| (sevilla, 1883-parís, francia, 1962). Político republicano. Presidente del Gobierno, de las Cortes y de la Segunda República en el exilio. Nacido en Sevilla el 25 de noviembre de 1883, en una familia obrera, con nueve años tiene que dejar la escuela para comenzar a trabajar como aprendiz en una panadería. Huérfano de madre a los once, pasa posteriormente por los oficios de impresor, tipógrafo y, desde 1896 a 1900, auxiliar de un procurador. En 1906, recién cumplidos los 22 años, puede colocarse de empleado de Manuel Jacinto Martínez, comisionado de reses en el matadero municipal de Sevilla. A comienzos de los años veinte, con el apoyo de un buen número de amigos y masones sevillanos, Martínez Barrio logra montar un pequeño negocio "la imprenta Minerva", de cuyos ingresos puede vivir modestamente a partir de entonces. Con una formación autodidacta, devorador incansable de novelas, lecturas históricas y periódicos, Martínez Barrio participa siendo un adolescente en mítines y reuniones de carácter societario, desembocando a comienzos de siglo en el anarquismo más revolucionario. Desde los 17 años publica numerosos artículos en los semanarios ¡Justicia! , El Noticiero Obrero y Tierra y Libertad , colaborando habitualmente en una publicación editada en Cádiz titulada El Proletario . Durante los años 1901 y 1902 funda también un modestísimo semanario titulado Trabajo , continuado años después con el nombre de Humanidad .
Sin embargo, a partir de 1903-1904 Martínez Barrio abandona el anarquismo, aproximándose a los ideales de la democracia republicana. En dicha evolución y aparte de esa tendencia a la moderación, que, según él, siempre predomina en su carácter y conducta, hoy se sabe que juega un papel no desdeñable su relación con el teniente coronel al mando del Batallón de Cazadores de Chiclana, con guarnición en Ronda, donde desde 1903 Martínez Barrio cumple su servicio militar. Aquel oficial, hermano de Eugenio García Ruiz, uno de los líderes del republicanismo unitario durante los años del Sexenio, influye en su formación política decidiéndole a abandonar las ideas anarquistas. Al poco, Martínez Barrio ingresa en la Juventud Republicana de Sevilla, donde desde 1905 un impulso "sentimental y romántico" "según confesaría años después" acaba llevándole tras los pasos de Alejandro Lerroux, fascinado por la vibrante personalidad del "emperador del Paralelo".
Sus primeros pasos como neófito republicano no son nada fáciles. Recién cumplido su servicio militar, Martínez Barrio es procesado por realizar "propaganda subversiva", a pesar de haber pasado con licencia a la primera reserva. Dicha causa da lugar a que sufriera dos meses de calabozo en los acuartelamientos de los regimientos de Granada y Soria, y a que se le abriera un voluminoso sumario. Puesto en libertad sin cargos, en los años siguientes y por sus opiniones contra el régimen monárquico, vertidas tanto en actos públicos como sobre todo en la prensa, vuelve a ser procesado en unas treinta ocasiones.
Resueltos sus problemas con la jurisdicción militar, a partir de 1908 forma un grupo denominado Fusión Federalista, opuesto a la orientación moderada de la Unión Republicana en Sevilla. La nueva entidad, que adopta como cuerpo doctrinal el manifiesto-programa de Pi i Margall de 1894, consigue allegar recursos suficientes para publicar, desde enero de 1909, un semanario titulado La Lucha . Además, en las elecciones municipales celebradas en mayo de ese año, Martínez Barrio es elegido por primera vez "a los 25 años" concejal del Ayuntamiento de Sevilla, permaneciendo en la corporación hasta finales de 1913. Sus constantes intervenciones en los plenos y su amistad con Lerroux acaban por ratificarle como uno de los valores en alza del republicanismo en Sevilla, recibiendo ayuda económica de un anciano correligionario "Joaquín Maestro Amado" para la edición de un nuevo periódico "radical-autonomista", titulado El Pueblo y publicado entre 1910 y 1912.
Pese a estos modestos éxitos, las divisiones y los enconados enfrentamientos, que casi siempre jalonan la trayectoria del republicanismo, vuelven a reaparecer con toda su crudeza a comienzos de la primera década del siglo XX, hasta el punto que entre 1913 y 1920 los republicanos se quedan sin representación en las instituciones político-administrativas sevillanas. En esos años del republicanismo en Sevilla apenas sí queda otra cosa que la constancia y el tesón de Martínez Barrio, impenitente candidato en todas las elecciones de diputados a Cortes celebradas en los años previos al golpe de estado de Primo de Rivera. En febrero de 1920, sin embargo, es elegido de nuevo concejal, englobado en una candidatura consensuada por los partidos y "fuerzas vivas" locales. Pero el golpe de 1923 lo desposee de su cargo, al ordenar el Directorio Militar el cese fulminante de los Ayuntamientos.
De estos años de comienzos de siglo data además el ingreso de Martínez Barrio en la Masonería, siendo iniciado el 1 de julio de 1908 en la logia Fe de Sevilla con el nombre simbólico de Justicia, que cuatro años después cambia por el de Pierre Victurien "Vergniaud", es decir, por el de uno de los dirigentes de los republicanos moderados de la Revolución Francesa. Su labor en esta organización comienza a alcanzar un especial brillo a partir de 1915, al lograr en febrero de aquel año el reagrupamiento en una única entidad de casi todos los talleres masónicos sevillanos. Nace así la logia Isis y Osiris, adscrita a la Obediencia del Grande Oriente Español y auténtico motor del resurgimiento de la Masonería en Andalucía durante los años siguientes. Desde esta plataforma Martínez Barrio, el cada vez más respetado hermano "Vergniaud", grado 33, llegaría a alcanzar los cargos de gran maestre de la masonería andaluza (1923-1931) y gran maestre nacional del GOE (1931-1934), ya en tiempos de la Segunda República.
Dictadura y II República. La trayectoria política de Martínez Barrio adquiere un especial relieve en plena Dictadura de Primo de Rivera, erigiéndose ya en los años veinte en líder de los republicanos de la Baja Andalucía. Miembro de la Alianza Republicana y firmante del Manifiesto del comité revolucionario de 1930, a finales de ese año tiene que exiliarse a Francia tras el fracaso de la sublevación de Jaca. En abril de 1931, tras la proclamación de la Segunda República, es nombrado ministro de Comunicaciones y elegido diputado a Cortes, asumiendo la vicepresidencia del Partido Radical y convirtiéndose de facto en el lugarteniente y hombre de confianza de Lerroux.
A partir de 1931, Martínez Barrio, nombrado también presidente de honor de la Liga de los Derechos del Hombre, va adquiriendo un paulatino protagonismo en la historia de la II República, defendiendo una política modera y centrista desde el mismo instante en que el nuevo régimen inicia su andadura y preconizando la necesidad de un Estado fuerte, pero democrático y eficaz, un Estado que fuera capaz de "nacionalizar la República" y de hacerla amada y respetada por la inmensa mayoría de los ciudadanos. Apartado del gobierno desde la crisis de finales de 1931, que coloca a los lerrouxistas en la oposición, y en sintonía con la actitud de su jefe político, Martínez Barrio hace públicas sus discrepancias con el PSOE "y, especialmente, con los sectores liderados por Largo Caballero" en marzo de 1932, cuando en unas declaraciones a Blanco y Negro , ampliamente difundidas, manifiesta que era preciso rectificar el rumbo y el perfil del régimen, afirmando que a su modo de ver el apartamiento de los socialistas del gobierno constituía una necesidad insoslayable si se quería consolidar la República y evitar su desbordamiento por la izquierda. En parecidos términos se pronuncia en julio de 1932, oponiendo serios reparos a la aprobación de los proyectos de Reforma Agraria y al Estatuto de Cataluña, tal y como habían sido redactados por las comisiones respectivas.
Desde febrero de 1933 el nombre de Martínez Barrio se asocia además con el de la obstrucción parlamentaria al Gobierno Azaña, un gobierno de quien injustamente afirma que estaba ejerciendo "una verdadera dictadura que nada tiene que envidiar a la fascista"" Años después, al redactar sus Memorias , don Diego no tiene ningún reparo en reconocer que aquella política obstrucionista practicada por él mismo, por el Partido Radical y por otras organizaciones de centroderecha es, aparte de injusta, básica y esencialmente un error.
Al final del verano de 1933, tras la caída de Azaña y aceptada por el presidente de la República la propuesta de Lerroux de formar una mayoría exclusivamente republicana, Martínez Barrio añade un nuevo peldaño a su carrera política al ser designado Ministro de la Gobernación en un efímero gabinete que apenas dura 26 días. Sin embargo inmediatamente después, el 9 de octubre, era nombrado por Alcalá-Zamora nuevo presidente del Consejo de Ministros, pero con la finalidad expresa de disolver las Cortes y convocar elecciones.
Consideradas como las elecciones más limpias disputadas en España hasta entonces, el resultado de las urnas y los efectos del sistema electoral dan paso a unas Cortes muy diferentes en su composición a las del primer bienio republicano. Diego Martínez Barrio, ex-presidente del Consejo y reelegido diputado por Sevilla, que acepta formar parte de los primeros gabinetes de Lerroux, al principio como ministro de la Guerra y después de Gobernación, comienza a disentir de forma notoria de la progresiva derechización de su propio partido, de las presiones revisionistas de la CEDA y de la hipoteca que representa el apoyo parlamentario de Gil Robles. La separación de Martínez Barrio y de un reducido grupo de diputados que le sigue en su actitud se consuma en el mes de mayo de 1934, con un escrito de despedida que envía a Lerroux y que representa de facto la ruptura del histórico Partido Republicano Radical.
En septiembre de 1934, tan sólo unos días antes del estallido de la revolución de Asturias, nace el partido de Unión Republicana, fruto de la fusión entre los radicales-demócratas de Martínez Barrio y el grupo radical-socialista dirigido por Félix Gordón Ordás. Su presidente y líder indiscutible es, a partir de entonces, un Diego Martínez Barrio cada vez más alineado con la política de Manuel Azaña. Transcurrido 1935, tras la crisis desatada por los escándalos de corrupción que hunden a los lerrouxistas y la disolución de las Cortes decretada por el presidente de la República, Martínez Barrio vuelve a ser elegido diputado en febrero de 1936, integrando la candidatura del Frente Popular por Madrid. Su partido obtiene 35 escaños y Diego es nombrado presidente de las Cortes con el voto prácticamente unánime de izquierdas y derechas. Unas semanas después, el 8 de abril de 1936, y tras el acuerdo de las Cortes de destituir a Alcalá-Zamora, Martínez Barrio asume interinamente la Jefatura del Estado, cargo que desempeña hasta el 11 de mayo de 1936 en que es sustituido por Azaña. Es precisamente en esos días cuando, acompañado por el presidente de la Generalitat, Luis Companys, y del ministro Manuel Blasco Garzón, realiza la que sería su última visita a Sevilla, recibiendo innumerables muestras de afecto de sus paisanos.
Unas semanas después, el 19 de julio de 1936 y ya con el ejército de Marruecos y otras guarniciones levantadas en armas contra las autoridades republicanas, Martínez Barrio recibe el difícil encargo de intentar formar un gobierno de conciliación que evitase el horror de la Guerra Civil. Don Diego telefonea personalmente a los jefes que encabezan la rebelión para intentar convencerles de que depusieran su actitud. Jamás, contrariamente a lo que tantas veces se ha escrito, les ofrece formar parte del nuevo gobierno. En cualquier caso, aquél era un intento desesperado y condenado al fracaso, por más que Martínez Barrio insista en sus Memorias que en aquella noche aún era posible detener lo que a todas luces parecía ya inevitable.
Presidente en el exilio. Tras el fracaso de su iniciativa, Martínez Barrio se traslada a Valencia para hacerse cargo de la dirección de la Junta Delegada del Gobierno para la región del Levante, desempeñando diversos cargos en Albacete y organizando el aprovisionamiento de las Brigadas Internacionales y del nuevo Ejército voluntario de la República. En esos meses encabeza también las delegaciones españolas a varias conferencias internacionales, presidiendo las escasas reuniones que durante la guerra celebraron las Cortes Españolas, trasladadas desde fines de 1936 a Valencia. Tras la última reunión, la que tiene lugar en febrero de 1939 en el castillo de Figueras, con Barcelona ya tomada por las tropas de Franco, Martínez Barrio cruza a pie la frontera francesa y como otros miles de republicanos inicia su exilio; un exilio "o un destierro, como prefería denominarlo" que consumiría aún los últimos 23 años de su vida.
Trasladado a París, el 27 de febrero de 1939 y en su calidad de presidente de las Cortes, Martínez Barrio recibió la dimisión de Azaña como presidente de la República, asistiendo a las tensas reuniones que la Diputación Permanente celebra en la capital francesa. En Madrid mientras tanto estallaba la sublevación del coronel Casado contra el gobierno Negrín, sumiendo en el caos más absoluto a las instituciones representativas de la legalidad republicana. En la primavera de 1939 y con la Segunda Guerra Mundial a punto de estallar en Europa, don Diego abandonó Francia para afincarse en Cuba y, posteriormente, en México, donde reside durante los años siguientes. Su actividad desde entonces se centra en el traslado a América de los republicanos españoles y en la reorganización de los partidos e instituciones del exilio. Con ese objetivo y acompañado del general Miaja, en 1943 realiza una gira por Venezuela, Colombia, Bolivia, Chile y otros países americanos, recabando el apoyo de sus gobiernos para la República Española. Simultáneamente y desde su llegada al Nuevo Continente mantiene contactos muy estrechos con la Masonería americana, al tiempo que en la España de Franco el Tribunal Especial para la Represión de la Masonería y el Comunismo le condena en rebeldía a 30 años de reclusión mayor.
Desde 1943 y con la colaboración del socialista Indalecio Prieto, Martínez Barrio organiza y preside la Junta Española de Liberación. Dos años después, el 17 de agosto de 1945 y tras conseguir reunir en México a un centenar de diputados supervivientes de las Cortes de 1936, es designado oficialmente presidente de la Segunda República Española en el exilio. Finalizada la Segunda Guerra Mundial, en marzo de 1946 don Diego regresa a Francia, siendo bien acogido por el gobierno francés a pesar de que rápidamente va quedando en evidencia que los aliados, vencedores del fascismo, no iban a propiciar la caída del régimen de Franco. Diego Martínez Barrio asume entonces su papel de depositario de los derechos de la República Española, reconocida ya tan sólo por los gobiernos de México y Yugoslavia. Un Martínez Barrio forzado por las estrecheces económicas a trasladarse a una modesta casa a las afueras de París, que en sus discursos nunca deja de denunciar la ilegitimidad del régimen de Franco y que va convirtiéndose, año tras año, en el presidente cada vez más solitario de un exilio sin fin. Tan sólo el fallecimiento de su mujer, Carmen Baset, en 1960, con la que había compartido casi medio siglo de convivencia, logra afectar su ánimo hasta el punto de sumirle en una profunda depresión. Aún así, poco antes de su muerte contrae matrimonio con su cuñada Blanca, "boda melancólica "según escribe", impuesta por la necesidad y la más elemental previsión".
Unos meses después, el 1 de enero de 1962, en la Taberne Alsacienne de rue Vaugirard, 235, Martínez Barriofallece de un repentino ataque al corazón. Su cuerpo, cubierto con la bandera republicana, es enterrado en un pequeño cementerio situado a las afueras de París, en Saint-Germain-en-Laye, en una ceremonia a la que sólo asisten un pequeño grupo de viejos amigos. No obstante, conforme a los deseos expresados en su testamento, casi cuarenta años después sus restos son trasladados a su ciudad natal, siendo homenajeado por miles de sevillanos en enero del año 2000. Martínez Barrio, el único andaluz y español que es presidente del Gobierno, de las Cortes y Jefe del Estado, a pesar del desconocimiento que aún hoy rodea a su figura y de carecer de la brillantez, la capacidad oratoria o el carisma de otros políticos de su tiempo, encarna como pocos los ideales y los sueños de una España liberal y democrática, identificada con el proyecto republicano que aborta el golpe de estado de 1936. Como él mismo escribiera en una de sus últimas cartas, "a quienes me escuchan no dejo de repetir que nosotros fuimos y somos simplemente liberales y demócratas. Primero liberales, sin desfallecimientos ni intermitencias, y luego demócratas, porque la fuente del poder es la democracia, pero a base de consagrar y practicar los derechos de la libertad. Humilde catecismo que muchos olvidaron para desventura común". [ Leandro Álvarez Rey ].
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