| (córdoba, 1561-1627). Poeta andaluz del Siglo de Oro, Luis de Góngora representa, en la lírica hispánica, la cumbre más alta de una poesía de orientación culta, ornamental, deliciosamente construida, que por él ha sido llamada gongorismo. En la trayectoria literaria de la poesía española, Góngora se sitúa en el momento de tránsito del manierismo al barroco, a la vez que culmina el desarrollo de la semilla germinal del petrarquismo de Garcilaso, llevada ya a su madurez en la obra poética del andaluz Herrera.
La curva del esplendor y decadencia del poderío de España en los siglos XVI y XVII, reflejada notoriamente en la literatura, encuentra también su eco en la obra de Góngora. Si la primera generación imperial, representada por Garcilaso, había puesto su entusiasmo, tanto con las armas como con las letras, al servicio de Carlos V, la siguiente generación, la de Cervantes, pasa del entusiasmo al escepticismo. Lope y Góngora, más jóvenes y menos sensibles a la profunda transformación que se opera en la situación social y política, ocultarán su desengaño en el espejismo del pasado poder de un gigante que se desmorona. Habrán de ser Quevedo, con su desilusión manifiesta, y Gracián, con su conciencia crítica, los exponentes de una literatura de "desgarro nacional" que reaparecerá, con diferentes matices, en Larra o en la Generación del 98.
La experiencia histórica de Góngora nos viene resumida en estas palabras de Biruté Ciplijauskaité: "La época que le tocó al Góngora maduro es un período de turbulencia y de pasiones, de búsqueda continua. Se vive muy intensamente en ella; los gozos y los sufrimientos llegan al extremo. Es frecuente la exageración por encubrir la realidad que no se considera suficiente. Esta misma insuficiencia o insatisfacción motiva el deseo de velar lo representado. En el caso de Góngora, incluso se puede hablar del anhelo de esconder completamente sus sentimientos, de distanciar su persona de su obra". Con este proceso de desarrollo histórico converge el desarrollo de las letras: la saludable influencia que Garcilaso había ejercido en una poesía castellana ya agotada, tiene en Andalucía una serie de notables receptores que sitúan las capacidades verbales expresivas en una orientación culta. Ya Herrera se plantea la necesidad de "crear" un lenguaje literario distanciado de la lengua natural, a fin de potenciar la creatividad. Su obra responde estrictamente a tales principios, que la Escuela Antequerana hará avanzar, aunque sin mayores logros geniales, y que Carrillo de Sotomayor dejará perfilados para que la extraordinaria capacidad de Góngora los haga fructificar.
Infancia y juventud. Luis de Góngora y Argote nace el 11 de julio de 1561 en Córdoba, entonces pequeña ciudad que vive más de sus pasadas glorias que de su realidad presente, en el seno de una familia acomodada y de noble linaje. Su padre, Francisco de Argote, licenciado en Derecho por Salamanca y corregidor en Jaén y en Madrid, desempeña el cargo de juez de bienes confiscados por la Inquisición. En su abundante biblioteca y en el ambiente cultural de que se rodea, adquiere Góngora su amor primero por las letras. Su madre, Leonor de Góngora, más rica pero de menor linaje que su padre, da el apellido al futuro poeta. Tanta o más importancia que ellos tiene en los destinos de Luis de Góngora su tío Francisco, racionero de Córdoba, quien cedería más adelante a su sobrino algunos beneficios que constituyen la base del sustento de Góngora.
Tras los primeros estudios de Humanidades en su ciudad natal, probablemente en el Colegio de los Jesuitas, y habiendo captado con su vivo ingenio la atención de Ambrosio de Morales, es enviado a estudiar Leyes a Salamanca. Para sufragar estos gastos cede su tío los beneficios de Cañete y Guadalmazán al joven, que ha de ordenarse de menores para su disfrute. En un documento del 6 de octubre de 1577 se le llama "clérigo de corona".
Góngora aparece matriculado de Cánones en Salamanca, en el año 1576, y debe proseguir sus estudios hasta el curso de 1580, fecha en que abandona esta ciudad castellana. Según el testimonio de José Pellicer, su primer biógrafo, los años estudiantiles de Luis están presididos más por la travesura, la pasión por los juegos de naipes y la vida desenfadada, que por la aplicación. No nos consta que alcanzase grado académico alguno, aunque sí podemos presumir que su vocación literaria aflora por aquella época, a la que pertenecen sus primeras composiciones. Los primeros versos impresos del cordobés son los que figuran al frente de la traducción de Os Lusiadas , que realiza Luís de Tapia y que comienza: "Suene la trompa bélica/del castellano cálamo"".
En 1580 Góngora tiene 19 años y ya a la espalda una bien merecida fama. A este año pertenecen, entre otras, sus composiciones "Ciego que apuntas y atinas", romance que repite el estribillo: "Déjame en paz, amor tirano, / déjame en paz". También otros romancillos y letrillas: "La más bella niña / de nuestro lugar, Hermana Marica, / mañana, que es fiesta..."
En 1584 Juan Rufo coloca al frente de su Austríada un soneto de Góngora, y al año siguiente, Cervantes le dedica encendidos elogios en el "Canto de Calíope" de la Galatea :
"En don Luis de Góngora os ofrezco un vivo raro ingenio sin segundo: con sus obras me alegro y me enriquezco no sólo yo, mas todo el ancho mundo".
Nada nos puede extrañar el testimonio de Pellicer: "Fue adquiriendo el título de primero entre catorce mil genios que se describían o matriculaban en aquella escuela entonces (Salamanca)"; obedeciendo a su natural, se dejó arrastrar dulcemente de lo sabroso de la erudición y de lo festivo de las Musas" Con este dulce divertimento, mal pudo granjear nombre de estudioso ni de estudiante; pero él trocaba gustoso estos títulos al de poeta erudito, el mayor de los de su tiempo, con que comenzó a ser mirado y aclamado con respeto".
Es probable que a lo largo del curso 1580-81 continuase sus estudios en Granada. En todo caso, por estas fechas se cierra la época de estudiante. El 7 de marzo de 1582 está atestiguada documentalmente la presencia de Góngora en su ciudad natal. Con ella se abre una nueva etapa de su vida.
Primeros contactos con la Corte. La protección continua de que goza Góngora por parte de su tío, se materializa en la cesión del cargo de racionero de la Catedral (21 de frebrero de 1585). El destino del joven poeta, algo a espaldas de sus impulsos personales, le lleva a la ordenación, in sacris "epístola y evangelio; el sacerdocio lo recibe muchos años después". Tras la correspondiente prueba de limpieza de sangre y bula papal, le vemos ya en 1585 entre los miembros del Cabildo de la Catedral. Sin embargo, Góngora no abandona su vitalismo. La condición de clérigo le sirve para sobrar sus rentas eclesiásticas y poco más. De los incidentes con un nuevo obispo de Córdoba, en resumen de Dámaso Alonso, podemos obtener un interesante retrato moral de Góngora a sus 28 años: "En el año 1587 llegó a Córdoba un nuevo Obispo, hombre de criterio rígido. El obispo sometió a los canónigos y racioneros a un interrogatorio. Contra algunos capitulares se hicieron graves cargos. Los que se le hicieron a Góngora fueron más bien leves, "que asiste rara vez a coro", y que cuando acude "anda de acá para allá saliendo con frecuencia de su silla"; que habla mucho durante el oficio"; que forma en los corrillos del Arco de Bendiciones donde se habla de vidas ajenas; que ha concurrido a fiestas de toros; que "vive como muy mozo y anda de día y de noche con cosas ligeras, trata representantes de comedias y escribe coplas profanas". Don Luis va contestando como puede, y no sin humor: dice, por ejemplo, que en las horas está "con tanto silencio como el que más, porque aunque quiera no estar con el que se me manda, tengo a mis lados un sordo y uno que jamás cesa de cantar, y así callo por no tener quien me responda"". Dice también: ni mi vida "es tan escandalosa ni yo tan viejo que se me pueda acusar vivir como mozo", y que a su casa van representantes como a las de otros caballeros, "y más a la mía" "dice" "por ser tan aficionado a la música". Confiesa que ha ido tres o cuatro veces a los toros, pero que también han ido otros del Cabildo (a los que nombra) y que en el hacer coplas ha tenido "alguna libertad", pero no tanta como la atribuyen, por no ser suyas "las más letrillas que me achacan". Dice, además, que su poca Teología le disculpa y, añade, "he tenido por mejor ser condenado por liviano que por hereje". El Obispo le puso cuatro ducados de pena, conminándole que no fuera a toros".
En los años siguientes, don Luis alterna la poesía con el cumplimiento de las comisiones encomendadas por el Cabildo: felicitación a los nuevos obispos, informaciones de limpieza de sangre, pleitos, etc. Realiza diferentes viajes en 1589 a Mazuecos (Palencia), a cuya vuelta cae enfermo en Madrid; visita Madrid (1590), Salamanca (1593), ciudad en la que de nuevo le aqueja una grave enfermedad, Husillos (Palencia) en 1596, etc. El más importante de todos ellos es el que, en 1603, le pone en contacto con el ambiente cortesano de Valladolid. El andaluz Góngora se encuentra en medio de un ambiente muy distinto al de sus tierra natal. Todo en la corte es fingimiento y ansias de medro. Todo en ella "huele mal". Sin embargo, el propio Góngora no puede evitar la fuerte atracción cortesana, en la que la sagacidad y dominio de su pluma podrían reportarle mayores beneficios de los hasta ahora obtenidos. Góngora hace varios sonetos en los que ataca irónicamente la ciudad del Pisuerga, con gran complacencia por parte de aquellos que había recibido con insatisfacción el reciente traslado (la corte estuvo en Valladolid desde 1601 hasta 1606).
"Llegué a Valladolid; registré luego desde el bonete al clavo de la mula; guardo el registro, que será mi bula contra el cuidado de el señor don Diego.
Busqué la corte en él y yo estoy ciego, en la ciudad no está o se disimula. Celebrando dietas vi a la gula. Que Platón para todos está en griego.
La lisonja hallé y la ceremonia con luto, idolatrados los caciques, amor sin fe, interés con sus virotes.
Todo se halla en esta Babilonia, Como en botica grandes alambiques, Y más en ella títulos que botes".
Estas composiciones serán la raíz de su ya constante enemistad con Quevedo, más joven que él, y más hábil para arremeter con violencia y suciedad. Góngora abandona Valladolid a comienzos del invierno de 1603. Sin embargo deja en manos de Pedro Espinosa numerosas poesías manuscritas que serán incluidas en las Flores de Poetas ilustres , libro publicado en 1605.
Los años que siguen son de permanencia casi total en Córdoba, aunque ya la poseía y la voluntad de Luis son atrapadas por el sentimiento cortesano. En tanto, viaja por Andalucía, y celebra con insistencia al marqués de Ayamonte, de quien espera firmemente protección. Había de ser en vano, ya que en 1607, el mismo año que le visitara en su residencia de Lepe (Huelva), muere el marqués. De él diría:
"Alta esperanza, gloria del estado, no solo de Ayamonte mas de España. Si quien me da su lira no me engaña, O más tiene el cielo destinado".
En 1609, Góngora hace un largo viaje: Madrid, Alcalá, Álava y Pontevedra. De él ha quedado huella en sus sonetos. Su estancia en Madrid "cuya expansión humana le sorprende" coincide con el fallo de un largo proceso judicial motivado por la muerte violenta que cuatro años antes había sufrido un sobrino suyo. La sentencia es injusta y Góngora vuelve a su ciudad natal profundamente asqueado e indignado. Así lo refleja en unos tercetos:
"¡Mal haya el que en señores idolatra y en Madrid desperdicia sus dineros, si ha de hacer al salir una mohatra!
Arroyos de mi huerta lisonjeros (¿lisonjeros?; mal dije, que sois claros): Dios me saque de aquí y me deje veros".
Los años que siguen serán los más importantes en cuanto a su creación literaria. En 1610, con ocasión de la llamada toma de Larache, escribe una enfática oda, a la que se atribuye el comienzo de su llamada "segunda época" literaria, denominación que, como afirma Dámaso Alonso, sólo en cierto sentido resulta exacta.
El nombramiento de su sobrino, Luis de Saavedra y Góngora, como coadjutor suyo con derecho a sucesión "bulas apostólicas de 11 de febrero de 1611" le facilitará una mayor libertad en los desplazamientos y nuevas posibilidades creativas. El desencanto de la Corte consolida su conciencia de andaluz, y el desprecio por Castilla "más tarde dirá a sus poetas: "Patos de la aguachirle castellana" (1621)" le afirmará en una línea creativa muy propia de los poetas del Sur: el cultismo, que tan suyo hará y que pronto será llamado gongorismo. Frutos de esta nueva actitud ante la vida y la poesía son la Oda a la Toma de Larache (1610), antes citada, El Polifemo (1613) y las Soledades (1613-1614).
Don Luis era consciente de que con estos dos últimos poemas había conseguido llevar al limite la estética de complicada arquitectura verbal que ya le caracterizara desde sus primeros poemas. Por ello, una vez terminado El Polifemo y la Soledad Primera , los envía al humanista Pedro de Valencia, quien le critica la oscuridad de algunos pasajes, pero alaba sus impresionantes logros creativos. Góngora acepta las sugerencias que se le ofrecen y, una vez corregidos los poemas, los remite a Francisco Fernández de Córdoba, abad de Rute, quien coincide con el criterio de Pedro de Valencia: le elogia como una de las cimas de la poesía, y se ofrece a su defensa.
Seguro ya del criterio de tan reputados entendidos en poesía, envía sus obras a la Corte por medio de don Andrés de Almansa y Mendoza, quien se encarga de distribuir las copias junto con unas Advertencias para la inteligencia de las Soledades . La producción de Góngora divide la opinión de los poetas cortesanos. No es de extrañar que, habiendo sido dedicadas las Soledades al duque de Sesa, fuese el secretario de ése, Lope de Vega, el primero que arremetiese contra el cordobés. Las amargas críticas, réplicas y contrarréplicas se suceden: Góngora había dado origen a una polémica que ha de continuar muchos años después de su muerte. Jáuregui escribe un feroz ataque, el Antídoto contra la pestilente poesía de las Soledades , que será replicado por el abad de Rute en su Examen del Antídoto . Quevedo, el más acre enemigo con que pudo contar Luis de Góngora, escribe La culta latiniparla y Aguja de navegar cultos , en el trasfondo de la crítica a Góngora. En todo caso, el andaluz sale triunfante de la fuerte controversia, y su prestigio se ve afirmado en el certamen celebrado en Toledo en honor de la Virgen del Sagrario ((1616). Góngora, siempre en situación precaria a causa de un ritmo de vida que excedía sus posibilidades, y sin abandonar sus esperanzas cortesanas, se traslada a Madrid en 1617.
Epoca madrileña (1617-1626). En abril de 1617 encontramos a Góngora de nuevo en la corte para hacer realidad sus deseos de medro personal y conseguir mayores beneficios para sus familiares. El 4 de junio escribe a su obispo, Diego Mardones, solicitando las dimisorias para ordenarse sacerdote, afín de conseguir una capellanía real. El nombramiento de capellán le llega el 15 de octubre. Las más altas miras de Góngora habrán de chocar con la dura realidad. Nuestro poeta no es un pretendiente con suerte. Sus deseos de conseguir una chantría en Córdoba no se verán jamás colmados. Sus amigos y protectores van cayendo en desgracia uno tras otro: el duque de Lerma, Rodrigo Calderón, el conde de Villamediana" Góngora, profundamente dolido, escribe a Cristóbal de Heredia, su administrador en Córdoba: "Mire V.m. si tengo razón de huir de mí cuanto más de este lugar donde a hierro he perdido dos amigos. V.m. me haga lugar allí que por ahora basta de Madrid y de corte". Sin embargo, permanecerá algunos años más en la Corte, renovando sus esperanzas en unos favores que nunca llegan por parte del valido del nuevo rey Felipe IV, el condeduque de Olivares.
Son años de graves apuros económicos. Las rentas no le llegan para vivir. Las deudas se amontonan y los acreedores le persiguen. Finalmente, en noviembre de 1625, debe desalojar la casa en que vive: la ha comprado su gran enemigo, Quevedo. La angustia que le embarga en los últimos momentos de su vida, queda reflejada en patéticos y descarnados sonetos:
"En la capilla estoy y condenado a pasar sin remedio de esta vida. Siendo la causa aún más que la partida, por hambre expulso como sitiado.
Culpa ha sido el ser yo tan desdichado; mayor, de condición ser encogida. De ellas me acuso en esta despedida, y partiré a lo menos confesado".
La última ilusión de Góngora, publicar sus obras, tampoco se hará realidad en vida. Desgraciadamente, sus manuscritos y copias, a veces con importantes errores quedarían sin fijación. Don Luis dicta su última carta el 24 de marzo de 1626. Cinco días después hace testamento. Una grave enfermedad cerebral "¿esclerosis vascular del cerebro?" le deja paralítico y sin memoria. Algo aliviado, regresa a su ciudad natal, donde se reconcilia con su sobrino, egoísta e insensible, a quien lega toda su producción en escritura del 1 de noviembre de 1626. Pero Luis Saavedra y Góngora no las publicará, dando lugar a que se adelantase la edición de Vicuña, deficiente y con enormes fallos. Luis de Góngora muere en Córdoba el 23 de mayo de 1627. Es enterrado, a petición propia, en la Capilla de San Bartolomé. Tras sí deja una de las más impresionantes producciones líricas de todos lo tiempos.
Personalidad. El primer retrato de Góngora lo ofrece un contemporáneo suyo, el autor del Escrutinio , quien dice: "Fue don Luis de buen cuerpo, alto, robusto, blanco y rojo, pelo negro. Ojos grandes, negros, vivísimos, corva la nariz, señal de hábil, como todo su rostro la dio; adornó el talle, y el aire de sus movimientos, los hábitos clericales. Habló en las veras con eminencia grande, aun en prosa. En las burlas joviales fue agudísimo, picante (sin pasar de la ropa) y envuelto en los donaires, con que entretenía, se dejaba oír sentenciosamente. Daba orejas a las advertencias o censuras, modesto y con gusto. Enmendaba, si había qué, sin presumir". Esta descripción coincide, en lo físico, con el retrato que Velázquez le hiciera cuando don Luis tenía 61 años y que posiblemente sea el que se conserva en Boston. Como afirma Dámaso Alonso, "todo en él indica inteligencia, agudeza, fuerza, precisión, desdén". A juzgar por su vida y su obra, Góngora es hombre capaz de amar la vida y gozarla con intensidad, jovial y divertido, por encima de toda adustez. Las circunstancias que rodearon sus últimos años debieron hacerle mucho más retraído. Los enemigos le obligaron a aguzar su capacidad satírica para sobrevivir y salir valedor en un ambiente de fuertes hostilidades literarias. Inteligente y culto, estaba dotado Góngora de una extraordinaria sensibilidad y capacidad de crear belleza verbal. La complicación de sus recursos estilísticos, tan cumplidamente estudiados por Dámaso Alonso, está siempre en relación con la complacencia estética. Nada hay estéril o inútil, superficial o huero en la poesía de Góngora "en líneas generales", porque todo en ella está en función de la belleza.
Hombre de notable fidelidad en la amistad, quería sinceramente a cuantos le correspondían en el aprecio. Generoso, busca en muchas ocasiones el bienestar de los suyos antes que el propio. Por encima de todo ello, es Góngora un escritor con un profundo sentido del señorío y la elegancia: el mismo que se refleja en su vida. Sus elogios no son jamás adulación rastrera, ni sus sátiras invectivas soeces y groseras (de éstas sabía bien el extraordinario Quevedo). Góngora, hombre de biografía nada heroica, entregado a su quehacer literario, a sus amistades y enemistades, a sus gestiones por conseguir una holgura económica de la que no goza jamás, queda inscrito en la memoria de los siglos por su obra.
Obra. La muerte sorprende a Góngora sin poder realizar la edición de sus versos. Algunos de ellos habían sido impresos en la Flor de romances nuevos de Pedro de Moncayo (1589) "12 romances" y en las Flores de poetas ilustres de Pedro de Espinosa (1605) "37 composiciones entre sonetos y canciones". Juan López de Vicuña recoge gran parte de su producción en una edición lamentable, Obras en verso del Homero español (1627), a la que seguirán otras con comentarios de Pellicer (1630), Hoces (1633) y Salcedo Coronel (1644-1648). Sin embargo el manuscrito Chacón, el más fiel y correcto, no sería reproducido hasta que en 1921 publica Foulché-Delbosc las Obras poéticas de don Luis de Góngora (tres volúmenes, Hispanic Society Of América, Nueva York).
Conservamos de Góngora 94 romances auténticos y 18 atribuibles; 121 "letrillas y otras composiciones de arte menor" auténticas y 26 atribuibles; 167 sonetos auténticos y 53 atribuibles; 33 composiciones diversas de arte mayor, auténticas; 3 largos poemas: la Fábula de Polifemo y Galatea , las Soledades y el Panegírico al Duque de Lerma ; dos obras dramáticas: Las firmezas de Isabela y El doctor Carlino ; una Comedia venatoria y 124 cartas. [ Manuel Ángel Vázquez Medel ].
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