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CASTILLOS Y FORTALEZAS

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(Del latín castellum y del provenzal fortalessa ). Conjunto de edificios de carácter militar, destinados a la defensa de una plaza y el alojamiento de las tropas. El término castillo alude a un tipo de construcción más específica que el de fortaleza, ya que este último engloba a todas aquellas obras arquitectónicas proyectadas para la protección de un lugar o el refugio no sólo de ejércitos, sino, también, de comitivas y gobiernos. Así, el concepto de fortaleza comprendería a otros recintos, como la alcazaba * y el alcázar * .

A pesar de los distintos modelos existentes, pueden distinguirse una serie de características comunes a estos edificios, siendo la más destacada la de su emplazamiento en una zona elevada y estratégica del núcleo urbano al que defienden. Tanto los castillos como las alcazabas y los alcázares están, igualmente, cercados por lienzos de murallas "generalmente almenadas" y levantan torres vigías, que dominan el espacio circundante ante posibles asaltos. El resto de la estructura difiere según los rasgos geográficos y las necesidades planteadas por las distintas etapas históricas. De tal manera, a la sencillez constructiva de los fortines romanos y visigóticos le suceden la complejidad y el perfeccionamiento de los castillos medievales, compuestos de un mayor número de elementos, por ser ésta una época de mayores enfrentamientos. Forman parte de ese sistema de flanqueo las empalizadas, albacaras "recinto amurallado en el exterior de la fortaleza donde se guardaba el ganado", corachas "murallas externas que unían una torre albarrana o separada con la fortaleza", barbacanas, fosos, puertas y rejillas, puentes levadizos y lizas, que obstaculizaban, en mayor medida, los posibles ataques enemigos. En el interior, las fortificaciones podían completarse con los aposentos, almacenes, aljibes, cadalsos, caballerizas, patios de armas, salas de culto religioso y de audiencias. La utilización de estas últimas en la Edad Media da como resultado la generalización de las torres del homenaje, donde reside el señor del castillo y recibe a sus visitas, bajo una fuerte protección, consistente en el doble revestimiento de los muros, redondeados desde el siglo XII.

A partir de la Edad Moderna, una vez atemperadas las batallas entre cristianos y musulmanes por controlar el territorio de al-Ándalus, las edificaciones militares se transforman progresivamente en viviendas palaciegas "residencias fortificadas y aisladas en un entorno rural", pertenecientes a los señores feudales. Así, los castillos van perdiendo su función defensiva entre los siglos XVI y XIX, a pesar de la utilización esporádica de éstos en las confrontaciones que tienen lugar entre la nobleza y la monarquía por el control de tierras y derechos. Las fortalezas ganan, con ello, en un mayor acondicionamiento "visible en la decoración empleada, generalmente, sargas y tapices; y en la introducción de chimeneas, que combaten el frío y la humedad que proporcionan los muros de piedra" y en la disminución de los elementos defensivos, ahora desplazados hacia lo simbólico, como muestra de la ostentación del poder. La modificación se produce, además, en función del progreso de la artillería utilizada. Un ejemplo de ello se observa en la reducción de los vanos de los castillos, que pasan de ser saeteras, en las que se colocaban las ballestas, a troneras, dispuestas para los cañones y otras armas de fuego.

El asentamiento de diferentes pueblos en  Andalucía a lo largo de la historia genera una riqueza monumental patente en la extensa y variada red de castillos que integran su paisaje. Constituye un testimonio cultural y un legado arquitectónico que permite reconstruir el pasado, así como asumir unas señas de identidad propias en cada localidad o provincia, que se manifiestan en la toponimia o en la organización urbana. Corrobora este interés, además, el reconocimiento especial otorgado por la Junta de Andalucía en 1993 a estas construcciones, declaradas muchas de ellas Patrimonio Histórico Español o Bien de Interés Cultural.

Almería. Las costas de la provincia almeriense están históricamente expuestas a los ataques de los piratas mediterráneos, que condicionan en gran medida las fortificaciones que jalonan este territorio. La alcazaba de Almería ( -> véase Almería ), construida por Abderrahmán III en el siglo X y ampliada por los Reyes Católicos en el XVI, se alza sobre un cerro de gran valor estratégico a 95 m. de altura, dominando una plaza fuerte que sufre numerosos asedios a lo largo de su milenaria existencia, el último en 1937, durante la Guerra Civil, cuando fuerzas navales alemanas atacan el puerto, entonces republicano. Otro bastión defensivo es la alcazaba de Fiñana, erigida entre los siglos IX y X sobre un lugar elevado, bien provisto de agua, y en el que tan sólo se conservan algunos de sus muros y tres torreones de planta rectangular. La localidad de Cuevas de Almanzora posee uno de los castillos más hermosos de la provincia almeriense, alzado en el siglo XVI por orden de Pedro Fajardo y Chacón, primer marqués de los Vélez. En el patio de armas de esta construcción se encuentran dos importantes edificios, el palacio del marqués y la Casa de Tercia, en los que se pueden apreciar tanto elementos del gótico tardío como renacentistas. Un Renacimiento que alcanza su culmen en el Castillo-Palacio de Vélez Blanco, edificado también por Pedro Fajardo y Chacón en 1507 sobre el monte Mahimón. Se divide en dos partes, una cuadrangular, unida con la parte principal del castillo por medio de unos arcos que llevan a la puerta de acceso, y otra casi hexagonal con siete torres "que poseen la misma altura que los muros", además de la del homenaje. En el exterior se pueden observar los enormes ventanales que se abren en sus muros, así como las bolas que rematan sus almenas, buena muestra de la proliferación de elementos decorativos. El patio, vendido en 1904 al Museo Metropolitano de Nueva York, donde actualmente se expone, es un claro exponente del Renacimiento italiano, compuesto por dos niveles con arcos de medio punto apoyados en columnas de orden corintio realizadas en mármol blanco. Son, asimismo, de incuestionable belleza las techumbres y yeserías. Este breve repaso a las fortificaciones almerienses debe concluir con dos castillos que beben de las milenarias aguas del Mediterráneo: la fortaleza de Mojácar es construida en el siglo XVIII en la playa de Macenas, a 9 Km. del municipio. En su construcción se emplean mampostería y ladrillos para las esquinas y los vanos. Está formado por un cuerpo semicircular orientado hacia el mar y otro de base cuadrada orientado a tierra. Más al sur se encuentra Carboneras con su castillo de San Andrés, que data de 1621, cuando don Diego López de Haro y Sotomayor, marqués del Carpio, decide construirlo con materiales de la zona "su coste es de 44.000 reales" para hacer frente a las temidas incursiones de los piratas berberiscos, azotes de la costa mediterránea.

Cádiz.  En la provincia gaditana se observan dos modalidades de castillos, diferenciados por la situación geográfica. De tal manera, pueden agruparse, por una parte, las fortalezas del interior, adaptadas a las condiciones del relieve serrano; y, por otra, las de la costa, cuya principal función se encuentra en el control y la resistencia de sus baluartes marítimos y comerciales.

Dentro del primer grupo se halla el castillo de Olvera, ubicado en el punto más alto del municipio, sobre una imponente roca de difícil acceso. Esta fortaleza conserva, mayoritariamente, restos cristianos, aportados a su base islámica tras la conquista castellana de la localidad en 1327. Entre sus elementos arquitectónicos, sobresale su amplio patio de armas, que cuenta con más de 340 m 2 . Completan esta línea de fortalezas interiores el castillo de Fatetar en Espera, cuyos cimientos se remontan a época romana, posteriomente reconstruidos por visigodos, musulmanes, cristianos e, incluso, franceses, que reparan durante la Guerra de la Independecia los daños ocasionados por el terremoto de Lisboa de 1755; el castillo del Fontanar en Bornos, erigido en el siglo XIII y reconvertido en palacio renacentista en el XVI "único de estas características que se conserva en la parte más meridional de Andalucía"; los castillos de Medina y Torre Estrella en Medina Sidonia; y el castillo de Matrera en Villamartín (siglo IX).

Perteneciente a la zona fronteriza que dividía los antiguos reinos nazaríes y cristianos, el castillo de Vejer de la Frontera es, por su emplazamiento a medio camino entre la costa y la sierra, un importante bastión en el último periodo de la Reconquista. Datado entre los siglos X y XI, este edificio se suma al extenso recinto amurallado, que abarca una superficie de 4 ha, con un perímetro aproximado de 2 km. La estructura del castillo, a diferencia de las murallas "íntegramente medievales", se modifica ostensiblemente con sus posteriores propietarios, entre los que se encuentra la casa Pérez de Guzmán, que acomete una profunda remodelación entre los siglos XV y XVI. Igualmente, los castillos de Arcos de la Frontera (siglo XI), Castellar de la Frontera (siglo IX) o Jimena de la Frontera (siglo XIII) ejercen una destacada función estratégica durante las guerras fronterizas medievales, ya sean para la protección de los reinos de taifas musulmanes o de los concejos castellanos creados en la segunda mitad del siglo XIII.

En la franja costera, las fortalezas gaditanas constituyen enclaves de gran valor al confluir en dicho territorio las rutas atlánticas, mediterráneas y africanas. Así, la capital conserva diversas muestras de arquitectura militar, erigidas o reformadas, mayoritariamente, en etapas posteriores al descubrimiento de América, como es el caso de los castillos de Santa Catalina "mandado a construir por Felipe II en el siglo XVI" y San Sebastián "asentado en una isleta en uno de los extremos de la playa de La Caleta". En el resto del litoral gaditano, merecen especial atención los castillos de San Marcos "perteneciente al siglo X y reconvertido en iglesia" y Doña Blanca "también de época medieval" en El Puerto de Santa María; el castillo de San Romualdo en San Fernando "de estilo mudéjar y fechado en torno a los primeros años del siglo XIV";"el castillo de Luna en Rota y de Chipiona "cuyas obras se les atribuye a Alonso Pérez de Guzmán alrededor de 1295"; y, sobre todo, la fortaleza de Guzmán el Bueno en Tarifa, que combina los diferentes estilos impresos por sus constructores, desde su origen califal "del que se conserva la puerta principal y lienzos de murallas" hasta los elementos góticos "introducidos por Sancho IV". Patente su importancia estratégica en el Estrecho de Gibraltar, esta plaza no pierde vigencia, ya que aún a principios del siglo XXI continúa desempeñando funciones militares para el Ministerio de Defensa español.

Córdoba. Desde el año 160 d.C., en pleno dominio romano, e incluso durante el asentamiento ibero, Córdoba ostenta un vasto conjunto de fortificaciones, que protegen los estratégicos baluartes militares de la zona. Las huellas de iberos, romanos y visigodos son aprovechadas, posteriormente, por el califato instaurado por Abderrahmán III, que representa el principal centro administrativo durante la dominación musulmana de al-Ándalus. Como tal, la cora  o provincia cordobesa extrema su defensa con una nutrida cadena de castillos y atalayas, dispersos por las redes viarias creadas por Mohamed I y que enlazaban con Matri o Talamanca. A partir de 1236, fecha en la que Fernando III conquista Córdoba, la propiedad de las fortalezas recae en manos castellanas y se reparte entre los caballeros y nobles que secundan al rey cristiano en su batalla contra los musulmanes. Esta sucesión de culturas y gobernantes propicia la mezcla de estilos constructivos, por lo cual apenas subsisten fortalezas "como la de El Vacar, que conserva su base califal primitiva" intactas desde su origen.

En la parte más septentrional de la provincia cordobesa, en el Valle de Los Pedroches, el castillo de los Sotomayor de Belalcázar, alzado sobre antiguos restos romanos, constituye una muestra arquitectónica excepcional, puesto que no se trata de un bastión fronterizo, a pesar de su localización. Edificado en la Baja Edad Media (siglo XV), esta imponente fortaleza, robustecida con paramentos de granito, tiene añadido un palacio plateresco "en ruinas" que denota el carácter señorial de las familias que lo ocupan. También al norte de la capital, pero con una función defensiva distinta al anterior, el castillo de Belmez conforma un ejemplo notorio de fortaleza roquera. Asentado sobre una mole de piedra, domina, desde el siglo IX, el valle que se extiende a sus pies, cuya plaza merece ser protegida "ya en época romana" debido a la importancia de sus minas de hierro y cobre.

En la parte oriental, sobresalen el castillo de Villa del Río "actual sede del Ayuntamiento", donado por Fernando III a uno de sus principales caballeros, el cántabro Diego Fernán de Aguayo, que goza de una estimable posición en la ribera del Guadalquivir y a medio camino entre Córdoba y Jaén; la torre de Garci Méndez en El Carpio, construida en 1325 en estilo mudéjar, uno de los pocos vestigios de la antigua fortaleza militar que defendía a este municipio; el castillo de Bujalance, levantado durante el califato de Abderrahmán III, que responde, más bien, a los rasgos de una alcazaba musulmana, dada su simple estructura amurallada con torres vigías, sin foso ni barbacanas; y el castillo de Zuheros, fundado en el siglo IX sobre un risco, llamado por los árabes Sujaira , que cambia su fisonomía en la Baja Edad Media y, sobre todo, en el siglo XVI, época en la que se añade un palacio renacentista.

Al sur de la capital, destaca el castillo de Lucena (siglo XI), situado junto a la Plaza del Coso, en cuya torre del Moral es encarcelado Boabdil. Al igual que el de Lucena, los casi extinguidos castillos de Rute, Benamejí y Monturque, en la parte meridional de la provincia, son tomados por Fernando III en 1240, convirtiéndose en importantes puestos defensivos en la frontera con el reino nazarí de Granada. Mejor conservada se encuentra la fortaleza de Montemayor "siglo XIII", gracias a las continuas restauraciones y a su utilización como residencia por los duques de Frías.

Cerrando el círculo geográfico que rodea la capital, en la zona occidental se halla el castillo más importante de la provincia, el de Almodóvar del Río, sorprendente por su excelente estado de conservación y su inmejorable situación sobre una colina junto al Guadalquivir, que lo hace inexpugnable para las huestes castellanas aún cuatro años después de la conquista de Córdoba. Iniciada su construcción en 740, esta fortaleza-palacio de estilo gótico-mudéjar es reedificada por Enrique II en el siglo XIV y restaurada entre 1903 y 1911 por orden de su propietario, el conde de Torralba. También al oeste, la fortaleza de Palma del Río *  remonta su origen a época romana, cuando el cónsul Aulio Cornelio Palma "que da nombre a la localidad" edifica un recinto amurallado en la Decuma túrdula. Posteriormente, los almohades, en el siglo XII, reconstruyen la fortaleza, sabedores de la importancia del fortín en un lugar fértil y estratégico como éste, entre los ríos Genil y Guadalquivir.

Granada.  Desde las almenas del soberbio castillo jiennense de la Mota emergen amenazantes las torres de Montefrío, Ílora y Moclín, quedando Colomera algo más al este, dominios codiciados por los cristianos que se extienden en las postrimerías del reino nazarí de Granada más allá de la frontera político-militar. Son estos tres enclaves las piezas visibles de un sistema de fortificaciones que impide la penetración desde el exterior y que, reforzado por atalayas de vigilancia y control, despliega una prodigiosa red de comunicaciones hasta la torre de la Vela de la Alhambra de Granada, recortada sobre un horizonte de nieves perpetuas. Gran valor estratégico posee Loja, "la bien defendida", una plaza disputada desde la Antigüedad en la que durante la época árabe se edifica su alcazaba "con sus murallas, su torre del reloj y su aljibe" y numerosos puestos de vigilancia. No obstante, la ciudad es arrasada en el año 1226 por las tropas de Fernando III y es definitivamente tomada el domingo 28 de mayo de 1486 por los Reyes Católicos. Similar suerte correría Guadix y su alcazaba, localizada en el suroeste de este municipio. Del recinto árabe se conservan lienzos de muralla con torres cuadradas en doble línea de hormigón con piedras. Tumbadas sobre el Mediterráneo aparecen Salobreña, la villa-fortaleza coronada por un imponente castillo árabe, y Almuñécar con su castillo de San Miguel, que ya existe en tiempos de la dominación romana. Alcanza gran importancia en la época nazarí y se rinde a los Reyes Católicos en diciembre de 1489. Como fortaleza cristiana es restaurada y recibe el nombre del patrón de la ciudad. En 1808, durante la Guerra de la Independencia, está en manos de los franceses y es bombardeado por la flota inglesa, quedando en estado ruinoso. Aunque sin lugar a dudas, es el castillo de la Calahorra, a los pies de Sierra Nevada y a varios kilómetros al este de Guadix, el más bello de todos los que se alzan en la provincia granadina, edificio principal del Renacimiento español. Es construido por el hijo del cardenal Mendoza, el marqués de Cenete, Rodrigo de Vivar y Mendoza. Las obras son ejecutadas entre 1500 y 1513 y a su frente se encuentra el arquitecto Lorenzo Vázquez. Posee un patio renacentista de mármol de dos pisos, con arcos de medio punto y realizado con piezas y artistas traídos de Italia. Junto a multitud de detalles decorativos, destacan también sus puertas y ventanas, así como la monumental escalera que aún conserva.

Huelva. Al igual que Cádiz, la provincia onubense ostenta a lo largo de la historia un destacado valor estratégico, debido a su amplia franja costera y su posición fronteriza con el reino de Portugal. No obstante, y a diferencia del caso gaditano, Huelva carece de las unidades defensivas necesarias y es objeto de un mayor número de ataques y saqueos por parte de corsarios durante la Edad Media e, incluso, la Edad Moderna. El motivo se encuentra en el despoblamiento de extensas zonas del litoral. Aun así, puede destacarse la presencia de varios castillos en este territorio, que, a pesar de hallarse alejados del mar y estar cercanos a los pasos de los ríos, fortalecen su defensa. De tal modo, los cauces fluviales "vías de entrada al interior de la provincia" son los que marcan los principales ejes defensivos de la provincia, en torno a Ayamonte "que custodia la desembocadura del Guadiana", Lepe y Cartaya "localidades que flanquean el río Piedras en ambas orillas" y Huelva, Moguer y Palos de la Frontera "que controlan el acceso a los ríos Tinto y Odiel". En cuanto a la línea costera, la defensa corresponde a un conjunto de más de 40 torres almenaras, mandadas a construir por Felipe II en 1576, con el objetivo de levantar un férreo control marítimo que recorriera todo el litoral atlántico andaluz, desde Ayamonte hasta Gibraltar.

En el interior, el castillo de los Guzmanes de Niebla y sus murallas almohades "en excelente estado de conservación" constituyen las principales fortificaciones de Huelva. Concretamente, el recinto amurallado de la localidad alberga una superficie de 16 ha y se extiende a lo largo de 2 km. En este vasto perímetro, se alzan 50 torres rectangulares, que otorgan aires de magnificencia a esta antigua ciudadela medieval, bastión inexpugnable de al-Ándalus. También de difícil acceso resultan ser las fortalezas de la serranía onubense, aquéllas que conforman la llamada "banda gallega" "línea defensiva paralela a la frontera con Portugal", entre las que sobresalen las de Aroche y Cortegana "ambas construidas en torno a 1293, bajo el reinado de Sancho IV", Almonaster la Real "en la que perviven restos de una mezquita de los siglos XI-XII, reconvertida después en ermita" y Aracena "erigida por la orden templaria en 1312"; todas ellas, con una base constructiva árabe remodelada una vez que se consuma la conquista cristiana.

Jaén. La Sublime Puerta andaluza, el cultivo de los hombres manentes y que aman la paz sobre todas las cosas, es traspasada desde tiempos inmemoriales por diversas culturas y se convierte en un gigantesco campo de batalla. No en vano, en él tienen lugar tres de los enfrentamientos más decisivos de la historia peninsular: Baécula, Navas de Tolosa y Bailén. Este territorio fronterizo, calificado como "Guarda y Defendimiento de los Reinos de Castilla", se descubre moteado de castillos "casi 400" como el de la capital provincial, alzado sobre la cresta rocosa del cerro de Santa Catalina. La fortaleza es edificada por el rey de Castilla Fernando III a mediados del siglo XIII sobre una alcazaba califal que había sido previamente remodelada por los almorávides. Sufre diversos avatares en las guerras fronterizas entre musulmanes y cristianos, así como durante las guerras civiles en tiempos de Enrique IV. Con la invasión francesa sus dependencias se convierten en presidio de las tropas napoleónicas. La construcción, de unos 170 m. de longitud, posee tres recintos perfectamente delimitados: el inferior, que consta de una serie de barbacanas; el medio, donde se encuentra en la actualidad el Parador; y el recinto superior, que es el castillo nuevo, la parte más notable conservada. Se accede a ella a través de un arco ojival. Destacan la torre del homenaje, de unos 40 m. de altura y con tres estancias cuadradas, un hermoso patio de armas y la reconstruida capilla donde recibe culto la Patrona de Jaén, Santa Catalina de Alejandría. A 53 km. de la capital jiennense se encuentra el castillo de Bury al-Hamm o Burgalimar, en Baños de la Encina, una de las fortalezas más antiguas de Europa. Construido en 968 bajo el gobierno del califa cordobés al-Hakam II, cuenta con 15 torreones "entre los que destaca la torre del homenaje o Almena Gorda, construida en mampostería y de estilo gótico", enlazados por una muralla de argamasa que dibuja una elipse en cuyo interior se edifica un alcázar tras la conquista cristiana en el año 1225. Compiten en majestuosidad y belleza con esta fortaleza el Castillo Palacio de Cobos (Canena) y el castillo de la Aragonesa (Marmolejo). El primero, aunque de origen musulmán, adquiere su fisonomía actual a partir de 1538, cuando es adquirido por don Francisco de los Cobos. Las obras de remodelación son llevadas a cabo por Andrés de Vandelvira, a quien se debe la inclusión de elementos renacentistas en la primitiva traza medieval. Presenta una planta cuadrada con un torreón cilíndrico en cada ángulo y su antiguo patio de armas es transformado en el siglo XVI en un hermoso patio porticado. Por otra parte, los restos del castillo de la Aragonesa, disputado en siglo XV por el marqués de Villena y el condestable Miguel Lucas de Iranzo, permiten adivinar su esplendor de antaño. Los lienzos de muralla que aún quedan en pie, realizados en tapial, rodean un recinto de planta rectangular que alberga la torre del homenaje. Renacentista es también el notable castillo de Sabiote. No hay que olvidar el castillo de Siles, la muestra más solemne de cómo la piedra cincelada mantiene el carácter guerrero y defensivo de un pueblo anclado en la frondosidad de una de las sierras más atractivas de Andalucía, la de Segura. Construido en el siglo VIII, se eleva sobre su caserío, sobre todo la poderosa torre troncocónica del Cubo que remata una de sus esquinas y que alcanza los 27 m. de altura. Otras de las construcciones militares jiennenses, comprendidas en la llamada Ruta de los Castillos y las Batallas, se encuentran en: Santa Elena (Castro Ferral), La Carolina (Navas de Tolosa), Vilches, Giribalde, Linares, Tobaruela, el conjunto arqueológico de Cástulo (Santa Eufemia), Andújar, Arjonilla, Arjona, Lopera, Torredonjimeno, Torredelcampo, Martos, Alcaudete y Alcalá la Real, donde puede admirarse la fortaleza de la Mota. Situada sobre el cerro del mismo nombre, es construida o bien por los ziríes granadinos en el siglo X o por los nazaritas en el XIV. Tras la toma del castillo por Alfonso VII es entregado a los caballeros de la Orden de Calatrava, aunque se pierde años después. Fernando III consigue hacerse de nuevo con él temporalmente y es definitivamente conquistado en tiempos de Alfonso XI, convirtiéndose desde entonces en el gran centro ofensivo de la zona. Reconstruido por los cristianos, tiene una importante cerca torreada en la que se abre la puerta de entrada, dispuesta en flanco con añadidos renacentistas y escudos de armas. En su interior tiene una amplia plaza de armas y una puerta con arco de herradura de gran valor artístico. De entre sus torres merecen destacarse la del homenaje, la de la Campana y la Mocha.

Málaga.  La alcazaba de Málaga constituye el mejor testigo del pasado medieval e islámico de esta ciudad, antesala monumental y luminosa del Atlántico. Se halla en la parte baja de la colina que domina la población y se une mediante un paso amurallado o coracha con la zona alta de la misma, donde se levanta el castillo de Gibralfaro. Construido en tiempos de Yusuf I (siglo XIV), incorpora todas los elementos defensivos necesarios para hacer frente a la artillería enemiga: la gran torre albarrana, el perímetro de muralla adaptado al terreno a través de paños zigzagueantes y la puerta con entrada en recodo, la barbacana defensiva que rodea la fortaleza, etc. Alberga en sus orígenes una mezquita, convertida a partir de 1487, fecha de la incorporación de Málaga a la Corona de Castilla, en una iglesia cristiana, relegada a un segundo plano debido a la utilización ininterrumpida del edificio como recinto castrense. En 1925 el rey Alfonso XIII cede mediante un Real Decreto la fortaleza a la ciudad para su uso. Destacan en el recinto el Pozo Airón, de más de 40 m. de profundidad y excavado en la roca, varios pozos-aljibes, dos hornos de pan, garitas de época moderna y el edificio del antiguo polvorín, convertido en centro de interpretación. Por sus características naturales, Antequera es a lo largo de la historia un lugar de tránsito y asentamiento de distintos pueblos desde la era paleolítica. Sobre un cerro calizo se asienta el castillo árabe de la ciudad, un baluarte defensivo que recibe el nombre de Papabellotas. Se desconoce la fecha exacta de su construcción, aunque consta que ya existe entre los siglos XII y XIII por diversas menciones, como la del autor Yaqut. Sería conquistado en 1410 por el infante don Fernando, quien concede un gran valor estratégico a Antequera para lanzar el ataque decisivo contra el reino nazarí de Granada. La fortaleza es habitada hasta el año 1656, desde cuando se ha venido produciendo un progresivo deterioro. Consta de un espacio rectangular con dos torres, siendo la del homenaje (siglo XV) la mayor. Ambas poseen ventanas y vanos de formas diferentes según los pisos, así se pueden distinguir en forma de dintel, con elementos góticos y rematadas en arcos de medio punto. En tiempos pretéritos hay en la parte superior una bóveda gótica y una crujía en el patio que está formado por dos plantas con arcadas. Merece la pena visitar también los castillos de Ronda "Izna Rand Onda, que quiere decir Castillo del Laurel", cuya fortaleza, entregada a los Reyes Católicos en 1485, es para al-Mutamid "la mejor alhaja de mi reino"; Cañete la Real, llamado de Hisn Cannit, tomado por Alfonso XI en 1330; Fuengirola, cuyo bastión de Sohail data del siglo XII, cuando los almorávides levantan un recinto defensivo de planta irregular, adaptado a los desniveles del terreno, con ocho lienzos de murallas, reforzados por igual número de torres de caras rectas, aunque es posteriormente reformado; Teba con su fortaleza de la Estrella, de origen romano; y los restos de Álora y Gaucín.

Sevilla. La provincia hispalense conserva algunos de los conjuntos fortificados más importantes de Andalucía, heredados, en su mayor parte, del asentamiento romano en la Bética. A partir de sus restos, los árabes reconstruyen sus bastiones en la Edad Media, dando lugar a castillos o recintos amurallados como el de Alcalá de Guadaíra, sin duda, el más preciado de los que ostenta la provincia. Construido en  época almohade "entre los siglos XII y XIII", bajo el mandato de Abu Yacub Yusuf, la fortaleza alcalareña adquiere una destacada función militar y administrativa, principalmente, tras la caída del califato, puesto que se convierte en una avanzada defensiva de la taifa de Sevilla, en lucha con el poder local e independiente de Málaga. A pesar de que su estructura originaria es de factura musulmana, el complejo arquitectónico que hoy se conoce "murallas y alcázar" es posterior a la conquista cristiana de la localidad, culminada por Fernando III en 1244, dos años antes de su entrada en la capital. Posteriormente, con el repartimiento territorial llevado a cabo por Alfonso X en 1253, la villa recluida tras los muros de esta fortificación pasaría a manos de Sevilla; propiedad que conserva, aún a principios del siglo XXI, el Ayuntamiento hispalense. También en Alcalá de Guadaíra, concretamente en el terreno de Gandul "a unos 5 km. del centro urbano", se conserva el castillo de Marchenilla, ampliado y reformado en el siglo XV por el linaje de los Velasco atendiendo a los cánones estilísticos del Renacimiento.

Carmona ostenta otro de los conjuntos fortificados más significativos, con un pasado que se remonta al periodo final del Neolítico y la ocupación romana, como atestiguan los yacimientos de la necrópolis y los lienzos de murallas y puertas modificadas en época almohade y, posteriormente, en el siglo XVIII. El alcázar de la Puerta de Sevilla constituye, junto a los Reales Alcazáres de Sevilla * , el principal refugio militar del Reino hispalense. Restaurado por Pedro I en el siglo XIII y convertido en palacio, el edificio sufre difrentes modificaciones, siendo las más señeras la acometida a partir de 1755, tras el terremoto de Lisboa, y la emprendida entre 1973 y 1975, que habilita el monumento como Parador Nacional de Turismo.

Repartidos de manera desigual por la geografía sevillana, se encuentran otras fortalezas, cuyo origen estriba, generalmente, en la etapa medieval. Forma parte de este grupo, por ejemplo, el castillo de Cote en Montellano, que posee unas características únicas en la zona, pues se trata de una fortaleza de estilo gótico. Alzado a finales del siglo XIII por orden de Alfonso X y entregado a la orden de Alcántara en 1297, este castillo posee un valor estratégico inigualable, ya que su posición fronteriza le permite otear tanto territorios sevillanos "Paradas, Arahal, El Coronil, Morón de la Frontera, Los Molares" como gaditanos "Puerto Serrano, Zahara de la Sierra, Olvera".

Alejados de la llamada "banda morisca", eje militar que se iniciaba al sur de la provincia sevillana hasta engarzar con las estribaciones del reino nazarí de Granada, se encuentran otros fortines de especial interés, como los de Utrera, Estepa, Mairena del Alcor o los de la Sierra Norte, entre los que sobresalen los de Alanís y Constantina. [ José Romero Portillo / Javier Vidal   Vega ].

 

 
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