| Desde época romana se van estableciendo por toda Europa colonias judías formadas principalmente por comerciantes, empezando a tener fuerza a partir del siglo IX, y especialmente a partir del XI las comunidades de Italia, Francia y Alemania. Sus relaciones con los cristianos no siempre son fáciles, y de hecho se producen importantes persecuciones, muchas de ellas desencadenadas por el pueblo animado por algunos predicadores religiosos, y con la benevolencia de los dirigentes políticos. Durante las Cruzadas, en medio del fervor religioso de la época, cientos de judíos son asesinados. En 1215, el Concilio de Letrán, convocado por el papa Inocencio III, proclama una política oficial de restricciones y ordena que todos los judíos usaran insignias distintivas. En algunas ciudades son obligados a vivir en áreas especiales, llamadas juderías, y privados de libertad de movimiento. Durante los siglos XIII y XIV, muchos monarcas europeos llenan sus arcas después de confiscar las propiedades de los judíos y de echar de ellas a sus dueños. En 1290, el rey Eduardo I de Inglaterra reduce a la miseria y expulsa de la isla a los judíos ingleses. El rey Carlos VI de Francia sigue su ejemplo en 1394, terminando prácticamente así con la presencia de los judíos en este país hasta la Revolución Francesa. Durante el periodo de expansión de la peste negra (siglo XIV), las masacres de judíos se hacen comunes por toda Europa. Los judíos exiliados del oeste europeo se refugian en la Europa oriental y central. La mayoría de los expulsados de Inglaterra, Francia, Alemania y Suiza se establece en Polonia y en Rusia.
Al igual que en el resto de Europa, los judíos tienen bastantes problemas en la Península Ibérica durante la Baja Edad Media. Hasta el siglo XIII se ven beneficiados del avance cristiano, asentándose en las nuevas tierras conquistadas frente a su huida de las persecuciones almorávides y almohades. La élite judía entra al servicio directo de los reyes de Castilla y Aragón, colaborando en las tareas administrativas y financieras de la corte y ayudando en las labores de colonización de las regiones reconquistadas, ocupando puestos relevantes en la corte como almojarifes (oficiales que tenían a su cargo la hacienda real), médicos e, incluso, tenedores de fortalezas. Lo mismo ocurría con respecto a la aristocracia, que también se sirve de los judíos, llegando a convertirlos muchas veces en sus mayordomos. Tanto en un caso como en otro, todas estas funciones, junto al monarca y los nobles, eran desempeñadas por las mismas familias judías, como los Bienveniste, Abolafia, Dayan o Zadok. Sin embargo, la mayor parte de los judíos se dedicaban a actividades urbanas poco relevantes, como sastres, barberos, herreros o traperos. También había judíos establecidos en el medio rural, donde eran pequeños campesinos o asalariados, e incluso propietarios de huertas o viñas.
La minoría judía andaluza fue un grupo numeroso, rico e influyente, asentado prácticamente en todas las localidades de cierta importancia. Así, había juderías organizadas en Jaén, Úbeda, Baeza, Andújar, Arjona, Córdoba, Sevilla, Écija, Alcalá de Guadaíra, Carmona, Niebla y Jerez. De ellas, la más importante fue la de Sevilla, seguida de las de Córdoba, Jaén, Úbeda y Baeza. Alfonso X concede a la judería de Sevilla tres mezquitas que son transformadas en sinagogas. Algunos de sus miembros reciben tierras en el Aljarafe, destacando la aldea de Paterna Harah, conocida desde entonces como Paterna de los Judíos. Entre los judíos asentados en Sevilla destaca don Zulema, almojarife de Alfonso X.
Desde mediados del siglo XIII va creciendo poco a poco la desconfianza de la población hacia la minoría judía. Las razones fueron múltiples. Por un lado, la introducción de las corrientes antisemitas europeas y la reticente postura de la Iglesia. Por otro, la propia crisis económica que se estaba viviendo en Castilla propiciaba su rechazo, especialmente cuando en su papel de prestamistas y recaudadores de impuestos presionaban al común. Sin embargo los monarcas los necesitaban, por lo que en numerosas ocasiones dejan las cuestiones hacendísticas en manos de judíos. El ejercicio de la usura, así como el arrendamiento de rentas municipales y reales, les permiten acumular riquezas, lo que explica (aparte de los prejuicios de tipo religioso) el odio popular de que son objeto, especialmente a partir de la segunda mitad del siglo XIV. Esto coincide con la proliferación de medidas dictadas por la Corona que contribuyen a acentuar la marginación de esta comunidad, coincidiendo con numerosas propuestas presentadas en las Cortes tendentes a rebajar o condonar las deudas a los judíos y a prohibir su participación en los arriendos y recaudación de rentas de la Corona. Muestra de esta situación, y coincidiendo con la aparición de la Peste Negra, en 1350 se produce una matanza de judíos en Arjona. Cuatro años más tarde es asaltada la judería sevillana. Pedro I concede autorización a los granadinos para vender a los judíos jiennenses como esclavos, en pago a su ayuda en la guerra civil, y en 1369 muchos de los de Baeza se convirtieron al cristianismo, posiblemente a consecuencia de esta disposición. En 1378 el arcediano de Écija Ferrán Martínez realizó una importante propaganda antisemita a través de sus sermones, que lleva al derribo de sinagogas en las localidades del arzobispado de Sevilla. Todo ello coincide con disposiciones antisemitas, como las de las Cortes de 1383 que prohíbe a los judíos vivir en barrios cristianos.
La violencia antijudía llegó a su cenit en 1391, a partir del asalto y destrucción de la judería de Sevilla, consecuencia de las predicaciones del mencionado arcediano, que se había aprovechado de la muerte del arzobispo y gobernaba la archidiócesis en sede vacante. Este fenómeno se extiende a otras localidades. Así, numerosas juderías de todo el reino son asaltadas, saqueadas y quemadas, en un momento en que los judíos estaban desprovistos de su más fuerte defensor, el rey, que era menor de edad y por lo tanto el reino estaba gobernado por un consejo de regencia con bastante falta de autoridad debido a las tensiones existentes dentro del mismo. En Andalucía las juderías afectadas fueron las de Sevilla, Carmona, Écija, Cala, Santa Olalla, Jerez de la Frontera, Coria, Cantillana, Córdoba, Montoro, Andújar, Jaén, Úbeda y Baeza. Los muertos son relativamente escasos frente al contingente de emigrados y, sobre todo, convertidos al cristianismo, por lo que el número de judíos en Andalucía se ve drásticamente reducido. Asimismo, y para evitar nuevos asaltos, muchos abandonaron las juderías y se dispersaron por las ciudades. El Ordenamiento de Valladolid de 1412 dispuso de nuevo el aislamiento, aunque, como en el caso de Sevilla, en muchas ciudades no se cumple, lo que explica que en 1437 y 1478 hubiera nuevos intentos de reagruparlos, consiguiéndose en esta última fecha. Junto a ello, los ataques contra la comunidad judía prosiguen a lo largo del siglo XV, y así en 1406 el barrio judío de Córdoba sufre un nuevo asalto. Esto, unido al continuo proceso de conversiones, provoca que las comunidades hebreas fueran cada vez más reducidas, incidiendo en este proceso el hecho de que la propia monarquía les desposee de parte de los bienes pertenecientes a la comunidad, que son concedidos a nobles e instituciones religiosas. Así, la más numerosa, la de Sevilla, contaba en estas fechas con 50 familias, siguiéndole en importancia la de Moguer. Junto a ello vemos la pérdida de recursos y de poder de los judíos andaluces, desapareciendo de los cargos de la administración hacendística, aunque mantendrán su presencia en las finanzas, existiendo cambiadores y prestamistas judíos en todas las ciudades andaluzas.
Pese a la exigüidad del elemento judío en el conjunto de la sociedad andaluza sigue existiendo antisemitismo, junto a la idea de que constituyen un peligro para los cristianos, especialmente para los conversos * , el contacto con ellos, ya que se pensaba que podían verse atraídos hacia su antigua fe. Es una de las razones por la que la solución final del problema judío se va a dar en Andalucía, a través de la Inquisición * . Así, aunque ésta no tenía jurisdicción sobre los judíos, los inquisidores argumentaban que la comunidad judía era un mal ejemplo para los conversos, por lo que en enero de 1483 se ordena la salida de los judíos del arzobispado de Sevilla y de los obispados de Cádiz y Córdoba. Esta salida no es rápida ni generalizada, demorándose su cumplimiento en numerosas localidades, por lo que no es efectiva hasta el año siguiente. Los expulsados toman varias direcciones. Muchos encuentran acogida en dominios señoriales, aunque la mayoría emigran a tierras vecinas de Andalucía: Granada, Portugal y Extremadura. Otros optan por la conversión al cristianismo, quedándose en su lugar de residencia, especialmente los más pobres. En el resto de Andalucía, especialmente el reino de Jaén, la salida se produce en 1492, cuando se promulga el decreto general de expulsión.
El decreto de expulsión se hace público el 31 de marzo de 1492. En él se explica como causa de la decisión el daño que origina a la fe cristiana el contacto entre conversos y judíos. El plazo que se les otorga para salir de Castilla y Aragón es de cuatro meses, aunque se les permite liquidar sus negocios y vender sus propiedades antes de su marcha. No obstante, se abre la posibilidad de quedarse para todos aquellos que optaran por abrazar el cristianismo. La mayoría ponen rumbo a Italia, el Imperio Otomano y el Magreb, donde, en general, prosperan en los dos siglos siguientes. Menos afortunados son los que eligieron como destino Navarra, ya que allí se determinó su expulsión en 1498, y Portugal, donde sólo pueden asentarse los que pagaron la elevada cantidad que se les exige por tal privilegio, obligándose a su conversión en 1497. [ María Antonia Carmona Ruiz ].
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