuentados, donde se comercia mucho; jardines y huertos donde la vegetación es muy vigorosa y cercados de bella verdura". En el siglo XIII pertenece al reino almohade de Córdoba. Cita Valencia la existencia documentada de hasta 200 personajes famosos, de entre los que destacan los historiadores Said  al Fayad e Ismael Ben Tahhan (autor del Libro acerca de la gente de Écija ), el poeta Ibrahín Attar y el jurídico y exegeta coránico Abderramán Ben Musa.

De la Baja Edad Media al XVIII.  En 1240 las tropas castellanas (ayudadas  por las "argucias" de Lorenzo Suárez de Figueroa, que vive en la corte del rey musulmán) ocupan Écija, "mediante una ventajosa capitulación o pleitesía que garantiza a sus habitantes musulmanes salvar no sólo sus vidas y propiedades, sino conservar su propio estatuto jurídico, su religión, sus sistema fiscal y las autoridades tradicionales" (González Jiménez, 1988), quedando en la ciudad sólo una guarnición castellana. Así goza de cierta autonomía y hay figuras importantes como Abén Porcoz y su hijo Aboambre, alcaydes de la urbe o de la Aljama y reconocidos en toda la Campiña.

En 1255 tiene lugar el enfrentamiento entre Alfonso X  y su hermano don Enrique, en 1266 se le concede el Fuero de Córdoba y, en 1402, el título de ciudad, al que después se suman (como en tantos otros sitios) el de Constante, Leal, Fidelísima, Muy Noble, etc., lo que a veces esconde una decadencia respecto a épocas pasadas. Antes hay una "política de violación sutil de los pactos, tendente a acentuar por diversos caminos la presencia castellana en zonas de predominio mudéjar" (González, 1988) y se produce una expulsión parcial y un reparto de tierras desde 1264 entre 200 beneficiados (servidores reales, nobles e hidalgos, sobre todo al grupo de Rodríguez Tenorio, funcionarios y eclesiásticos; base del latifundio), de los cuales sólo 72 son repobladores, de predominio cordobés. Se trata de una cifra insuficiente para seguir cultivando las tierras y otros trabajos de la ciudad, realizados por parte de la población autóctona.

Ésta, como en toda Andalucía, experimenta un largo proceso de asimilación, conversiones, idas y venidas y aún en 1626, cuando quedaba lejos la última expulsión de 1614, el procurador de Granada, don Francisco Maldonado, se queja en las Cortes del gran número de moros y moras existentes en Andalucía. Concretamente en Écija se sabe que a finales del XV había un importante barrio de moriscos (una de cuyas calles mantiene el nombre de Morería), ensanchado después por el aumento de población en 1498;  y en 1502 "los Reyes Católicos expiden una cédula a instancias del concejo de Écija, por la que los mudéjares convertidos, es decir morisco, puedan gozar de los privilegios y exenciones de los cristianos viejos" (Aranda y Martín, 1993). Y luego de la guerra de las Alpujarras se agrupan  en 1570 una gran cantidad de andalusíes granadinos, que algunos cifran en 7.000 y otros en 3.000, cifra importante para la población de entonces.

Según esos mismos autores, en censos posteriores se ve que casi el 80% de los moriscos ecijanos eran menores de 30 años, había más mujeres que hombres y, como dato curioso (aunque se relaciona con la facilidad de los andalusíes para camuflarse), "las características étnicas responden a un tipo de estatura media o de cuerpo proporcionado, con una tez morena o blanca y de ojos negros o azules". Los mulatos y quebrados (empalidecidos) no llegaban al 6%.

En cuanto a la propiedad, a los primeros repartos se van sumando adquisiciones, cuando no apropiación de tierras comunales. Así, algunos estudios pormenorizados indican el aumento progresivo de los latifundios, como es el caso del Comendador mayor de la Orden de Santiago, Lope Álvarez de Hinestrosa, que entre 1431 y 1435 compra 1.600 ha en el término astigitano (Cabrera, 1993). La ciudad mantiene el callejero andalusí, pero se realiza una transformación en la parte exterior de Puerta Cerrada por el noroeste (calle Carmen) de trazado a cordel y, sobre todo, se implanta un nuevo paisaje con iglesias, conventos y palacios.

Un estudio de Navarro Domínguez (1993) dibuja una ciudad de entre 20 y 30.000 habitantes, según las fuentes, a finales del XVI, desbordando las murallas con los arrabales del Puente y Puerta Osuna. La economía era agraria, de la tríada mediterránea, pero con un notable aumento del olivar a lo largo de esa centuria; menos del vino, y retroceso del "pan terciado" (cereal en rotación de tres hojas). Y una multitud de huertas a orillas del Genil  "que abastecen de toda clase de frutas y hortalizas el mercado local, siendo de extraordinaria calidad las cebollas, los ajos y los higos y que se vendían para llevarlos a Sevilla". Era importante la ganadería, y los artesanos  suponían el 17% de los trabajadores:  textil, cuero, madera y derivados de la agricultura.

A principios del siglo XVII el astigitano Luis Vélez de Guevara escribe en su Diablo Cojuelo : "Esta es Écija, la más fértil población de Andalucía, que tiene aquel sol, por armas, a la entrada de ese hermosos puente, cuyos rasgados ojos lloran al Genil, caudaloso río que tiene su solar en Sierra Nevada". Una descripción casi geográfica, como lo es su localización en la vía Córdoba-Sevilla, ruta de muchos viajeros, que nos dejan noticias de la ciudad.

Así a Francisco Bertaut le llama la atención en 1659 una fiesta de toros, a donde llegan el marqués de Priego y el duque de Osuna con su séquito, que era de rejoneo y luego la mayoría de los toros "eran acabados y perseguidos por gran cantidad de toreadores y de gentes del pueblo". Por lo demás dice que no está muy poblada y que los edificios son malos. Mejor impresión obtiene Jouvin en 1672, que destaca la plaza Mayor con la fuente y las agradables campiñas de los alrededores. Más favorables aún, con una carga poética considerable, son las descripciones de un embajador marroquí en 1690, que, viniendo de Marchena, repara en la gran cantidad de olivos y, ya en la ciudad, "situada a orillas de ese río, con los jardines, los lugares de diversión y las casas puestas en medio de los jardines, se parece a un firmamento rodeado de sus estrella" recordando unos versos de la andaluza Hamdah, la poetisa de Guadix"" Cita también los caballos, cuyos dueños pretenden que sean "de los mejores y veloces del Andalus" y ve a Écija como "una ciudad civilizada, ni pequeña ni grande; es muy limpia y los habitantes están dotados de bondad y de belleza". Esta visión amable de quien se considera cercano responde a la realidad de un siglo XVII, de cierto auge, aunque  la cifra de población que da Candau (1988) para finales de la centuria (22.000), parece un estancamiento de la de un siglo antes.

El siglo XVIII.  Es bastante floreciente, con riqueza y poder de la aristocracia y la Iglesia, con repercusiones en la arquitectura urbana, pero con problemas sociales de una economía agraria, de propiedad concentrada, estamental y en parte absentista, similar a la que se recoge en el Catastro de Ensenada de Carmona u otras agrociudades andaluzas. El estudio de Moreno Mengíbar sobre ese recuento señala un porcentaje de cultivo muy alto (76.7%), resultado de roturaciones anteriores. La mayoría (casi las tres cuartas partes), cereal y el 25% de olivar, quedando sólo 750 ha, de las 70.000 en laboreo, de viñas y huertas. Un tercio de los artesanos (con un producto de renta equivalente al 18 %) se dedican al sector textil, mientras cuero y madera suman el 22 y 15, respectivamente, siendo lo más productivo la alimentación ( % de artesanos y 25% de renta). El comercio y el transporte, derivado de la situación, destacan así mismo, en una típica agrociudad andaluza, con algo más de 30.000 habitantes, distanciada de otras y controladora de un gran espacio, que, a su vez, era detentado por grandes terratenientes, cuya minoría posee tres cuartas partes de las tierras y el 94% de los trabajadores del campo sólo tenían "la fuerza de sus brazos".

Un viajero anónimo de 1700 ve a Écija "pequeña, bastante bonita, donde hay una plaza" con una fuente rodeada de olivos". Y, más tarde, Peyron (1772) destaca la fertilidad del terreno, los buenos pastos y el comercio generado por la cría de corderos. Cinco años después el barón de Bourgoing, incide en el emplazamiento, que la expone a grandes calores  y frecuentes inundaciones, y en la fertilidad de sus campos con olivares, viñedos y pastos. Recoge el Diccionario  de Madoz (1850) un informe de 1773 donde se habla de 1.013 aranzadas de huerta, otras tantas de viñas, 42.210 de olivares, 261 molinos de aceite, 86 lagares y 32 molinos de pan. En 1768 pertenece a su término La Luisiana, recientemente fundada, El Campillo, Cañada Real ("llamada ahora Cañada Rosal") y Fuente Palmera.

Ya casi a finales de la centuria, Townsend (1786) menciona 28.176 h., con una plaza mayor "bellísima" y varias iglesias notables, reparando en la existencia de contrabandistas, que hacía unos días habían echado a los militares de la ciudad. Un año antes, en el Censo de Floridablanca, Écija es cabeza de Partido, con La Campana, Fuentes de Andalucía y (aunque tuviese régimen aparte como nueva población) La Luisiana. Es decir, la comarca de hoy, que es también partido judicial en 1834.

Écija desde mediados del XIX. El Diccionario  de Madoz registra una población de 23.722 h., cifra importante hace siglo y medio, que vive principalmente de la agricultura, cuyo cultivo más cuidado tiene lugar en el ruedo o tierras que rodean a la ciudad. Predomina el trigo (unas 350.000 fanegas) y el aceite (400.000 arrobas), "no siendo tan abundante el vino como en otras épocas; porque en estos últimos años se han sustituido a muchos plantíos de viñas, otros de olivares". "No en vano es considerada esta ciudad como la más rica e importante de la provincia después de la capital" Los ricos pastos de sus grandes dehesas  crían numerosos rebaños de ganado lanar y cabrío, piaras inmensas de cerdos, cuyas carnes son de un sabor especial; muchas yeguadas de gran valor, cuyos caballos son de gallarda planta y bellas formas" Hay también numerosas vacadas" para el alimento" y excelentes toros de lidia". El comercio se basa en el trigo y el aceite mediante arrieros de Fuentes de Andalucía, hacia Sevilla y Málaga sobre todo. Se mantiene la industria textil (telares de seda, paños, sombreros) y cinco molinos harineros en el Genil, además de varios de aceite. En la feria de septiembre se vende gran cantidad de ganado, pero se nota en estas cifras una cierta decadencia respecto al siglo anterior.

La antigua muralla andalusí se mantiene en parte con los grandes torreones Albarrana y Quintana y dos más pequeños, en las calles Merinos y Picadero; quedaban dos de las cuatro puertas, Cerrada y Puente, habiéndose destruido las otras dos, Osuna y Palma. De sus 227 calles muchas eran de época musulmana ("estrechas, tortuosas e irregulares"), distinguiéndose por su longitud las de Caballeros, Lebrón, Victoria, Puente, Cava, Carrera, Carmen, Merinos y Mayor. Se mencionan doce plazuelas (Puerta Cerrada, Remedios, Matadero, Puerta Osuna,  Mesones, San Gil, Santa María, San Juan, Santa Cruz, Quintana, Santo Domingo y Concepción) y la Plaza Mayor.

Se halla ésta en el centro de la ciudad, donde se construye un magnífico salón rectangular, elevado cinco pies y con asientos, arboleda y pedestales, rodeado de casas de tres pisos y soportales, destacando las del duque de Benamejí y marqués de Peñaflor. Existe una plaza de abastos, matadero, plaza de toros, varios hospitales, pósito, escuelas y seis parroquias: Asunción, Santiago y San Gil, ("construidas en el siglo XVIII", aunque eran anteriores) y las de Santa Cruz, San Juan y Santa Bárbara, que "están sin concluir". De los doce conventos que había antes de la supresión monacal, algunos habían cambiado de uso.  

  Un hecho importante para la ciudad y su evolución posterior es la llegada del ferrocarril en 1879, que afianza su función viaria y de transportes. Y en el aspecto urbano se producen una serie de demoliciones de puertas y arcos desde 1841 a 1868, fechas que inciden en la puerta de Osuna y lo mismo ocurre con la de Palma (calle Canalejas, en una de las vías más antiguas) y Cerrada (final de calle Conde). También desaparecen las de las Cadenas y Estepa, cerca del Alcázar, las de Santa Ana (del Puente o del Río) y Agua (Calahorra) en la fachada este, y la de Descalzas, abierta en 1591 en el noroeste (Marquesa-Carmelitas).

Hacia los años veinte del siglo pasado la ciudad añade poco al plano amurallado romano y andalusí. Por el norte un cierto crecimiento a orillas de la antigua vía, calle Mayor, hasta Curtidores; al oeste, alcanzaba a San Agustín y al sur hasta lo que hoy es Victoria y Avenida de Andalucía. Después, como se analizará más adelante, Écija sufre las consecuencias de la crisis agraria y la emigración.

El plano. El casco antiguo encierra el cuadrilátero de herencia bética (Albarrana, Plaza de Colón, Puerta Osuna, Cava, calle Puente ), que constituye la urbe islámica amurallada con las cuatro puertas descritas por Madoz. Se conserva parte de la cerca y, sobre todo, una gran cantidad de calles estrechas, retorcidas y callejones sin salida, propios de las ciudades andalusíes (con mantenimiento de algunos nombres: Azofaifo, Almonas, Zayas, Morería, Albarrana, Alcázar, Elvira, Arahales"), que convergen en la actual plaza de España o Salón, encrucijada de caminos, antiguo Foro y plaza de la mezquita mayor. El oeste (triángulo de las calles Carreras-Ancha, Carmen y Arroyo) presenta también esas características, sobre todo en el suroeste, y se considera casco antiguo, constituyendo la ciudad hasta finales del XIX.

Es decir, que el plano islámico se mantiene prácticamente hasta esa fecha, pero con numerosas reformas, menos en el callejero que en los edificios y paisaje urbano general. En efecto, como ocurre en toda Andalucía, tras la conquista castellana se eliminan o superponen a las mezquitas una serie de iglesias y conventos, que tienen un efecto simbólico de la nueva situación y, también, un efecto real de conversión de la población andalusí. Écija no es una excepción, al contrario, como se dice en alguna publicación, es la "ciudad de las Torres. Hasta once se pueden contar, dejando oír los latidos de sus campanas acompañados por el sonido de las conventuales espadañas".

Difícilmente se puede encontrar una densidad tal de edificios monumentales, incluyendo también los civiles, en ese casco histórico, quedando fuera de los límites indicados sólo la antigua iglesia de las Gemelas, el convento de Santa Inés, el Hospital de San Sebastián y la Ermita de San Juan, en el eje norte de la SE-135 o carretera hacia Cañada del Rosal y Palma del Río. La parte más próxima a la antigua muralla (Cartuja, Azacanes") presenta también un plano andalusí y la mayor expansión es por el Polígono Industrial El Limero en un meandro del Genil.

Éste marca el plano por la parte oriental, desde el famoso puente (al otro lado se halla La Colonda), La Alameda o Paseo de San Pablo y el Parque del Genil. Por el sur, la antigua muralla (calle Cava) bordeaba el camino hacia Sevilla, que se va desplazando al compás del crecimiento urbano. Primero avanza un poco hasta Avenida Andalucía-Victoria, cruzándose con el eje occidental (A-351, carretera de Osuna) por la Plaza de Toros. Después discurre por la  Avenida del Genil, desbordada por la zona de Fuensanta y Miradores, que, con un amplio espacio hacia el Parque del Genil, queda a la expansión urbana recientemente hasta la nueva autovía, que vuelve a marcar el plano, desbordado ya por la zona de la Alcarrachela. Por el oeste la ciudad de principios del XX se ve considerablemente aumentada por barrios como Nueva Andalucía, Las Moreras, El Barrero o la Alhambra.

Los monumentos.  Como resultado de su pasado,  Écija alberga en su casco histórico toda una riqueza monumental y en guías y publicaciones pueden aparecer hasta once iglesias, ocho conventos y otros tantos palacios, además de varias construcciones civiles notables, abundando la mezcla de estilos en un mismo edificio, siendo difícil una enumeración por edades. El paisaje urbano, pues incide en el generalizado de las ciudades andaluzas, quizás de manera más intensa, y la profusión de torres y espadañas, algunas de ladrillo y azulejería, son elementos de referencia, destacando la de San Juan, especialmente decorada, y la de las Marroquíes.

Sin duda el conjunto monumental más señalado es el Salón, centro urbano y administrativo, de reciente polémica por la excavación de un aparcamiento en una zona arqueológica y un rediseño de la plaza. Mantiene algunos mosaicos romanos in situ y es cantada por Vélez de Guevara como "la más insigne de Andalucía". Allí está el Ayuntamiento, de fachada neoclásica y un lateral del convento de San Francisco (mudéjar), cuya espadaña de azulejería domina el paisaje urbano de este lugar. No menos espectaculares son los miradores de los palacios de Benamejí y Peñaflor, barrocos del XVIII.

La Iglesia Mayor de Santa Cruz (s. XV al XIX) es un buen ejemplo de la superposición. El primer cuerpo de la torre corresponde al antiguo alminar de la mezquita aljama y los superiores son renacentistas, quizás de Hernán Ruiz II,  y donde se repiten elementos de la Giralda de Sevilla. La planta inacabada de la iglesia conserva restos del arco mudéjar y del patio renacentista, pero la mayor parte es de estilo neoclásico y encierra bastantes obras de arte: retablo atribuido a Cristóbal de Guadix (siglo XVII), orfebrería, sarcófago paleo-cristiano del siglo V"

Un breve apunte de distintos estilos posibilita también la mención de los principales monumentos. Del Gótico queda poco: alguna bóveda de la iglesia de San Francisco y la portada de las Florentinas. El mudéjar, de herencia andalusí añadida al gótico, aparece más, tanto en iglesias (Santiago, San Gil, San Pablo, espadaña de Santa Bárbara, artesonado de la Concepción) como en conventos (Las Teresas, artesonados de las Filipensas y las Marroquíes), casi siempre mezclado con el barroco. La transición del gótico al renacimiento aparece en La Merced y las Teresas,  y claramente en la fachada de la Concepción, del antiguo depósito del Agua y las Carnicerías Reales. Al plateresco corresponde la portada del palacio de Valdehermoso.

Pero es sin duda el Barroco, concretamente el andaluz, que tiene una exuberancia especial, el que domina en Écija, tanto en edificios religiosos o civiles, como en interiores, lo que muestra el enriquecimiento de los estamentos nobiliario y eclesiástico. La lista es larga y obviamos los ya citados: iglesias de Santa María, El Carmen, la Victoria, los Descalzos y Santa Ana; conventos de las Florentinas y  Capuchinos; palacios de Benamejí, Peñaflor o Palma. También el neoclásico está presente en Santa María, Santa Bárbara, San Felipe Neri y San Pablo. Aún hay que mencionar el Palacio de Justicia (1923) de estilo neoárabe.  

Otros atractivos turísticos de Écija son la artesanía, sobre todo la ligada a las actividades hípicas y guarnicionería, la gastronomía, especialmente los dulces de reminiscencia morisca, y las fiestas de Semana Santa,  Primavera y San Mateo, del siglo XIII.

Población y Economía. En Écija, como en otras  agrociudades andaluzas, la población del municipio experimenta un retroceso notable desde mediados del siglo XX hasta comienzos de los ochenta, consecuencia de la crisis agraria existente durante las décadas sesenta y setenta, pasando de 50.491 h. en 1960 a 34.703 en 1981. En la actualidad, el ritmo de crecimiento de Ecija respecto al año anterior es significativo (2,12% en 2003). De ello deriva una estructura demográfica joven, donde el porcentaje de población menor de 20 años representa el 26,5% (2003)  mientras que los mayores de 65 años suponen el 13,7% del total de la población.

Históricamente es una ciudad muy bien comunicada por el camino real de Madrid, y en épocas recientes, cuando se produce la modernización de las carreteras en Andalucía, la conexión se realiza por la autovía N-IV y por el ferrocarril Cádiz-Madrid. La situación privilegiada de Écija hace de ésta un importante nudo de comunicaciones con toda Andalucía, de ahí el objetivo de la Junta de convertir a esta ciudad en un centro logístico de transporte subregional. Las buenas comunicaciones y la capacidad de la ciudad para evolucionar y modernizarse a través del sector servicios y del desarrollo industrial le han permitido no sólo mantener su nivel de población, sino además incrementar la renta per capita hasta situarse entre 8.100 y 9.000 euros.

El desarrollo económico de Écija se vincula hasta muy recientemente al modelo agrícola existente en la Andalucía del Guadalquivir durante un larguísimo periodo de tiempo, incluso hay autores que sitúan su origen en la época romana. Hoy, el sector agrario está representado por el predominio de los cultivos de regadío (algodón y olivar), destacando sobre todo las actividades derivadas del algodón, al que se dedican 78.687 ha de superficie (2003). En las áreas de secano sobresale el trigo con 30.882 ha (2003). Por todo ello, este municipio recibe un volumen importante de subvenciones de la U.E.

La distribución de la población ocupada revela las características de la estructura económica actual, de forma que un 16,9% representa la población activa agraria, un 20% corresponde a la industrial, un 14,7% a la construcción y un 48,4% a los servicios (2001). Distribución que a su vez nos demuestra que, aunque el área agrícola prosigue siendo el soporte territorial de Écija, sin embargo consigue consolidar su economía a través de la incorporación de funciones y servicios de fuerte peso y de tipo industrial. Efectivamente, la industria tiene una gran importancia en la ciudad, convirtiéndose en la actividad predominante con 275 establecimientos, que se localizan en torno a polígonos industriales (Fuensanta, Limero, La Campiña), con actividades de los sectores del metal, textil y agroalimentario

La segunda actividad fundamental del municipio radica en el comercio con 888 establecimientos (2003), seguido ya a mucha distancia por la construcción (180), el turismo (180 establecimientos) y los servicios en general (118), según datos del Instituto de Estadística Andaluz (2003). A ello se une el importante papel que están jugando las nuevas políticas de dotación de equipamientos y servicios públicos, la descentralización de los tradicionales y la aparición de servicios ligados a la protección social y a la promoción económica, los cuales están fortaleciendo la base económica y están conduciendo a la revitalización de centros intermedios como Écija.

Además, forma parte de la red de ciudades medias (Carmona, Morón, Arahal, etc) de la campiña del Guadalquivir, que tienen capacidad de organizar un conjunto de territorio muy amplio, todas ellas con una base económica orientada a la agricultura e industria, ya que su tamaño poblacional, el dinamismo de sus actividades económicas y el potencial funcional como centro de servicios le confieren un indudable papel de centro comarcal.

El mercado laboral de Écija  cuenta con una oferta de mano de obra de 16.025 personas (2001), de las que 12.001 constituyen la población ocupada. Por consiguiente, la tasa de paro es elevada (25,1 en el 2001), si bien conviene advertir que existe una importante masa de población  que trabaja de forma eventual en el campo (alrededor de 1.888 en el 2001). Por último, la tasa de actividad media supone el 55,17%, destacando el importante crecimiento que experimenta el índice femenino, pasando de 26,12 en 1986 a 39,35% en el 2001. [ Gabriel Cano / Rosa Jordá Borrell ].

 

Para más información, visite Wikanda: http://www.wikanda.es/wiki/Ecija

 

 
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