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CAFÉ CANTANTE

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 Local donde se despachan bebidas y se ofrecen recitales de cante, baile y toque flamencos, un arte que hasta la aparición de estos establecimientos está restringido a las reuniones familiares, a su ocasional interpretación en las tabernas, en ferias, verbenas y veladas. José Blas Vega y otros especialistas en esta materia entienden que dichos locales permiten intensificar la profesionalización progresiva de este arte:  "Los cafés cantantes que existieron durante los años comprendidos entre 1847 y 1920 surgieron en razón lógica de unos hechos naturales "escribe José Blas Vega". Por un lado, el auge que toman en toda Europa los cafés con espectáculos musicales, no sólo como entretenimiento sino también como inquietud artístico-cultural. Por otro, la necesidad de canalizar la expansión cada vez más pujante del costumbrismo andaluz".

A lo largo de esos 70 años de historia de los cafés cantantes, se puede decir que en su seno ocurre de todo. Estos cafés no se ajustan ni mucho menos a la idealizada imagen que se tiene de ellos, porque las exigencias del público y del propio espectáculo ante el acontecer diario lo van forjando y, ante esos hechos, los artistas no pueden rebelarse. El tema es polémico y tiene sus detractores y defensores, por lo que habría que analizarlo a la luz de la amplia documentación que motiva. Para la historia del flamenco se considera que el hecho es positivo, no sólo por su evolución, sino por su limitación al definir bien los géneros que integran el espectáculo. Por un lado la escuela bolera, y por otro lo autóctono andaluz al integrarse al nuevo género flamenco, con estilos que se crean y perfeccionan, quedando la guitarra como instrumento único y definitivo. Y eliminando hasta casi el olvido algunos estilos musicales, canciones andaluzas y ciertos instrumentos de acompañamiento: panderetas, violines, bandurrias, que por cierto ahora vienen a incorporarse de nuevo.

Difusión.  Este naciente flamenco no tarda en llegar a todos los rincones de España por la labor de difusión que consiguen los cafés. Es tal la aceptación, que rara es la provincia española que no cuenta con algún café cantante en su haber. El primero de ellos, el del cantaor Silverio Franconetti, abre en Sevilla y pronto el fenómeno se extiende por el resto de Andalucía, tomando carta de naturaleza en Madrid. Constituyen los precedentes de los posteriores tablaos y academias de baile, pero como tales cafés cantantes tienen una vigencia enorme hasta el umbral del siglo XX: "Los cafés cantantes representan el lugar en que el cante, tras una primera época de exhibición restringida, aparece ante el público numeroso "refiere Julián Pemartín". En ellos, pues, el cante deja de ser un arte minoritario para alcanzar difusión y arraigo populares".

Al margen de los locales de Silverio o del Burrero, donde Fernando el de Triana llega a asegurar que se lidian becerros de casta, se tienen referencias de numerosos cafés, como los sevillanos Salón del Recreo, Salón Oriente, Café de Lombardos, Café de Los Cagajones, Café del Arenal, Café de Las Triperas, Café de Variedades, Café Sevillano, Café de Lope de Rueda, Café La Alegría, Café de Apolo, Café de La Escalerilla, Café Filarmónico, Café-Teatro del Centro, Café Suizo, Café Sin Techo, Café San Agustín, Café de La Marina, Café de Los Carros, Café Cantante Sevillano, Café-Concierto Vista Alegre, Café Concierto Novedades, El Kursaal, La Bombilla, Salón Barrera, Salón Variedades, Ideal Concert, Salón Olimpia o El Tronío. En Madrid abrirán el Café del Gato, Café de Naranjeros, Café de la Encomienda, Café de La Bolsa, Café de San Joaquín, Café El Imparcial, Café de Atocha, Café El Brillante, Café de La Marina, Café de Las Veneras, Café de la calle de La Victoria, Café La Estrella, Café de Romero, Café de La Magdalena y Café de Don Críspulo.

El poderío económico de Málaga se reflejará en establecimientos como el Café del Turco, ubicado en la confluencia de las calles Santa Lucía y Convalecientes, hasta donde se desplaza un público selecto para asistir no sólo a espectáculos de cante y baile sino también a representaciones teatrales y los célebres bailes de Carnaval, el Café de Chinitas "popularizado por una copla", el Café de Las Siete Revueltas, Café de La Loba, el Café España, el Sin Techo, homónimo del de Sevilla, pero en donde la leyenda cuenta que Antonio Pérez de Guzman y el General Sánchez Mira le hacen entrega a Tomás El Nitri de la primera Llave de Oro del Cante, y el Café Sevillano, "el mejor de los once cafés cantantes que hay en Málaga", según el historiador Francisco Bejarano, en cuyo tablao actúan artistas como Juan Breva o Antonio Chacón ante un público heterogéneo. En Cádiz abren sus puertas el Café de La Jardinera, Café del Recreo, Café del Perejil y Café La Filipina; así como los jerezanos Café del Conde, Café de La Vera-Cruz, Café de Rogelio, La Primera de Jerez, Café de Caviedes y Café del Palenque, citados por Manuel Ríos Ruíz, junto a los portuenses Café del Navío, Café León de Oro, Café del Refugio y Café del Carbón.

Mención aparte merecen los cordobeses Salón Recreo y Café del Gran Capitán; los granadinos Café de Cuéllar, Café Suizo, Café Granadino y Café del Callejón; los almerienses Café Santo Domingo y Café Lyón D"Or; e incluso los barceloneses Café Sevillano, Café La Alegría, Café-Concierto Barcelonés, Edén Concert y Café Villa Rosa, adelantados de la afición flamenca de la ciudad condal. Incluso Bilbao cuenta con algunos de estos locales, como es el caso del Café San Francisco y Café de Las Siete Columnas; y, por supuesto, también se conocen en las zonas mineras de Murcia y Jaén.

Enriquecimiento del flamenco.  Los cafés cantantes, hasta que don Antonio Chacón lleve el flamenco a los teatros, se convierten en el escenario idóneo para un arte en vías de profesionalización, lo que irá provocando sucesivos acontecimientos en el ambiente artístico de la época: "Por un lado la necesidad de ampliar el repertorio, de estilizarlo con lo que se abre el abanico de formas y, por la otra, la entrada en una fuerte competencia con otros cantaores lo que lleva a buscar variaciones sobre lo que cantan los demás. Esta época cabe cifrarla en los finales del XIX y principios del XX, hasta los años veinte aproximadamente. Otra consecuencia colateral que se va a establecer es que los cantaores marchan hacia las capitales donde son requeridos y donde hay dinero y público para pagar sus actuaciones, como Sevilla, e inconscientemente van a intercambiar formas, modos y giros. Hay, no en vano, quien ha llamado esta época como la Edad de Oro del Flamenco, que va a conocer ya las primeras grabaciones discográficas, en un principio en cilindros de cera gracias al invento de Edison y, más tarde, en discos monofaciales de pizarra", escribe José María Castaño.

Por lo común y salvo variantes, los cafés cantantes giran en torno a un salón amplio, habitualmente decorado con espejos y carteles de toros, en el que además de las sillas y mesas destinadas al público se levanta un tablao. A veces, también incluyen palcos o reservados y no sólo se circunscriben al flamenco, sino que por dichos escenarios pasan números de circo y de magia, cupletistas, teatro, bailes americanos, franceses, exóticos, de agarrado y de escuela bolera, solistas musicales, audiciones de fonógrafo y proyecciones cinematográficas.

Silverio Franconetti (1831-1881), como pionero de tal actividad, se enfrenta a la crítica de numerosos intelectuales, contrarios a que el flamenco salga de su hábitat natural, como son las tabernas y las reuniones anteriormente mencionadas. Pero lo cierto es que los cafés democratizan la fiesta y abren, hasta 1910, lo que viene a llamarse la Edad de Oro del Flamenco, en la que el baile adquirirá un impulso fundamental y la guitarra conocerá un cierto auge. Pero es también el momento en el que irán descollando creadores flamencos de la talla de El Mellizo, Curro Dulce, La Parrala, Juan Breva, Don Antonio Chacón, Ramón Montoya, La Malena, La Macarrona, Manuel Torres, La Serneta, Aurelio Selles, Pepe de la Matrona o La Niña de los Peines. [ Juan José  Téllez ].

 

 
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